Los arbustos no deberían ser más altos que sus cargos

JodaPujol

Hoy deberíamos sentirnos todos como el padre del hijo pródigo. Siendo ésta, una más de las parábolas en apariencia más desconcertantes, si es que alguna no lo es y de ahí su nombre, deberíamos aceptar que es la más conveniente al caso. Hoy diremos, antes de que Aquel se excusara, «Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado». Sin escuchar nada, en apariencia, de aquello, que el hijo pródigo nos dijo… «Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo » Ya lo hemos recuperado. ¿Qué otra cosa debiera importar o ser juzgada?

Nuestro hijo, el que regresa y aquel que así nos dijo, sin que lo creyéramos de veras, «Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde» Siendo el menor de dos, y al que en una prueba de bondad dejamos marchar, regresa hoy, ¿no es el día de celebrarlo? Está de nuevo con nosotros y el mayor, siempre tan pendiente de la primogenitura nos acusará más tarde de aquello: «Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu herencia con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!» Y siendo como somos el Padre celestial, todo Él (nosotros) misericordia diremos: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado» Hoy hemos encontrado vida en la confesión mal disimulada. Hoy debemos ser el Padre, sólo sea porque no nos toca otra. Debemos ser el Padre a la altura de más grande de las misericordias…O no seríamos mejores.

Bien sabemos que el hijo pródigo pensó esto, cuando en Las Vegas Montañosas y aledañas ya no pudo más: «Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros”, era su forma de pedir perdón, pero al ver nuestro recibimiento, ya comprendemos que no eran más que efusiones de cuya culpa se sostendría en la persecución de la encomienda…Pues habiendo pensando antes «¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre». Es de rigor saber que no le movió a la vergüenza hasta que nos oyó reclamar la fiesta de las fiestas por su regreso. Poco son las palabras. El Padre es de hechos, y hoy, nosotros, siendo el Padre, ¿no deberíamos ser tan magnánimos y bondadosos, sin un ápice de rencor al recibir a nuestro hijo pródigo…? Y los demás, esos otros hijos que todos tenemos, con torva mirada nos acechan, pero ¿qué puede ser comparable a la verdadera magnificencia de la no menos veraz misericordia…?

Hoy ven a nosotros, nuestro hijo, y pon en orden tus cuentas, sólo sea porque de lo contrario no te creeríamos, ni siendo el Padre de la Misericordia, ni el torvo hermano de la sapiencia y la perseverancia, ni el más cándido de los presentes en la casa.

Saludos, anónimo Lector.

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