El humor ajeno. O de Guillermo de Baskerville vencido.

Adso de Melk

Sin pretensión o con ella, dada su trayectoria, Umberto Eco de manera premonitoria avanzaba en El nombre de la rosa, (Lumen, 1980) uno de las grandes fantasmas que sacudirían a la postmodernidad agónica que Fukuyama nos quiso vender y que tan errado ha demostrado ser en su juicio.

Recordando encontré estas cosillas, como si de un libro de oscuras mancias se tratara: La risa, para Jorge de Burgos, el ciego y cancerbero de la Biblioteca, siguiendo a Juan Crisóstomo: «ha dicho que Cristo nunca rió», y añade de su agria cosecha, por la gracia de Eco:

«La risa es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne. Es la distracción del campesino, la licencia del borracho. (…)La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo parece pobre y tonto, y, por tanto, controlable. Pero este libro podría enseñar que liberarse del miedo al diablo es un acto de sabiduría. Cuando ríe, mientras el vino gorgotea en su garganta, el aldeano se siente amo, porque ha invertido las relaciones de dominación: pero este libro podría enseñar a los doctos los artificios ingeniosos, y a partir de entonces ilustres, con los que legitimar esa inversión. Entonces se transformaría en operación del intelecto aquello que en el gesto impensado del aldeano aún, y afortunadamente, es operación del vientre. Que la risa sea propia del hombre es signo de nuestra limitación como pecadores. ¡Pero cuántas mentes corruptas como la tuya extraerían de este libro la conclusión extrema, según la cual la risa sería el fin del hombre! La risa distrae, por unos instantes, al aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios.(…)

Al aldeano que ríe, mientras ríe, no le importa morir, pero después, concluida su licencia, la liturgia vuelve a imponerle, según el designio divino, el miedo a la muerte. Y de este libro podría surgir la nueva y destructiva aspiración a destruir la muerte a través de la emancipación del miedo.(…) De este libro podría deducirse la idea de que el hombre puede querer en la tierra (como sugería tu Bacon a propósito de la magia natural) la abundancia del país de Jauja. Pero eso es lo que no debemos ni podremos tener. (…) Pero si algún día alguien, esgrimiendo las palabras del Filósofo y hablando, por tanto, como filósofo, elevase el arte de la risa al rango de arma sutil, si la retórica de la convicción es reemplazada por la retórica de la irrisión, si la tópica de la construcción paciente y salvadora de las imágenes de la redención es reemplazada por la tópica de la destrucción impaciente y del desbarajuste de todas las imágenes más santas y venerables… ¡Oh, ese día también tú, Guillermo, y todo tu saber, quedaríais destruidos! »

A estas alturas de siglo dudo que quede alguien que no haya leído la novela, se puede por ello avanzar qué es este asunto el desencadenante del final, no sólo de la novela, sino de los desgraciados acontecimientos que nos han sacudido estos días, me refiero a los asesinatos de los humoristas de Charlie Hebdo. La elección de los objetivos, (usando esa jerga paramilitar tan afín al terror), es decir, el Humor, no fue en modo alguno aleatorio, como Jorge de Burgos, los miembros de Al Qaeda, y tantos como ellos en otras partes del mundo, odian la risa. Pero no la nuestra, la suya. Nosotros para ellos somos, o seríamos blasfemos, pero ellos temen, en verdad, el despertar del que osará imitar la risa de lo propio.

El humor y sus efectos como las verdaderas paradojas nos encaran a nosotros mismos y nuestro lugar en la sociedad. Sólo nos ofende cuando nos concierne como parte del grupo en el que somos aceptados y del que nos consideramos miembros, y nos reímos, eso sí, ya desde hace tiempo con sordina, de los demás como parte de los otros, extraños a nosotros, de sus rarezas, de sus costumbres, etc., en definitiva, de su diferencia y cuánto menor es el otro grupo, más nos reiremos.

El actor del humor propio y del espectador de lo ajeno nos obliga a ser animales morales. A ejercer ese acto íntimo del remordimiento como poco, o en palabras de Guillermo de Baskerville:

«Aquí Aristóteles ve la disposición a la risa como una fuerza buena, que puede tener incluso un valor cognoscitivo, cuando, a través de enigmas ingeniosos y metáforas sorprendentes, y aunque nos muestre las cosas distintas de lo que son, como si mintiese, de hecho nos obliga a mirarlas mejor, y nos hace decir: Pues mira, las cosas eran así y yo no me había dado cuenta. La verdad alcanzada a través de la representación de los hombres, y del mundo, peor de lo que son o de lo que creemos que son, en todo caso, peor de como nos lo muestran los poemas heroicos, las tragedias y las vidas de los santos. ¿Estoy en lo cierto?»

Lo estaba, evidentemente, en esa pregunta retórica que desencadena la furibunda andanada del ciego Jorge de Burgos y que precede en el texto a estas palabras del Franciscano Inglés. No sólo pues del remordimiento, sino de la reflexión. El humor trasciende nuestra humanidad, y sobre ello ya está todo escrito, no seré, pues, farragoso con el asunto.

Por ello de vuelta al libro: (Adso) «—¿El rostro de quién? —pregunté desconcertado.
—Hablo de Jorge. En ese rostro devastado por el odio hacia la filosofía he visto por primera vez el retrato del Anticristo, que no viene de la tribu de Judas, como afirman los que anuncian su llegada, ni de ningún país lejano. El Anticristo puede nacer de la misma piedad, del excesivo amor por Dios o por la verdad, así como el hereje nace del santo y el endemoniado del vidente. Huye, Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la propia. Jorge ha realizado una obra diabólica, porque era tal la lujuria con que amaba su verdad, que se atrevió a todo para destruir la mentira. Tenía miedo del segundo libro de Aristóteles, porque tal vez éste enseñase realmente a deformar el rostro de toda verdad, para que no nos convirtiésemos en esclavos de nuestros fantasmas. Quizá la tarea del que ama a los hombres consista en lograr que éstos se rían de la verdad, lograr que la verdad ría, porque la única verdad consiste en aprender a liberarnos de la insana pasión por la verdad ».

Intertextualidad, lo llamaban. Yo lo llamo Profecía.

Saludos, anónimo Lector.

Las negritas obviamente son elección de la necesidad.

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