….qué lejos quedaba El Gran Tour, o de cómo no acabé tal Sándwich, en la Estación Victoria.

Estación Victoria

Sucedió como casi todo lo que recuerdo muy deprisa. Es de esas pequeñas narraciones que uno tiene alojado en la memoria en un cajón de sastre de los muchos que la componen, tenemos tantas memorias, no una abisal redoma recipiendaria en la que se acumulen en estratos los hechos fielmente acumulados o deformados, dando forma a una sucesión de estratos laminados que un paciente arqueólogo de la «psiquis» pudiera mediante el mesmerismo modernillo de las sesiones a media luz, y en un diván aterciopelado, tras un reloj haciendo las veces de zahorís con monedas o péndulos mientras escuchas eso tan manido sobre si estás o no estás ya muy, muy, muy cansado, cuando en realidad estás ya muy, pero qué muy, aburrido, sobre todo si el escepticismo acaba por aparecer entre tanta parafernalia de doctorado por Minnesota; ni ese paleógrafo de las garabatos retratados que son los recuerdos ni nadie más que uno, sabe, de manera inopinada que el mejor para narrar, o inventar, siempre es uno mismo, que viste harapos de sinceridad y calza zapatos de siete leguas, si de describirlo se trata.

Habíamos llegado por avión a Londres el trece de Septiembre de 2001. A eso de las nueve de la mañana, después de una larguísima noche, por los motivos que todo el mundo civilizado conoce: unas Torres, aquel moderno zigurat por partida doble, habían sido destruidas, atacadas en su grandeza tan efímera como se demostró en apenas unas horas, (o tal vez fue una bicéfala torre de Babel, decídalo el Lector), allá en la nueva Babilonia. De esto puedo dar fe, puesto que hoy, sin intención alguna, encontré en una vieja chaqueta de cuero los billetes que nos llevaron allí, no a la metrópoli, sino los dos billetes de un cercanías que partiendo de la gran estación Victoria no debía dejar en un barrio del Londres menos apetecible, si es lo que desea el viajero avisado y con un poco de estilo. No era nuestro caso, no es plan de comenzar a mentir.

Estábamos en la feérica Albión para trabajar, trabajar sí, para algunos la crisis era nuestro estado natural, visionarios se diría, y de todo hijo de vecino previsor, se sabe que en Londres, tener donde dormir, nada más llegar, es un lujo al alcance de los menos afortunados como nosotros, (así como llevar Un «AZ » que era nuestra Biblia de mano, o eso se nos había prometido y así Ella me lo aseguraba jurando por los sombreros de la Reina), y mis amigos, un matrimonio más mixto que el sándwich de jamón y queso, (eran un panini en dos secciones con ingredientes tan desiguales que… en realidad eran de corte “muy” moderno, (pero esa es otra historia), mis amigos, pues, decía, nos dejarían dormir en su casa en Streatham Hill, hasta que pudiéramos valernos por nosotros mismos. Es decir Trabajo, Casa y… viento fresco, que de ese, el condado de Surrey lo suple en demasía, y tan húmedo como el tópico promete. De cómo salimos de allí, lo dejaremos para otra ocasión.

Pero sucedió como suele ser en estos casos cuando el paleto sale de la aldea, y no irreductible llena de gente que asa jabalíes en mantequilla, sino más bien una más de las muchas comarcas de rancio abolengo y de más vetusta consuetudinaria gentilicia gente, apelando «ad nauseam» a la misma fatua ristra de cunas, que van entrelazadas como los ajos y de ahí su persistencia, y esa sí que es otra historia….

Y ya muy contada por ello, retomo éste ya disperso hilo, y allí estábamos, Ella y yo, en medio de una inmensa estación, no por su atrio, que no me pareció tan extraordinario, no así las multitud de trenes que partían hasta los más recónditos lugares que para mí sólo eran el principio de una pesadilla de mapas y nombres que más se asemejaban a una carta de navegación medieval, y por tanto llena de monstruos de una índole que no deseaba conocer en aquella mañana gris, sí gris, pues era tal mi estado de nervios que sólo deseaba salir de allí de una vez por todas.
Una vez sacados los pertinentes billetes en el inglés de Ella, mucho más «properly English» que el mío, sin comparación alguna ciertamente,(y que como buen comedor de perronillas y bebedor de sol y sombra en mi juventud, nunca llegaría a serlo), buscamos el andén de salida; tan cargados como íbamos, no era cosa fácil, de hecho llevamos entre los dos unos ciento veinte kilos de peso, y eso que volamos con una sucursal evitable de Easy Jet, la Monarch Airlines, (fundada en el año de mi nacimiento, otra señal) creo recordar, así como también jamás olvidare el interior, más parecía un “B-52”, con aquellos remaches gigantescos a la vista, aquel metal desvencijado, aquel olor a segunda guerra mundial… me disperso, el caso fue qué tanta gracia le hizo a la señorita que se encargaba del embarque que no nos cobró nada como “suplemento”, aquella fue otra primeriza señal que debió ponerme sobre aviso, aquel viaje empezaba de manera harto curiosa.

Ya localizado la plataforma al aire libre, de un rocío incansable y poco apropiado, y mirando yo una y otra vez los indicadores de salida de los diferentes trenes, nerviosamente, nos acercamos al que en verdad nos llevaría a “ese lugar” donde vivían nuestros amigos, en realidad sólo “míos”, ellos no la conocían.

