No hables de cosas de mayores. Literatura y Recompensas.

Héroes-de-la-Ilíada

Hoy, querido Lector anónimo, voy a saltarme una norma que me impuse hace ya tiempo, tanto como que los motivos para levantarla son tan peregrinos y pueriles, en definitiva tan buenos y pertinentes como pudieran serlo, ya, los muy elevados de la vulgar necesidad de decirlo ahora, luego no se me diga que callé.

Una posible historia de la literatura se resumiría en el breve trayecto que va de la anécdota de la Ilíada a la ambición de «historia» de La Odisea. En la primera, la cólera, y su inmediata consecuencia, de Aquiles es motor nuclear de la obra, cuyos efectos para el poeta y poetas de la trasmisión, no son la toma de Ilión. Por azar o por necesidad, más bien la regla del «in media res», se toma un punto del camino de la larga guerra y Dioses y hombres se cruzan en ese instante asumido como fin en si mismo. En cambio, Ulises es su misma historia, justificada por su final, consolador. Los «temas» de ambas no pueden ser menos parecidos y sin embargo hijos de una misma tradición, la que disuelve la epopeya épica en cotidianeidad, todo muy postmoderno con los ojos del ayer, o de cómo el mito transita para no naufragar en la conciencia común del pueblo que quiso guardar en su memoria a sus Aquiles coléricos, pero nobles, y sus astutos Odiseos, un tipo de héroe y de hombre de cuyo destino debemos repartir entre hombres y dioses la responsabilidad última. Formas de la epopeya, y sobre todo, suertes de las mismas, con Héctor al fondo.

Piénsese en Flaubert y su «señora», bueno la de Bovary, la de Charles, de quien nadie se acuerda. Una anécdota, el adulterio, y La Francia provinciana de Homais, y el resto de secundarios «gloriosos» que conforman el mundo de Emma, del extrañado Bovary, como gran escenario que trasciende a la propia mirada de Flaubert y de ahí su lucha por dotarse de aquel estilo que no pareciera repiquetear, en términos musicales y sin embargo, era su obsesión primera, la contienda entre fondo y forma como pocas veces se leerá y de cuyos retumbos deberíamos aprender todos. Avivando para ello no sólo el oído, el externo y patente, sino además esa endolinfa que debería mantener equilibrado el laberinto interior, el mismo que los trágicos griegos, demostraron como el mapa más detallado del alma humana.

Hoy, es un decir, el adulterio, no el de “Helena en París”, una ingeniosidad como cualquier otra, se ha modificado por el asesinato, otra anécdota, y los personajes-voces en rededor intentan transcender el género negro, por ejemplo, en sus miasmas y bocanadas pueriles de patinar el aire de los tiempos. Para dotar a las palabras de un peso que no debería ser balanceable, se incoa expediente de Crítica Social, de mirada crítica, de ese estado de cosas que es la «contemplación personal», y su supuesta reflexión, siempre original, o como poco, desigual. Es la literatura de género, léase los géneros más comerciales, éstas, las confesas y las que se enmascaran como obras, gran palabra, “mi obra es una «bar-bar-idad” escuchada así por el cínico que todos escondemos, y donde Obra es una entelequia sin cotejar. Siempre es mejor alardear de «obra» que de «libro», ¿pues no es la Biblia, sino un Totum revolutum de libros, pero no es LA OBRA?

Es ese triunfo de lo positivo, por manifiesto del género y los subgéneros, en literatura, como toda teoría sobre LA NOVELA, y vaya si se han escrito tesis sobre la misma, que ha venido a arramblar con los flecos de todo intento de acabar de una vez por todas por dignificar el género por excelencia, pues la novela, la NOVELA, con atributos, como el mono con variaciones, no pareciera tener clara su función en la actual estadía de la sociedad conectada, como pudo serlo, el crisol y su elixir, en aquellos tiempos, en que el autor escribía novelas, con la intención de cambiar, cambiar de vida y de paso, cambiar a los demás. Y tal vez, cambiar, no El Mundo, tal vez su mirada, nuestra mirada.

Y sea en una Abadía a la que llega Guillermo de Baskerville o cualquier esquina en el Rabal con el trasfondo de un Gaudí sobrevolando como un fantasma, hay en muchas historias, una forma de final moral, huérfano de cólera y de las aventuras, contra el terrible Poseidón y el no menos temible ser que somos en todas ellos, los cantos que reescriben los fenelones modernos, y es que somos para ellos, los lectores, unos telémacos a los que nos falta un agua, si atendemos a ciertos autores de éxito.

El Quijote también parte de una anécdota. Y el mundo del protagonista y de la época se pone en movimiento, largamente dormido por una especie de razón pertinente, que al final, pírricamente vence. Si la Ilíada necesita de los andamiajes nubosos del trasfondo de los demiúrgicos sueños forjados por los helenos, la locura del hidalgo más ilustre vive de la división final y decisiva entre lector y autor, desmintiendo a la «literatura», un nuevo arte se erige en el atrio del templo de donde debe ser expulsada, no ya la «fantasía» y sus formas sin sentido, su fondo sin provecho, sólo sus mercaderes.

La literatura se está quedando sin temas. Sin temas grandes. Sin grandes temas. Mírese el «tema», «escusa», «motivo», ¿motor? acaso del último Planeta. «La desconfianza» Ha dicho la Autora Ganadora, suponemos que resumiendo, ¿y ya está? ¿Nada más? Hay más, siempre hay más, pero la reducción a un «sentimiento» parece un ejercicio de fenomenóloga en la tribuna. La «condición humana», nos queda grande a todos, o tal vez la literatura se está quedando sin escritores que la teman, la sirvan, que la desafíen en su mismo terreno. Que la amen, no es el tema, desde luego. Balzac, nos queda grande a todos, y André Malraux, tomó este término filosófico del Ser, para hablar de algo que se cree superado, lo leído y consumado, efectos de la conciencia de un ser moderno, el exorcismo perfecto.

Antes uno leía contraportadas que describían totalidades, o su ensayos, con palabras como reflexión, mirada certera, análisis crucial, y similitudes genéricas sobre el Tema de la Novela, hoy estas grandilocuencias como principios activos son reducto de la literatura de género, cosas como, «a partir de la muerte de Sosias García, taxista de noche, el autor desvela los mecanismos de una sociedad hipócrita y desesperada…» O este otro extracto, real como la vida misma, «se adentra más allá de los hechos y presenta un sólido retrato del ser humano ante la duda moral, el combate interior y las decisiones equivocadas». Y así, con este Estado de la Nación Novela, que Dios nos guarde mucho tiempo, o sólo nos quedará el yomimeconmigoandmyfriends, como alternativa.

¿Quién ascenderá a la Montaña Mágica para obligar a Castorp a eludir la maldición del Tilo, que no es otra que la misma de cada uno a cada instante, elegir? Así se las gasta la nueva mirada, la nueva lectura, siete años son excesivos, incluso para la tisis. Y casi mil páginas después, después de habernos dormido, Castorp seguía allí. Aquiles elige, su recompensa, nuestra memoria. Ulises, hace lo propio y a pesar de sí mismo, llega a los pies de Euriclea, y nos toca decidir cada día qué leer «ad ínferos», pues los vivos ya se leen entre ellos.

La norma que olvidé mencionar al principio es simple, «no hablar de cosas de mayores». Al fin y al cabo, quien es uno para hablar de ciertas cosas no depende del propio ser, más bien del espejo en el que los otros nunca te descubrirán, y mira que el espejo es grande. Pero no cabemos todos.

Saludos, Anónimo Lector.

Anuncios

Comente, que algo queda

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s