Redención en Re menor

En Re menor

Cuando se rompió la cuerda del violín, el consecuente silencio que se sobrevino en toda la sala le recordó cuán breve es la armonía de los celestes firmamentos que allá en lo alto simulan los desfiles del movimiento sacro qué de la madre Natura se esperaría, pero del que no se tiene más constancia que unas inúmeras ecuaciones, y aún así, discutidas, pues no es de recibo que a día de hoy, todavía hubiese gentes y paisanos que negaran aquellos cósmicos bailes que se traen las estrellas y sus vacíos entre ellas para no salir gritando del concierto que la rotura era una pareidolia de la misma vida, entre síncopas que una mano fuerte golpease aquel pobre piano, acompañado por el aún más deslustrado violín y otra mano impelida a continuar, con un violonchelo siempre denostado a pesar de su tamaño, pero donde residiría el último de los sentidos, el del juicio sensato.

Pero ningún sentido animal o similar tendría preocuparse aquel día por aquello, que la rotura sucediese en el scherzo era de lo más natural, dada la humedad de aquel sótano llamado Sala de ensayos y estudios para la Nueva música, donde cada sábado acudía a escuchar las piezas de cámara que se tenían por ser todas geniales del repertorio más habitual, pero también tan manidas para sus oídos, que por ello renunciase a seguir las idas y venidas del comisario político encargado de la custodia de los exiguos instrumentos y cuyo cometido, entre otros tantos y variados, era mantenerlos en el mejor de los estados posibles; de hecho, ese era su única ocupación en esa noche sabatina; su gran calva se reflejaba entre las demás cabezas en una suerte de rondó lunar, con las grandes ajadas y repulsivas al tacto, cortinas, también bailando hasta que por fin, se oyó de nuevo, por segunda ocasión en la noche las disonancias que todo músico llama afinación.

Vacilaban las luces y se retomó el tercer movimiento, y aún así, ya todo para él, obrero que deseaba ser instruido, aspirar a ser como los caballeros de rentas medianas pero suficientes para holgar en conciertos y salones, y pasearse entre damas que ya no existen más que en el recuerdo pintado al óleo, pero al hacerlo sólo los sucios grabados obscenos en sus maltrechos trazos, acudían al encuentro de su escasa retentiva, imaginación, o falta de la Alta Educación, esto se decía mientras ya sonaban los últimos compases de aquel trío en Re Menor de un tal Mendelssohn. Creía, sin sentido de la medida y sin razón positiva en qué apoyarse, en la Redención, con mayúsculas, profunda y sinceramente, a través de la Música. Y si no era redentora, podría ser al menos liberadora, ahuyentado si cabe, al miedo, la culpa y la memoria nefasta casi siempre.

Fue entonces cuando le vino la revelación, el amor, ese noble sentimiento al decir de poetas y filósofos, no era más que un dúo, a veces un trío pero siempre un tema con variaciones, o varios, con sus codas y fugas, contrapuntos sutiles o reinterpretaciones forzadas, cuyos desarrollos, ahora eran en él una sola melodía basada en su absoluta soledad, se había convertido en una partita, una suerte de suite para un solo instrumento de madera avejentada con las cuerdas a poco de desgajarse del puente que mediaba entre aquellos dos componentes de su familia, hoy ya deshecha en el viento del vendaval de la mera realidad de las fugaces pasiones.

Luego de meditarlo en lo momentáneo de casi pura ignorancia en todo ello, retomó la costumbre de usar las viejas «particellas» de sus escasos recuerdos como si en verdad fueran las memorias de algo que nunca más volvería a ser interpretado, y en medio del silencio de su conciencia acabó por salir a la calle, como tantos otros sábados, y comenzó a canturrear el inicio de la variaciones Goldberg, la primera que pudiera no ser de Bach, pero a quién importa hoy eso, salvo a diletantes con tiempo y más aburrimiento, a nadie se decía, y se convenció de que si por algo podría soportar aquella opresión sería por la machacona aria, incrustada, ya zarabanda de su dolor, ya canon de su autocompasión, pero en eterna fuga de sus fracasos, sobreponiéndose los unos a los otros. Como todo, “mejor tocar solo que en basta compañía”.

Saludó al comisario político, y éste respondió con una sonrisa cortés o embustera sobresaliendo de entre los distintos corpúsculos formados en el atrio, se preguntó a qué vendría tanta solícita atención, se palpó la ropa y cayó en la cuenta de que no llevaba la documentación que le acreditaba como miembro del Partido, y salió aún más deprisa calle abajo, mientras en su sordo socorro Bach y su variaciones acudirían siempre que Mahler le diera paso, en su alma, ambos se peleaban, pues apenas, en ella, ya solo vivían ellos dos, uno por excelso y el otro por necesario.
Saludos, Anónimo Lector

Coda: http://es.hdclassicalmusic.com/listen/?id_song=285

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