En la hora de la espera, o del último vuelo del zángano

Zánganoego

Zánganoego

Ayer el jardín trasero, no es que dispongamos de uno delantero, pero me gusta llamarlo así, se pobló de zánganos, o eso me pareció, dados mis conocimientos de entomología, tan escasos como los suministrados por los documentales de La dos, mitad siesta mitad ensoñación de bestiario medieval; no sabría a ciencia cierta, más bien, muy accidental, asegurar que fueran eso, futuras reinas o unas simples hormigas exiliadas de su «hogar», fuera el que fuese su cometido. Creo que las «reinas» sólo fundan nuevos hormigueros en primavera, pero esto, como habrá adivinado el Lector avisado no es más que la excusa para discursear sobre el «zángano». Ser que siempre me ha parecido un ejemplo de altruismo al más puro estilo R. Dawkins.

Se lee por ahí, es decir, en páginas poco rigurosas si no sabes la especie «específica» de hormigas qué buscas, que los zánganos mueren al fecundar a las hembras, reinas «reinonas ellas», o que también fecundan a las «princesas», en algunas especies, que serán reinas soberanas y preñadas de por vida a su vez, cuando las dinastías del más rancio abolengo del ácido fórmico, se deciden a hacerlo, todo ser tiene derecho a una nueva vida «y el casado casa quiere», y cometido el acto del traslado del seminal dispensado, luego mueren.

Lo curioso no es la señalada muerte, lo aterrador es la naturalidad con la que aceptamos que el destino del zángano sea ese, y no haya un Día Mundial por los «machos» muertos en el ejercicio altruista y lleno de generosidad de dar su vida por la especie.

No soy muy proclive a comentar mi estado emocional de manera pormenorizado, al modo de un diario personal (siempre ridículo, para los demás), aunque sí a convertirlo en materia de divagación, toda vez, que los detalles no importan, pero sí su recreación a modo de discurseo, no muy elevado, pero al menos irónico, o como poco, con sus puñetas primorosamente esquivas de sentido y derivadas de lo que en definitiva me niego a escribir con pelos y señales. Eso intento, pero no es plan de releer todo lo publicado, por tanto se me disculpará si alguna vez cometí el pecado de ser demasiado confeso en mis escritos.

Ayer yo era uno más de esos zánganos, cierto que aún vivo, no me lo explico, catorce años llevo en ese estado de milagrosa supervivencia o duelo y «dolo por llegar», y como si de una maldición de los más juguetones dioses de Olimpo y sus barrios porticados, bajo tal destino, espero a que me llegue la hora del verso «Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando».

¡AY! J. Ramón, ¡ojalá tus pájaros te cantasen! Los que por aquí se arremolinan al amparo de las jícaras vidriosas e invertidas se han callado, como deben, son tan políticamente correctos que deberían ser llamados AVES, que siempre da más prestancia. Negros córvidos y familiares, viudas de sí mismas, y listas como pocas lo son, se arremolinan como notaciones musicales suspendidas de los pentagramas eléctricos al albur de las corrientes, siendo ello nada extraordinario tras el pasmo que da verlos. Bien sé que han de murmurar tras sus picos deleznables.

En realidad están esperando para devorarme. Los zánganos somos su alimento. Hoy hace un mes que no veo a mi hijo. Y no sé cuando le podré volver a ver, a saber, como cuando nació, contemplarlo con la esperanza de un mañana eterno en el amor que había de cumplir. Iluso de mí. Es el destino, al fin y al cabo, de todo zángano.

Saludos, anónimo lector.

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