“¡MI Bolso! Mi Bolso!”, ante tal grito pensé yo al punto, como el de un buen bistec, que algún malandrín súbdito de la Reina, que aquel momento dejó de tener cualquier pompa en mi ofuscación, Elgar podía esperar, se había apropiado de lo ajeno, en este caso del bolso de Ella, pero estábamos solos en el pasillo inmenso al aire libre delante del tren que partiría en unos minutos, Ella gritaba “¡MI Bolso!, repetía «mi bolso» como si al hacerlo frotara no sé qué lámpara mágica, cuando yo ya estaba buscándolo, y hete aquí que lo divisé…debajo del primer vagón, el que estaba precisamente junto e esos topes que yo siempre he dudado que paren algo, y para más albricias en aquella grotesca situación estaba en medio de los raíles…

Yo, paladín de doncellas en apuros ideológicos hasta la fecha, no lo dudé pues en el bolso de Ella, llevábamos la mitad de nuestro (todo) dinero así como mi pasaporte. Me explicaré. No sé muy bien porque extraña, vamos, estúpida idea en definitiva, habíamos decidido, más Ella que yo, que lo mejor en caso de perdernos, o sea extraviarme yo, lo indicado en tal incidencia sería que ya que nosotros sabíamos quiénes éramos, lo mejor sería buscar al otro con su pasaporte… No puedo imaginar al día de hoy cómo aquel plan descabellado podía haber surtido efecto, y más bien creo que me hubiese detenido algún miembro de Scotland Yard al comprobar que tenía en mi poder tal documento… el de una mujer desaparecida. Substancialmente, porque si no hubiese tenido interprete, pues con los nervios, a buen seguro que en vez de chapurrear la lengua de Ben Johnson, el de las comedias, no el otro, que hay que explicarlo todo, como a mí en aquellos días ya tan lejanos hoy…es seguro que habría conocido la hospitalidad de la Torre de Londres, la cual por cierto, no sé si por aprehensión o vaguedad, no llegué a ver de cerca, sólo de lejos, muy de lejos, allá desde algún tren o autobús doble, como si fuera un veteranísimo elefante gris en medio de un safari urbano y delirante.

Como narraba, no lo dudé y me lance a la captura del dichoso bolso, zurrón de lana gris muy estilizado y que en mi desesperación por conocer tan bien su contenido, debía alcanzar a cualquier precio, pero no contaba yo, ni mi poco sentido común, con que Ella no sabía si el tren comenzaría la marcha hacia la campiña inglesa o a algún otro destino menos «Austen», en breves instantes o le faltaban minutos esperanzadores, pues no era nuestro tren, debo aclarar y por ello cuanto más me estiraba yo, emulando a un cefalópodo, por lo elástico y la irreflexión, (serán muy inteligentes, pero más lo son los gallegos), más tiraba Ella de mis pies en sentido contrario; cuando ya mis dedos querían y creían haber conseguido al menos una de su asas, más tiraba Ella, y si por algún designio del sistema Británico tan escrupuloso, aquel carro metálico dotado de tracción autónoma hubiese, en efecto, echado a andar entre mi resistencia y su empuje inverso, se habría, Ella quedado con una de mis dos mitades, eso sí, lanzadas por la fuerza de la inercia hacia el otro tren contiguo, con el consecuente desaliño de tal estación, pulcramente limpísima, y yo…con mi otra mitad y no era plan de profanar de aquel modo con mis vísceras las enormes ventanillas que siempre todo tren Inglés dota sus viajeros, ya se sabe que el paisaje y el clima, son dos de las cosas más inevitables y originales del pueblo que habla y piensa como si le molestarán en la laringe y el cerebelo las palabras de más tres sílabas.

Así, entre tanto, eran tales su gritos y mis gárrulas reconvenciones para que me soltara y liberase para de una maldita vez hacerme con el bolso, qué la gente, sí también en las reliquias de un Imperio, hay «gente», se arremolinó en torno de nosotros, y creo que por ello, en un mero desinflar sus asideros en mis pies, logré al fin atrapar aquel elemento que parecía haber caído allí para que mi primer día en la tierra de tanto genio como al mundo han dado, quedara yo como un suicida, pues mucho me temo que los curiosos se concentraron por albergar un vago temor de asistir a tan extravagante rito, (aunque muy habitual para esos que cuentan trenes).

Nadie se suicida ni arriesga su vida por un bolso, ni siquiera el de Su Majestad, quién por cierto sólo lleva en él una libreta y un lápiz, supongo que para no tener que pedir, sólo solicitar a sus «valets de chambre» sin parecer tan mayestática, como si pudiera la pobre. Sí, la pobre Reina, la realeza verdaderamente me da pena, pero en esos momentos ella estaba en Palacio, desayunando seguramente y yo salía de debajo del tren, quien como si hubiera sido tocado por una varita mágica de esas que nacen entre grosellas y arándanos y son todas tan «berrys» que acaba uno mareado para descífralas, echó a andar. Plácidamente, un segundo antes y yo hubiese sido un sándwich de carne y tontería cortado por la mitad, como solo un «Second chef» sabe hacerlo, con precisión quirúrgica, todo sea dicho.
Suspiros, pocos, de repente nos dimos cuenta de que con el tira y afloja, íbamos a perder el tren que de verdad era el de nuestro destino aquel día y que estaba a nuestras espaldas, aquel que hubiera contenido el grafiti más sorprendente tal vez ideado por un Damien Hirst en estado de gracia, pero para «gracia» la de la cara que siempre tuvo Ella al recordar que aquel día se pudo quedar viuda.

Hoy creo que esta idea no le disgusta en absoluto. Así me lo hizo saber.

Y eso, sí qué, no tiene gracia. Ninguna.

Saludos, anónimo Lector.

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