Al Dios desconocido…por vosotros.

Animula, vagula, blandula Hospes comesque corporis Quae nunc abibis in loca Pallidula, rigida, nudula, Nec, ut soles, dabis iocos...

Animula, vagula, blandula
Hospes comesque corporis
Quae nunc abibis in loca
Pallidula, rigida, nudula,
Nec, ut soles, dabis iocos…

No es lo peor por terrible amar a un Dios, lo catastrófico por pavoroso es ser amado por uno de ellos. Y si de entre todos los que un día se pasearon entre el cielo ataviado como ínfulas abigarradas en nubes iridiscentes o por la tierra hollada por los pies fugaces de animales con razón, no es otro que Diónisos, el postrero Dios, aquel cuyo sólo nombre reverenciado y temido en desigual estado, aquel dios extraño, sí el más tardío de todo ellos, es quién te elige, entonces, como nunca, no tendremos otra posibilidad que sucumbir a su dominio. Necesariamente, por caridad, si el Dios está condenado y tú, dispuesto al sacrificio.

¿Quién dice que los dioses no mueren? Sí lo hacen, yo puedo dar fe de ello, como puedo darla ante los más sagrados altares, de que su amor no me mató, ni exterminó convirtiéndome en alguna absurda constelación, como dictan los cánones de los mitógrafos, tan acostumbrados a la peor de las especies de chismorreos divinos, esos, que infaliblemente confunden con los devaneos humanos. Como si ambos tuviesen el menor parecido, sólo posible en los cálamos de recolectores de los más vetustos «memes» alejandrinos.

Cuando apareció ante mis ojos cegatos, una tarde de lluvia, tan lejos de la familiar presencia de Helios fenecido por la lejanía de sus hermanos o de su benévolo calor dadivoso, se supo detestado en los ocasos terrenales del siglo qué bien no ignoraba él serían su última epifanía en forma de carne mortal, y que arrastraba, pues, el anatema absurdo por ser objeto de etimologías reñidas y de historias no menos equívocas, de sus antaño fieles y ménades que por ser tan devotas, demasiado, acabaron por olvidar rendir el culto obligado, y deslizándose por la menos apropiada pero funesta forma de pleitesía, acabaron por asesinarle, ellas mismas. Hierofante, ya entonces de sí mismo, único Eleuterio destinado a un postrero acto de amor en el ara recamado de ingenios sin cuento de su mismo fin.

Y sin embargo, sonreías como sólo un Dios sabe hacerlo. Sí, tú mi Dios. Desde aquel preciso instante eso fuiste, en la autentica vida el tiempo se detiene, por que no te reconocí, dada tu modestia tan necesaria, pero mi ser se llenó de tu hálito, no en vano todo se redujo a esa combinación, catorce jornadas de tu hermano en su carro, compartiendo, yo mi necesidad y tu deseo, fatal, de no acabar como los demás.

Cuando la cesura tan normativa como estéril, llegó, los dáctilos de nuestros años juntos, entre breves dichas y largas hebras de lo opuesto, o lo que es lo mismo, la existencia de contiguos exámetros que el ciego nunca escribiría, se iban dibujando en el trazo exacto de un Flaxman enloquecido la ulterior razón de todo cuanto amé. Raras secuencias de la enfermedad que te mataba. Sin ayuda, sin consuelo. Sin razón.
Yo, mortal inculto de la mano amputada, antaño formol del saber inacabado, nunca supe desenvolverme en ellas.
Para cuando estabas tan débil que ya ni recordabas tu nombre, cantado en las islas de los himnos y las costas rumorosas en sus coros mudos de raros instrumentos vocingleros, los témenos más sagrados de la otrora preexistencia, ya entonaban el fin, ni los delfines llegaron ni la sombra de Ariadna se encaramó sobre los lienzos pilosos de Naxos para citarme en la hora del lapislázuli mortífero de puro bello tal que la muerte de un Dios merecería.

Ámbar decolorado, yo sigo con el esmalte del dolor. Pátina vana…
Y cuando yacías. Yo moría. Sin saberlo.
Y cuando te quise olvidar, la Sirena, con su canto envenenado, vencido Tú, arremetió de nuevo. Con su faz y su canto, yo que amaba tus silencios…
Y la Sirena venció. Entonces. Y todo por un error gramatical: no reconocer la verdadera catástrofe.

Saludos, anónimo Lector.

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