De la Sirena muda, pero funesta

Tú serás mi ayer cada mañana.  	Soneto maltrecho I: Vivir sin ti pudiera, ya lo he hecho. Si contigo fuera ello prohibido el habitar la región del olvido sería de esta muerte, pobre provecho.    El arduo pasado, siempre al acecho emerge el baldío, ardor de erial herido ya ceniza, mi impavidez ha hervido en ascuas eternas voy maltrecho.  De mí los dioses, no tarde, se apiaden pues sé, que anhelo morir en ti así la esperanza y el valor se añaden.  Desdeño bienes, el perdón, ahí ya en el ayer del limbo se disuaden las promesas vanas que si inflingí.

Tú serás mi ayer cada mañana.
Soneto maltrecho I
Vivir sin ti pudiera, ya lo he hecho.
Si contigo fuera ello prohibido
el habitar la región del olvido
sería de esta muerte, pobre provecho.
El arduo pasado, siempre al acecho
emerge el baldío, ardor de erial herido
ya ceniza, mi impavidez ha hervido
en ascuas eternas voy maltrecho.
De mí los dioses, no tarde, se apiaden
pues sé, que anhelo morir en ti así
la esperanza y el valor se añaden.
Desdeño bienes, el perdón, ahí
ya en el ayer del limbo se disuaden
las promesas vanas que si inflingí. JFC ABRIL, 2008

Cuando me topé con la sirena, no la reconocí, ¿cómo podría haberlo hecho? No cantaba (sí, no lo hacía) y no se distinguía de cualquier otro ser de su sexo. De hecho, solas en su Isla, abandonadas y maltrechas, desde que los nautas antiguos dejaron de escucharlas, preocupados por llegar a casa si no como héroes, al menos con todo su cuerpo lo más intacto posible, rogaron a los dioses, también ellos en retirada, que se las concediera un último Deseo: ser como todas las demás mujeres. Perséfone y Afrodita, resignadas a su presuntuosa petición, consultaron con Hermes y éste, que siempre fue un correveidile sin más pretensión que ser el de ser el mandado de los Grandes, acabó poniendo una sola condición en conjunción con el Dios que se ocultaba a todos, y así se lo comunicó a las dos sirenas, que aún resistían el embate de las olas frente a un lugar que acabaría siendo la sede de las mayores perversiones que un césar podía cometer. Hay lugares condenados al horror.

Envejecidas y solitarias, nadie hubiese dicho que de sus cuerpos nacería la nueva estirpe de sirenas, todas ellas mujeres de aspecto normal y saludable, en apariencia, pero llenas de antiguas dolencias, piel con propensión al escamado persistente, y una tendencia a dejar a su paso como un poso de sal perenne en forma de pequeñas láminas acolchadas, recuerdo ancestral de su origen y por supuesto dejaron de poseer la considerable potestad de encantamiento a través de sus tonadas sobre marineros o simples pescadores, que de todo había en su dieta, aunque los poetas no lo refieran… Aquellas baladas de tan fabulosa tesitura como sólo un Eolo musicado podía otorgarse, (con permiso de Orfeo), se olvidaron, llevadas en las alas del Tiempo, Juez que no entiende de nada qué no sea ÉL Mismo. Adiós al hermoso plumaje y a los trinados días tratando de estar en forma, con la ayuda de las astillas de los huesos de tanta víctima perdida.

Pasó el Imperio, pasó la edad oscura y pasaron los siglos de los «revivals», y las sirenas se reproducían entre seres humanos, y ya ni ellas sabían qué lo eran. O qué lo habían sido. No son muchas o yo al menos no sé de muchas de ellas, pero me consta que otros sí las reconocieron, y de ahí esos cuentos absurdos y sentimentales, pues nunca faltan hombres tontos a quien engatusar. Hasta Manucho, allá en las antípodas escribió sobre Melusina, pero a él se lo perdono todo.

La sirena con la que topé un día aciago no hechizaba con su voz, ni con su cuerpo, lo hacía con la sibilina capacidad de explotar las debilidades de quien esto escribe, débil de carácter siempre, en cuanto me tuvo delante decidió qué sería desde aquel mismo instante de su propiedad y debería rendirla pleitesía como al ser superior que era, (era más su presentimiento, o presciencia sin dictar su final) y para ello, hacíase la menos ama de sí misma, la más sencilla y la mejor entre todas las otras damas que pasaron por mi vida, y por supuesto sucumbí. Era la primera mujer en mi vida adulta con la que pasaba más allá del beso de gracias y buenos días. La víctima perfecta, y me dio un hijo, en menos tiempo del que seca el pescado en la tramoya de una «scordatura» simulada como desafinada de aquellos días llenos de Sol y bebidas del color de astro rey.

Desde entonces transcurrieron Días de vino y espinas, “las rosas”, no las vi. Nunca, pero hoy sus huellas me han dejado un regusto de sabia vieja, renegrida como el betún, que supura por mis poros y mis dientes, ellos irán antes que yo a la tumba, de eso estoy seguro. La sirena se aburrió y olvido que su nuevo cuerpo tenía un precio, así lo dictaminaron los Dioses, magnánimos pero poco sutiles, en cuanto a negocios dedicados al terrenal orbe. Al abandonar al amante elegido los Dioses pusieron un débito estipulado para prevenir tanta locura: pagarían con el predio de su razón. «Lontano» de sí misma por siempre.

Cada día, desde que vivimos juntos, devoraba mi carne de las maneras que la gastronomía de la maldad no había inventado, ni con la ayuda de una Thermomix adriana, puede decirse que no fuera yo un guiso de sinrazón, de amargura en la sazón de delirios y de un insípido sabor a vieja chicha correosa, pues en nada satisfacía ya a su gustos, y la antigua manía de devorar, regresaba desde su condena, para convertirse en la mía.

Con la «bocca chiusa» más mortal fue desgranado los tegumentos, desprendiendo «sforzando» y a «piacere» que a ella le parecía «dolcissimo», y a mis músculos la homofonía de mi segura extinción como aquel ser que fui antes de caer en la trama de su red, lábilmente preparada para su gran «coda final», «stringendo» hasta el la última gota, no de sangre, que ya no serviría ni para hacer morcillas, sino de lágrimas, esas perlas de agua salada que Ella, la sirena ya no reconocía. Tanto tiempo a dieta de una ansiedad sin aquietar, sin poder ni saber de dónde provenía, no es excusa. NADA lo es.

Mi osamenta monda y descarnada son los resquicios que me sostienen en la esperanza de un mañana con mi hijo, caminado por alguna vereda sembrada de heliotropos sin hablar pero sabiendo cada uno qué señalarnos en su momento, qué no decir para no olvidar.

La sirena ya no sabe de sal, de algas ni de rocas salpicadas de lapas o moluscos ignotos, ni de playas arteras y yermas de todo signo de vida, sólo busca lo que no sabe necesitar, y ese será su dilema. «sotto voce»: La sirena ya tiene a un nuevo nauta bajo su hechizo (Pobre de él, no dándome lástima, más bien moviéndome a la piedad) y sigue alejada del mar. Por si acaso. Nunca vistamos playa alguna y ahora entiendo el «Porqué».
Saludos, anónimo Lector.

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