Pobre Bovary, Charles, no ella.

Quincalla para Emma Rouault.

Quincalla para Emma Rouault.

El verdadero héroe era y siempre lo será el “pobre” de Charles Bovary.

“A pesar de la envidia y de la muerte”. G. Vasari, refiriéndose a Miguel Ángel.

«Por respeto, o por algo parecido a la sensualidad que le hacía demorar las investigaciones, Charles no había abierto aún el compartimento secreto de un escritorio de palisandro que solía usar Emma. Un día, por fin, se sentó delante del mueble, dio vuelta a la llave y empujó el resorte. Allí estaban todas las cartas de Léon. ¡Esta vez ya no cabía duda! Leyó con avidez hasta la última, rebuscó en todos los rincones, en todos los muebles, en todos los cajones, detrás de las paredes, sollozando, dando alaridos, desesperado, loco. Encontró una caja, la reventó de un puntapié. El retrato de Rodolphe le saltó a la cara, entre notitas de amor, todas revueltas
A todo el mundo le extrañó verlo tan desanimado. Ya no salía, no recibía a nadie, se negaba incluso a ir a visitar a sus pacientes. Dijeron entonces que se encerraba para beber.
A veces, no obstante, algún curioso se izaba para mirar por encima del seto del jardín; y divisaba, pasmado, a ese hombre de barba crecida, vestido con ropa sórdida, hosco, y que lloraba en voz alta según andaba.
A última hora de la tarde, en verano, cogía a su niña y se la llevaba al cementerio. Y se volvían de noche cerrada, cuando ya solo había luz en la plaza en el tragaluz de Binet.[…]
—No le guardo rencor —dijo.
Rodolphe se había quedado mudo. Y Charles, con la cabeza entre las manos, repitió con voz apagada y el tono resignado de los dolores infinitos:
—¡No, ya no le guardo rencor!
Añadió incluso una frase trascendente, la única que dijo en la vida:
—¡La culpa la tuvo la fatalidad! […]
Al día siguiente, Charles fue a sentarse en el banco del cenador. Entraban rendijas de luz por el cañizo; las hojas de parra recortaban sus sombras encima de la mesa, el jazmín olía bien, el cielo era azul, alrededor de los lirios en flor zumbaban las cantáridas, y Charles se asfixiaba como un adolescente bajo el agobio de los inconcretos efluvios amorosos que le henchían el corazón apenado.
A las siete, vino Berthe, que llevaba toda la tarde sin verlo, a buscarlo para cenar.
Tenía la cabeza echada hacia atrás y apoyada en la pared, los ojos cerrados, la boca abierta, y, en las manos, un mechón largo de pelo negro.
—¡Ven de una vez, papá! —dijo la niña.
Y, pensando que quería jugar, lo empujó con suavidad. Charles cayó al suelo. Estaba muerto»

Gustave Flaubert. La señora Bovary. Costumbres de provincias

Título original: Madame Bovary
Gustave Flaubert, 1856
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia

A estas alturas, a lomas de inconsciencia y olvido, si alguien considera esto un “spoiler”, ya es tarde para todos.
Saludos, Anónimo Lector.

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