Del miedo, innecesario. Como «casi» todo

Evolucionar al miedo

Evolucionar al miedo

Los miedos son connaturales al ser humano. O eso nos dicen. Aquel primer homínido dispuesto a vencerlo, nos hizo según los antropólogos, dignos de ser los herederos de la Tierra. Cómo si aquel primer sinsentido, agazapada añagaza para comer otra vez más, nos hubiera convertido en hijos de Titanes, nietos de Dioses y primos ricos de nuestros menos afortunados hermanos de genética menos lista y pronta a la violencia.

Los miedos no son naturales hoy en día, nada queda de aquellos primeros supuestos gestos de una épica aún por escribir. Hoy domesticados, algunos empeñados en el Monte de la Piedad ajena, se explotan en pos del beneficio, y de haberlo, no es pavor ni siquiera, es la otra cara del pasado inveterado y cosificado que nos relatan los que meten mano en nuestras almas, llamándolas en el orden alfabético de las anormalidades que el moderno simio de película observado y entretenido en los juegos del arte, se recrea sin hacer punto del tiempo, eónico, cósmico por ordenación matemática, que nos trajo a este baile de un vals infernal en que rotamos, como los que ya bailaron en torno del Ídolo primigenio.

Y los simulacros sean de piedra necia o de desfalcado oro acaban por ser parte del mismo apetito que se erige delante de nosotros, el arquetipo del miedo, a saber, que no hay ya remedio, bizarría e ímpetu baldío, si hemos de vivir con temor, que sea bajo los efectos de la medicina menos evidente, ese dúctil sentimiento al que llamamos amor. Los héroes así lo practicaban, y acaso no sabían qué de ese modo se abalanzaban sin remedio a su propio final, y detrás el poeta documentándolo. Cuando no, fantaseando.

Las dudas que nos quieren evitar, los pánicos diversos, ¿los espantos desdibujados no son acaso ya parte de nosotros?, pues a cada uno se le pone nombre, bautizando de mil maneras la insensatez de aquel primer ser sin miedo; increíble, lo sabemos, nadie ha nacido todavía libre de llorar al primer golpe, y ¡Ay! de quien nos cuenten que no lo hizo. Si no derramó un berrido en forma de lloro parco al menos, algo, seguramente el recelo, se habría de instalar en tales seres, los que no lograron arrancarse del lagrimal una gota de sal.

No otra cosa se nos pide al nacer, y al morir, como si ello fuera excusa, se nos exige haber vencido todas y cada una de las cobardías más o menos turbadoras, y por encima de las menos ilustres, aquella tan innata, ésta sí que nos hizo humanos por encima de la misma sabana, aquel tiemblo feroz ante la propia muerte, cruzados los puntos enteros de la rosa de los vientos, se convierte por obra y gracia de la fe o de la tosca filosofía en un avatar en sí mismo. Morir en Paz, lo llaman.

Pero, ¿y la agonía? De esa, entubadas las bocas, adormecidos los músculos, enervadas las fuerzas, entumecida la voluntad, transida la ansiedad de saberse ya casi fuera de uno mismo, de esa lucha, la última, la más terminal de las estaciones posibles, aquella sorpresa inagotable que es el morir en cada ser, sea accidente, y su milisegundos, o en la cama, mortal de necesidad, en horas tan muertas como la virtud de los deudos dudosos que siempre se presentan, donde naces mueres, animales pues, de esa nadie habla.

Y si lo hicieses a solas, sin nadie más que tú mismo para vencer al último horror, el verdadero por humano, más que de carne mortal en su receta, entonces, serás libre de decidir, la música en tu corazón a punto de convertirse en un diapasón roto, no parado, todo gira, y aún más todo muta sin nosotros, parca gravedad pues, morir huérfanamente de todo y de los demás, sobre todo de ellos, eso algunos, quienes siempre quieren ver el cetrino tono recién adquirido, la pálida irradiación de los labios ya sin sangre, y algunos, los menos no por falta de ganas, incluso los despojos de unos sesos embrutecidos en calaveras de cristal de verde aliñado con el plástico omnipresente de la muerte entre sábanas con marcas de propiedad, con el sello de lo social, de lo correcto. A solas en la verdad de la nada, te despiertas.

Morir es ya un acto calibrado para no molestar a los que se quedan, nadie nos acompaña, ni muriendo dentro de un tubo, junto a otras promesas de seres únicos que ya jamás lo serán, por la avaricia utilitaria de la propia vida, por la suerte macabra de unos dados marcados con una equis en un formulario discretamente pulcro. No Molesten.

Entre tener miedo o ser un inconsciente precavido, nos queda el refugio de vivir sin esperar ya nada nuevo, saber qué todo está cumplido de una manera eficaz o por la misma calamidad de lo consumado por mandato indiferente, acabado en la misma medida en que el tiempo que nos resta no será ya nunca otra vuelta más de la trivial rueda descomunal, virando infinitas veces sin acertar ninguna, sin cedernos el regodeo de lo presagiado, vivir sin ánimo de lucro, siendo éste el lujo de no saber la fecha definitiva, porque de conocerla, galoparíamos hacia ella, apurando la nada a cada paso, y a cada bocanada asfixiándonos, con ese sentir de la primer bestia que salió del mar, huyendo y sin saberlo, dándonos la oportunidad de volver a gritar «¡Thalassa! ¡Thalassa!», y sentarnos a esperar la barcaza, hecha de nulos pensamientos, con su remo en las manos de nuestro último edecán silencioso y educado en la mejor de las academias, la de una laguna temerosa de ser importunada, pero capaz de tragarse al más insolente de los necios héroes que llegaron a ella tempranamente, todo tiene un orden, y no es casual.

Los fuegos de las estrellas inapreciables, y sin embargo monstruosas hogueras eternamente deshabitadas y por ello ardientes, nos vigilan, acarréalas contigo, de querer hacerlo, fatuo intento por otra parte, las mismas cosas que de tu nacimiento queden, aquel lagrimado recipiente ya seco que se alojó entonces en el fondo de tu entelequia, pero no olvides nunca, que es tu alma la que no parte, pues de hacerlo, porque nadie te recuerde, entonces, sabrás, que sí, la muerte era esto.

Si por azar, tuvieses que dejar a quienes amaste, debes saber que nadie encuentra a nadie, puedes escarbar milenios entre cadáveres y restos de cristales sin fulgor alguno, es la ociosa tarea de los ingenuos, con ese candor del rendido antes de la batalla, en el todo se es, naturalmente, NADA.

Saludos, anónimo Lector.

Postdata: Nuestros pecados, las culpas anónimas y los errores asumidos, serán, pues, la hojarasca macilenta, amarilleada de ocres infinitos, y somnoliento fruto, del mórbido manzano bituminoso con que teñir nuestra mortaja. La púrpura no llega al otro lado.

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