Senil

Las tres edades. Giorgione

Creo que ha llegado la hora de preguntarse que haré cuando sea viejo. Hubo un tiempo en que, en el colmo de la egolatría adolescente, me tenía por un ser amado por los dioses, y por ello, moriría joven, como en los mejores poemas escritos en lenguas ya muertas por esa manía tan común a todos de la desidia en la transmisión, frustrada siempre, por ser comprendidos. Sería así, apenas un dáctilo, y no muy bueno, en el hexámetro infinito de las generaciones que ya no podrían leerme como uno más de los catalogados en la memoria de los vivos, la otra, la de los muertos, habrá de ser, entonces, como estas palabras, olvido sembrado en los márgenes de toda suerte, el polvo peor que la herrumbre, carcoma de estómagos preñados de silencio. Cuando sea viejo, habré de verme como las figuras que acompañan gran parte de mi vida entre las sombras diáfanas que veo doquier alzó la vista, más allá de la pulquérrima pantalla que asociamos a la lozanía, y como no he muerto y los años van pasando, habré de comprobar, en mis carnes, la condena de escucharme en la añoranza antipática de ver estos años como otro campo dilapidado en todas las promesas abocadas al más rotundo de los desencantos, ese fruto último de todo consuelo, el condicional del verbo al que todo se ciñe, vivir, “y si …” para callar, luego, al sabernos solos. Sí, solos, y seniles.
No es difícil imaginar cómo ha llegado a derivar este adjetivo, senil, en sinónimo coloquial de decadencia, y si los romanos levantaran la cabeza se avergonzarían de no haber impedido ser los autores inconscientes de tan mala transferencia, al fin y al cabo, alguna vez debió comenzar este trastorno de sentido. Por mi trabajo he visto demasiadas veces el espectro completo que se refleja en la mirada de “los mayores”, eufemismo vano, o en “los abuelos”, impreciso corolario que remata esa ficción llamada tercera edad: cuando Edipo se pone estupendo y crea logaritmos burocráticos los demás pasamos a ser parte del acertijo, pues edades, hay muchas, y la de la inocencia, como aquel título magnífico de E. Wharton debería poder elegirse. Por mi trabajo he visto demasiadas veces la inocencia, en ellos, aquellos de los que formaré parte cuando me llegue a mi vez el turno, y no era candidez, ni simpleza, más bien, esa infinita sorpresa por haber llegado tan lejos y no poder explicarse cómo, tan rápido nos viene la condena manriqueña, pero sin poeta que nos cante, ni perrito que nos ladre. A veces llegar solo no basta, como sólo llegar, y aún así, he visto en ellos la casta tontería de esperar cosas nuevas, como la entrañable caridad de ser escuchados, sin más ansia que recibir aquella fática y enfática costumbre ya perdida de los soportales y las plazas, de las cuevas trasmutadas, bajo las canas, alzar la vista del fuego y oír el relato del mundo, en las bocas de los ancianos. He visto en casi todos ellos todas sus horas y sus colores propios entre las centellas apagadas de sus lacrimales resecos, donde las pavesas se apagaron tiempo atrás en un fatuo ardor de resistencia a la mudanza. Ellos son hoy ya parte de mi mirar, de mis manías, y compruebo, que no nos separa tanto a ambos, los viejos y mi viejo, cada día más joven se aúnan hoy para escribir esta sarta de majaderías.
Cuando sea viejo, ahora lo sé, habré de despedirme sin aspavientos de todo cuanto hoy es esperanza y sueño, para mi y para todos nosotros, un mundo mejor, que lo será para algunos, los de siempre, y cantaré, a la misma musa que ayer animó mi juventud ajada, ridículamente, no conozco otra manera. Amarillea ya mi boca, y clarea el sotobosque de mis cabellos, y saludo como a un conocido de toda la vida al viejo que ya soy, debo hacerme, pues, su amigo, ese que deberíamos ir mimando todos, al final, sólo él estará en nuestra hora, esa de la que huimos a cada bocanada, a cada paso y de la que sin embargo, a cada maquinal parpadeo estamos cada vez más cerca.

Saludos, anónimo Lector.

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