De la vulgaridad, (no se puede ser más vulgar y lo sabía)

Vulgaritatis

Vulgaritatis

Hoy no tengo sueño. No es que necesite dormir, qué también, es más una ausencia marcada por aquello que una vez me hizo hombre entre los demás, si bien nunca fue una virtud, soñar, siendo aquel ejercicio del corazón que le hace seguir latiendo incluso sin desearlo, más bien, hoy es ya una suerte de respuesta innata a tantas molestias encarnadas en la escasa diferencia con aquellos que me daban una condición entre ellos mismos muy sutilmente discordante por su fugacidad, pues he aquí que no ofende el que quiere, sino quien menos te lo esperas.

No es que sea especial, ni así me sienta, inmerso como estoy en la mayor de las vulgaridades posibles que la vida proporciona, en los batientes y en los precipicios que los formaron, me encuentro con el hecho abrupto de ser abandonado por «otro», sí, desbancado del afecto, relegado del podio de un llamado amor, empujado y despedido al cercano por obligado, para siempre, prefijo más idiota que se pueda imaginar toda sensibilidad que se tenga por tal, ser un «ex» en definitiva, ¿se puede ser algo más ridículo? ¿Se puede ser lo que los demás quieran? Se debe ser, al menos, elegante, y el silencio es el mejor aliado de tan delicada actitud. Hoy me saltaré esa tarea.

Cuando te dicen que ya no serás más, nunca más, el objeto de cuanto llenó la vida compartida, cuando escuchas los mayores tópicos del peor melodrama que ni Corín Tellado hubiese osado poner en letras de molde, descubres no la mentira, no la mediocridad que asaltaba los muros cada día y contra la cual luchabas, hasta que un buen día, (hasta el héroe más esforzado se cansa alguna vez), te lo espetan: ya no eres, has dejado de estar, y por ello, en nombre de la libertad personal, comúnmente egoísmo, se parapeta la voz en las frases y oraciones sentenciosas más propias de las peores estelas arrebujadas en estantes temáticos de postal barata, y aún más, debes aceptar el marco, el nuevo lugar y por tanto obedecer. Ya eres el «ex».

Y no faltará quien te diga que ni eso. «Ojalá no te hubiera conocido nunca», me dijo, y pensaría que con ello exorcizaba su fracaso, que no el mío, con ese ya cuento, íntimamente desde el principio, desde que pronuncié al cielo mi cautela despreciada, desde que abrí los ojos a mi otro yo, el que todavía no se ha curado del dolor que nada puede, aquella otra muerte que tanto odiabas y que nunca me perdonaste, por no ser parte de tu dominio, de tu valor para negarme, negándote y mistificándote.

La libertad no es excusa para soltar por la boca la primera obscenidad sentimentaloide que se nos ocurra, pero cuando alguien se reinventa, en su sentido más prosaico, se libra de una vida, decía con desgana, menospreciando, y odiando pues, su pasado y tú, pobre imbécil, eres ese pasado ya vencido, descubres la verdad. Todo fue mentira. Impostura, y sí, puede durar años. Patrañas no tan extrañas, por ordinarias.

Ya no importa quien dejó de ser el primero, Ya, todo, no es nada, saber los «cómos», los «porqués» en aquellos «cuándo» y «dónde», averiguar su grado de certeza, pues ellos ya han partido para ser la parte enojosa de una enajenada memoria, y todo porque ya eres el «ex», pero no has elegido, sólo has sido condenado, sin juicio, esas excusas como coartadas de asesinas silenciosas, y pacientes, si ya los sabías, a qué tardar tanto…

¿A qué esperaba la sirena para dejar de degustar mi carne putrefacta a su paladeo desmesurado en las noches avaras? A encontrar a otro desprevenido y «parvenu» entre los incautos que nunca faltan, altas miras para bajos instintos, que agazapados sobresalen en el efluvio de la vergüenza, de la calaña que nos asusta, ese raro don incomprensible de saber entonces que no serás el último, porque nunca fuiste el primero, aunque ella lo jurase; las sirenas son así, no mienten, y sin embargo nunca dicen una verdad, es lo que tiene el traicionarse con la propia sangre envenenada de sí mismas, que late debajo de las escamas invisibles que recubren hasta el más ínfimo de los rincones deshabitados, pero plenos de desconchones lastimeros por todo gentil adorno y que tienen por alma. ¡AY! Sirenas disfrazadas de nereida, náyades impostadas en su farsa.

Como si se pudiese disimular toda la existencia…

El mar lejano reclama ahora mi sacrificio, el agua de la sal infinita, lágrimas todas de todos los hombres, repositorio eterno de la humana vida, me llama y yo acudiré pronto a ser parte del Ponto, mi verdadero padre, él siempre se mostró distante, y sin envidiarlo en los demás, aún recuerdo la brisa pomposa y la medrosa aurora que me vio nacer lejos de su abrazo, triste y frágil es el motivo, terrible el resto, como era de esperar.

Solo camino. Vago por el infinito surcar de unas olas tan antiguas come el Dios que me amó, ellas nunca más volverán a ser refugio de mis días y de sus noches, ¿tal vez a esto se le llame muerte? De serlo, bienvenida seas, sólo el canto de mis otros «yos», compañeros sin otra supervivencia que la que designada por mi «vulgar» destino serán cada vespertina amanecida menos ilusos, sabiendo que la soledad no es otra cosa que la condena impuesta por ser un «ex» de algo que debió matarme de veras antes de que anochezca. Una vez más, caritativamente, una noche a la que cantar. Sólo sea por piedad, y esta, debería ser la mudez, imponderable, que no supo respetar aquel día, su último día en mi cóncava nave, que había sido, le pese a la sirena y a sus mentiras, nuestra.

Telémaco, no lo olvides.

Saludos, anónimo Lector.


En el crepúsculo

Entre medio de penas y alegrías
hemos caminado mano a mano;
de caminar descansemos
ahora sobre la silenciosa tierra.

Alrededor nuestro declinan los valles
y el aire se oscurece ya,
únicamente dos alondras alzan su vuelo,
soñando en la atmósfera perfumada.

Acércate y déjalas cantar;
es ya el tiempo de dormir.
No vayamos a perdernos
en esta soledad.

¡Oh, amplia y silenciosa paz,
tan profunda en el crepúsculo!
¡Qué cansados estamos de caminar!
¿Será esto acaso la muerte?

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