Testamento

Testamento 1

Testamento 1

No en demasiadas ocasiones sucede que la vida acaba sorprendiéndonos en el mismo punto en que pensábamos que ya nada o nadie pudiera hacerlo, y es entonces cuando en ese mismo instante, frente al íntimo espejo llamado conciencia, uno sabe que nada está en nuestras manos. Llámese destino o fortuna, todo está dispuesto para impedir, no sólo alcanzar, sino prever, el verdadero sentido de haberlo en las cosas, de los seres, pues de estar avisados, ¿quién perseguiría el rumbo efímero de polvo y ruido en que nos distraemos si ya están todos los caminos cerrados, allí donde el engaño está dispuesto en forma de orilla arreglada para su abandono, con la vaga esperanza, siempre asaz quejumbrosa ella, de que todo nos es posible, con sólo desearlo sin apenas ser pensado, de que al final estará alguien esperando?

Ya estoy muerto, y si bien mi cuerpo no lo aparenta, es por el desprecio con el que este actúa sin mi consentimiento. Se empeña en seguir como si nada hubiera acontecido, como si el mañana fuera un verso más por escribir cuando, en verdad, nada hay ya que no esté dicho, gritado y olvidado.

Me ven los muertos pasar a su lado, y ellos, a quienes aún debo tanto respeto satisfecho, me saludan, y yo, les pido consejo, sin voz también se ruega, un gesto que confirme con sólo mirarles, que es mi súplica evitada la razón de que aún no hieda mi mortaja revestida de cotidiana futilidad anodina, fingimiento de antaño, atroz juego de saberse uno más en el lado cierto.

Si me veis, no me estáis distinguiendo, estáis ante mi máscara. Miradla bien, no ha de perdurar. Solo soy el fin apagado de la nota discordante que da paso a la siguiente aún no emitida, si bien nadie sabe que todas las notas suenan igual al morir en medio del silencio que es más infinito y eterno que todo lo demás y posiblemente, contenga, éste mismo, la verdad.

Acabo de enconarme con mi sombra al encontrarla sentada, divertida parece, esperándome. Me rehúye con el gesto de las olas disipantes y ya sólo me queda vencerla, pues si ella ha tocado tierra, no me queda más que la innegable suerte de acabar siendo en ella no otra cosa que lo propio. Me pide mi nombre. Y yo callo, un momento largamente impreciso. No lo recuerdo y sin embargo en su abrazo reconozco, sino el impuesto, al menos el elegido por ella para mí.
Tengo sueño, o tal vez, aún no estoy despierto.

Saludos, anónimo Lector

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