Del Canto XXV: El laberinto

CantoXXV

CantoXXV

Dentro de poco llegaré al laberinto. ¿O ya estoy en él? No sabría decirlo, pero sí puedo asegurar cuán perdido estoy, cual nauta de regreso y no el más famoso, sino uno cualquiera de los aqueos del montón descatalogados que lucharon en aquella funesta guerra por la belleza y el honor de un mundo ya extinguido. Siempre marchamos de camino la final, y en pos de un regreso que nunca se alcanza y sólo trae problemas, como los poetas menores cantaron.

La cáscara de nuez que disimula ser mi cerebro en estos días me dicta el camino, la dirección a seguir, y bien sabe ella como mi verdadera naturaleza de sesos desgajados que sólo alcanzaré la playa si antes no me reconozco en el fracaso. Nunca llegaré al centro, ni mataré quimera alguna, pues todo eso era y fue alimento de divanes al pie del Río de la Plata, iluminados con la luz argentina de una soprano en un precioso italiano, «airosamente cantabile», como casi todo lo que ya olvidé.

Qué Ariadna y su hilo me mintieron con ardides de supuesta bondad, no debió de sorprenderme, qué Dédalo no diseñó los muros de coralinos matices tan impropios, de marmóreos sedimentados al dolor de la Madre Gea, o de aquellas espesuras de pizarra iluminadas para dar el giro a las galerías de esquistos informes, y no acabar en los bordes de anheladas esquinas de pórfido almenado, y sin más pistas que la mera grava de los pies, recién pisaba, desvanecida… y no alcancé a ver las rotaciones pedregosas y requiebros sin palabras con el sabor de la arenisca en la boca, el dolor de las obsidianas con el filo tan puro como imperceptible; no veo más que la pared, ya me siento en medio de otras miles como ellas, con la edad de las mismas y a su contacto, me dispongo, para saber por dónde no llegaré de continuar así.

He dispuesto ya mi ropa de viaje, dentro del laberinto, mis libros imaginarios, (mis pequeñas manías las dejaré mejor fuera), y aún pisando fragmentos de pedazos de cadáveres amontonados, deberé hacerlo con ese sondear quieto que puede paralizar al más «gloriosus», no me resignaré a que me vean cual cría ganada para la voluntad de un sacrificio; al fin y al cabo, yo soy quien camina palpando a ciegas mi rosario de esquinas infinitas, con las arrugas de mis dedos por todo mapa, y así, cuando comprenda todas sus pequeños contrastes, y sin embargo tan fundamentales como la diferencia entre la pirita de la falsa esperanza y el oro de la sencilla verdad, tal vez sea el momento de sentarse a esperar al hijo de Pasifae. Y que se trague mi orgullo, mi estupidez a dentelladas y saboree, dentro de lo posible, la magra carne que viste mi triste y tibio ser, la mísera grasa tan incolora y la no menos mi nimia valentía, de inteligencia, mejor, ni hablamos, Asterión y yo no somos dispares, es tan sólo, que nos hemos criado en lugares diferentes.
Saludos, anónimo Lector.

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