Agnes

Siento curiosidad por las infancias ajenas. Esos años en que los niños lo son en apariencia por no levantar la vista de sus cosas y tener el oído presto a captar el sigilo tumultuoso que les rodea, agitando los brazos cuando siendo ya capaces de elegir entre jugar, callar o simplemente exclamar «no quiero» y comenzar a andar entre los pies de sus mayores, esquivando sus zancadillas taimadas con la excusa de «estaros quietos»

Me inquieta imaginar las infancias ajenas. Las busco ávidamente en los libros, pues en el resto, salvo en el cine, la infancia es una entelequia formulada por ideas nada inocentes, son infancias de quincalla, de marca, de tan ventriloquia y marioneta que parecen dibujos animados en el exilio del horrible mundo. ¿Cómo fue ese edén perdido en el caso de la pequeña Agnes, una niña vivaracha y curiosa, con ojitos de cordero, de ahí su nombre trasmutado? Así quiero imaginármela, por mor de no ser cruel. Una niña como tantas otras, nada indica que no fuera así. Una niña como otras muchas en un ambiente que no debió ser como tantos otros, y hoy cabe preguntarse en qué momento, esa niña de cabellos oscuros y ojos vivarachos condenados a la tristeza, por mucho que hoy se ría, ya mujer, escuchó por vez primera que la muerte era el método, la solución, el verdadero objetivo de la lucha armada, que la muerte sería su destino, la muerte de los demás, sería su gran legado al triunfo de cosas que seguramente no entendía, en aquellas primeras ocasiones que escuchó algo que ella creería eran cosas de mayores, y que todavía tenía, tiempo, años, unos pocos más, para seguir jugando. ¿Qué juguetes o peluches tuvo la pequeña Agnes, como los llamaba con los nombres que a veces de puro secretos, no se recuerdan después de tantos años?

Tendría muñecas, pistolas extraviadas y flechas de indios, de ese estraperlo entre primos y hermanos que por natural, es el principio de la convivencia. Conocería el monopoly, ¿lo entendería de verdad? o la sencilla oca, trasunto de los caminos de ida y vuelta, y el frustrante parchís, con sus fichas que no mueren del todo, la baraja del mundo con su malos agüeros de justicia social…Coleccionaría cromos, mientras las peonzas giraban con esa inocente forma de granada de madera exangüe de sabia, o despreciaría las primeras nancys por fingir siempre tan sonrientes, con esos labios de plástico que no tenían las niñas como ella, o el color del pelo, ni parecido al suyo, o al contrario, las vestiría con las mejores galas regionales, y vería en ellas un ejercito de nuevas niñas que un día cambiarían las cosas de la madre patria. ¿Quién sabe qué pasa por la cabeza de nadie?

O tal vez fuera una niña lectora, la pequeña Agnes, como lo sería años después, y se enfrascara en las aventuras de Celia, los clásicos maltratados por Calleja, o llegaría a la Isla del Tesoro, o el muy improbable Marcelino Pan y Vino, tan triste en la redención inefable o los Andersen y los Grimm, con sus finales felices y ese Bien que no se cansa de vencer, o quién sabe, escucharía las leyendas que todo pueblo necesitado de pasado gloriosos siempre tiene en la boca de los viejos para solaz propio y aburrimiento de los demás cuando ansías cosas nuevas, y preferiría estar leyendo Pulgarcito, con esos desvaídos colores que tanta nostalgia habrán de sacudir hoy por su elocuencia, el pasado siempre acaba desteñido, aún cuando ya lo estuviera.

Pero en algún momento, después de de los juegos, o la lectura, tras agotarse al salto a la comba, el escondite y el tejo o el mediamanga vendría el cambio, esos pasos en pandilla confortable, y con él, los días en que las palabras le llegarían como la lluvia, constante, como es ella, tan pertinaz, como las palabras que hoy nadie recuerda, pero que algún día, en alguna ocasión, o en tantas otras veces que ya nadie reconocería, debieron sustituir los juegos, en la mente y en el alma de de Agnes, esas palabras, debieron llegarle de los mayores, de los no tan mayores y de los venerables.

Llega, pues el día, en que la infancia como era se acaba, de su renegar como rito, de las iniciaciones del primer beso, y «deja esa mano quieta», de no soportar los ojos de aquel muchacho, pero no poder dejar de imaginarlos una y otra vez, es entonces, cuando Agnes, tendría que seguir al grupo, nadie quiere estar sola, pocos, pero alguien, pues no hay adolescencia que sin habitantes sea soportable, ni con libros, ni con clases, ni sus recreos, y por ello, Agnes, necesita del grito común, del sordo soniquete, del run run, de la música de las consignas. ¿Cómo las admitía, cómo las hacía suyas, cómo las mejoraba a su manera, intentando entenderlas o ese era su infantil intento, el mismo que de cualquier aspirante a destacar?

De dónde le llegaban, no es fácil saberlo. No hay antropología conocida para hacer de Agnes una mujer con tal destino, y si la hay, no sabemos de ella, pues los muros doctrinarios, las nieblas estratégicas y las lluvias dialécticas, las palabras inevitables, y las ideas mortales de necesidad para una Agnes, todavía dotada de Alma, es de suponer que su corazón debió luchar. Pero esto no es más que una suposición.

