It is a truth universally….

Vasari

«It is a truth universally acknowledged, that a single man in possession of a good fortune, must be in want of a wife»

Pride and Prejudice. Jane Austen.

Creo que de haber tenido una educación más esmerada y constante por mi parte, habría sabido, mucho antes de que ya fuera tarde para remediarlo, qué «el tiempo pasa» es la única verdad en la que podemos confiar, pues no tendría sentido alguno después de todo, creer aún en estos días, como cuando era niño que siempre tendremos tiempo, que mañana terminaríamos la tarea abandonada con el infantil entusiasmo conocida por inocencia.

Hoy, sí, ya sé que es tarde para intentar discurrir algo con una mínima coherencia sobre aquello que en las últimas semanas martillea mis sienes o el espacio poco profundo que media entre ellas, hablo del problema de los Universales. O, ciertamente, de los nuevos Universales y su éxito entre quienes regalan al viento mediático sus alegres y profundos pensamientos como si no hubiera un mañana y no fuera a venir nadie a rebatirlos, o por lo menos, remedarlos con el decoro que se le supone a quien piensa antes lo que dice.

A riesgo de ser tratado de memo, tengo con temor para mí, que el problema de los universales se reduce a la cantidad de realidad que otorgamos a los conceptos lingüísticos con los que trabajamos.

Esa «realidad» dependerá de los particulares que a su vez concedemos como parte inexcusable de los universales a los que tenemos acceso, siendo ellos a su vez, los particulares, meras partes de lo que conocemos como definición. Es la distancia que va de lo abstracto a lo complejo. La realidad aquí debemos entenderla como su derivada ontológica, pues no hay mayor cuestión que la de la existencia. El «realismo ontológico», una más de las interpretaciones de la Filosofía de la Ciencia: describe que «las cosas existen independientemente de que los humanos tengamos la capacidad de observarlas» pero el «realismo epistemológico» defiende que «las teorías científicas proporcionan conocimiento o que describen la estructura de la realidad» Realidad. Pero ¿qué hay de la verdad? El realismo semántico defiende que las teorías científicas son verdaderas o falsas según su correspondencia con la realidad. Metafísica, en suma: que entre la verdad y la falsedad no hay término medio, que de varios enunciados que aspiren a la verdad solo uno puede ser legítimo. Tenemos pues conceptos, verdad y lenguaje.

Pero ¿cómo se llega a la prodigalidad de los «falsos» o nuevos universales con los que trabajamos enunciándolos día sí y día también? Y todo porque la estructura sujeto- predicado es un ejemplo de dichos universales por esa curiosa determinación consistente en que nunca se sabe qué puede salir todavía de la Caverna. Y de sus sombras.
Y ahora bajemos a la naturaleza, ese lugar donde los cuerpos y los númenes se disputan nuestra atención.

Leemos: “El valor universal es ser hombre, blanco y heterosexual” Palabras de Elena Martínez.

Hay variantes de esta admonición. Pero me temo que ninguna encajaría en un Árbol de Porfirio, como método, éste, para intentar averiguar en qué medida el Hombre, ha cambiado a hombre y por el camino se ha dejado las cinco voces que servirían de introducción a las categorías de Aristóteles en la traducción de Boecio.

Leemos: «Mujer, pobre y negra» Titular de una entrevista de Anna Viñas a Luislinda, Juez brasileña.

«La Humanidad es un virus» Esto es cosecha del ingenio ajeno, que no descansa.

Nadie cree realmente en el universal «Humanidad» Entendida como un ente distinto de la eficacia de una representación que designa el conjunto de los seres humanos vivos y muertos que la evolución ha dado en la historia del Universo. Incluso admitiendo el «Ser» metafísico, nadie piensa en una Humanidad suprasensible a nosotros mismos. Decir nadie, es decir nada, pura utilidad. Y sin embargo, se nos quiere hacer pensar en universales a cada instante. Eludiendo las partes que los configuran como tales, al menos en la naturaleza equivoca de las mismas. Pues admitir que los predicados que soportan la antecedencia de «Humanidad» no son aceptados universalmente por ser precisamente parciales sujetos a la muda de la consideración, en una cadena de sentidos y contrasentidos, sería el ejemplo de que la verdad se halla en el detalle. La trampa sin embargo está en la sucesión de que al «universal práctico» del tipo «Humanidad» le suceden en realidad otros universales no menos interesados, disfrazados de verdades, como templos, sin asunción posible de una jerarquía necesaria incluso para los más ecuánimes de los dialógicos rampantes que jamás escuchan algo que no sea su propia fe en forma de juicios genéricos singulares.

Recordamos: «La intuición de una mujer es más precisa que la certeza de un hombre» Rudyard Kipling.
«El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres» Simone de Beauvoir.

«Arte», «Música», «Ciencia», pueden ser universales necesarios, no cabe duda, pero si el «nominalismo» tiene razón, y todo es vulgarmente concreto, nada más falaz que hacer de ellos, de las parcelas con las que nos entendemos en la plaza, axiomas sin resquicios, adjetivos revestidos de verdades inmutables y opiniones sesgadas con carácter de runa sagrada.
De lo particular, no sale nada bueno. No es que el tiempo pase, es que da vueltas, hasta marear. No sé si me entienden.

Saludos, Anónimo Lector.

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