Alguien debió en algún momento, así debió decidirlo, que Agnes, tenía futuro y que debía ser aleccionada en la misión de su vida. ¿Cómo se inocula el desprecio absoluto por la vida humana, la frialdad eterna ante el dolor ajeno, ya en forma de miembros descarnados o retorcidamente abrasados entre el espeluznante amasijo de lo que antes fue mero transporte? Alguien debió inocularle, a la inocente Agnes, qué el olor a carne quemada era un impuesto a pagar, no más que una molestia, por el extenso y lúcido aire de la tierra propia, ese nuevo amanecer de las montañas sagradas, de la patria libre, esa que no llevaba escrita pero nunca debía de dejar de estar colgada en sus labios. Qué el número no importaba, pues la patria libre legitima todo, lo malo y lo peor, y lo inconfesable, lo desconocido, y por tanto lo que no sabrán los que han de juzgar, si bien entonces, ella, Agnes, no pensaba en aquello, pues alguien debió susurrarle sin pausa y con inmísero anhelo, que las heroínas de la madre tierra deben ser fuertes, deben aportar el sacrificio, alguien debe hacerlo. Alguien, Agnes medrar, dirigir, debe decidir accionar, colocar el explosivo, actuar, LUCHAR, por…¿Una fe en la historia futura que el pasado fantástico legitima, «un cuento como cualquier otro», se preguntaría Agnes alguna vez?

No recordaría que antes de ella otra Agnes había elegido el martirio. Allá en la Roma donde los siglos nos han dicho que al final fueron los buenos, pero no matando, muriendo. Pero al final, a Agnes, le llegó una suerte de martirio en su cuerpo encerrado. Se lo habían avisado los mejores antes de ella, los padres de la patria que tan bien habían planeado el destino de Agnes luchadora. Cuándo Agnes, supo que ya no había vuelta atrás, al saber que estaba dispuesta y preparada para todo, o al ver las consecuencias de su actos, es difícil no imaginar el dolor ajeno, pero era necesario entonces, Agnes, tal vez no quiso ver nada, recordando, cuando era niña, como un parapeto de alpacas secas, que en los cuentos, en los juegos, no siempre ganan los mejores ni los buenos, sino los elegidos, y ella había sido elegida. Trampas como pretextos.

O tal vez, todo sea más sencillo, y ella, Agnes, decidió. Lo decidió y lo asumió. E hizo lo que hizo, por que nadie como ella, Agnes, podría hacerlo mejor. Era su destino. Y nadie la inoculó, pues el mal ya estaba en ella, cosas de pertenecer a una tierra sagrada, que sacrifica a las doncellas, y a sus camaradas de tenada, bajo el amparo de aquellas palabras que como estigmas, serán los únicos trofeos que guardan sus infectas almas. Escondidas, medallas secretas que una vez fueron el impulso para sentirse en comunión con la tierra, la tierra sagrada, donde la sangre es del color que se elige por la manera en que a ella llega, ya sea desde el cielo o desde el barranco de una cuneta, una sangre, que por muy lejos que se vierta, a borbotones, siempre vuelve a los pies de Agnes.

Alguien le dijo una vez que sus juegos de mayor no eran por venganza, sino en pos de la justicia. A Alguien se le olvidó decirle que la muerte tiene un precio. Su coste no se mide en años, ¿qué vale la eternidad en el sepulcro adelantado por su mano, de veintiséis seres humanos, con sus derechos humanos bajo la nuca? O el dolor infinito para siempre en las vidas de sus familias, y de todo hijo de bien, y tal vez, ella ya lo sabía, y sólo esperó, a pagar. Tal vez siempre supo que al fin y al cabo, cuando el Mal es tan inmenso, al Bien acaba por rendirse, por cansancio, pues le falta la constancia del odio eterno, y el Mal, que siempre juega sucio, siempre tiene la mejor de las disculpas, El Bien lo empezó todo, tal pensamiento una vez instalado se enraíza a los pies abonados de quien no tiene mejor excusa ni disculpa. Pero ellos no ven nunca el Bien, sólo esa parte del mal que se disfraza de Bien, y es así como se espera, leyendo y estudiando… a ser la mártir que no ha muerto, ese es su fracaso, ni siquiera valía para el sacrificio verdadero. No es la muerte, ella sería casi un premio, es la modestia de saberse sólo una más, el sacrificio comunal, una más, en la larga lista de la infamia, Agnes, sin sueños, sólo una más. Y el resto de la vida discutiendo qué lugar ocupará en la lista de la historia, puesto arriba, puesto abajo. Pobre Agnes, seguro que te prometieron la GLORIA, esa cosa que no ayuda a dormir, pues ¿cómo dormir, soñar, o sólo vivir como Agnes?, sí, vivir siendo tú, aquella niña que nadie sabe cómo se convirtió en lo que es HOY. ¿O sí los sabes, Agnes y esa es tu condena? Saberte tal y como eres. Y no poder hacer nada para cambiarlo.

Saludos, Anónimo lector.

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