La nación que habito

DellaRobia1

La nación que habito no tiene un mismo gobierno para todos sus ciudadanos, pues siendo yo mismo y unos pocos más, los naturales por azar, y allegados a la misma, no nos hemos dado aún un conjunto de normas, ni mucho menos leyes que pudiéramos argüir como elemento diferenciador, como tantos otros habituales, pues ni hablamos la misma lengua y ni siquiera estamos todos vivos, por lo que la comunicación se urde y nutre la más de las veces de la buena voluntad de quienes, en la nación que habito, se toman la molestia de no estar todo el día perorando sobre el destino común, ni cosas tales. Y es el escuchar y su avidez, tal vez lo más deseado, ya sea de aperos o de andanzas.

La nación que habito tiene su origen en los biológicos campos que mis padres y los suyos antes de ellos dejaron un buen día crecer al albur de un incierto mañana, y con el tiempo, ese territorio que no va más allá de cuanto alcanzan exhalados los nombres por los que nos conocemos vio crecer su forma al conocer la amistosa confluencia de lo que hoy conocemos como familia, una forma de burgo en el que cada uno asume sus retos en pos del bienestar de quien tiene, literalmente, enfrente, al lado o en camino.

La nación que habito se compone, pues, de la promesa de naciones en ciernes de las que hoy desconocemos su futuro. No tenemos más organismos de los que rigen normativos que la intención y los anhelos, pero no nos dejamos arrastrar por la frustración y el desencanto, toda nación, dicen, tiene sueños, en la que habito, con dormir tranquilos y no con mucha hambre, nos damos por satisfechos, pues no ha faltado la noche en que la lectura ha sido su parca cena y como somos todos muy partidarios del delirio romántico de la naturaleza, la que carece de impostura, pues con el sol del mañana, despertamos, y se diría costumbre, saludarlo y no quejarse.

No sabemos muy bien donde están o han estado las fronteras que preferiríamos membranas, pero unos creen que al norte lindan con algún que otro verso inglés y al sur con un rumor tan antiguo que no entendemos. En el oriente, un sol sobre la Toscana, vestido con los pliegues de un chitón griego, nos aguarda. Y en el occidente, allí, todo será cuando sea, no siempre es bueno saber qué hay en todas partes. Si estamos atentos, sobrellevamos una común partitura, la de las notas celestiales del polvo estelar que sería este ADN al que nos sometemos. Como es natural, cada habitante de ser preguntado habrá de variar en sus respuestas, en esta nación de contentos diversos y volubles, tampoco importa mucho dónde ni con qué engalana cada uno aquellos jalones o hermas incorpóreos.

En la nación que habito no tenemos más bandera que la muda limpia y aseada con olor a lavanda con que aguardamos las desgracias y nuestro himno se compone de ese tic-tac sordo que nos aleja en el tiempo, pero por el que no lloramos, nada se puede contra la física. Las palabras de aliento de amigos y parientes conforman nuestra Constitución mudable y no rechazamos las de otras naciones que imaginamos semejantes, de las que nos llega un idéntico estupor. En la amistad encontramos la energía eternamente renovable que desvanece molinos y alimenta las viandas de cada fiesta.

En esta nación, bien sabemos que nuestro producto interior pueda que sea bruto pero al ver en cada mesa un plato para quien llega cuando lo necesita, nos reímos, será por inconsciencia. Hemos aprendido que no hay mejor comercio que aquel que sólo se paga con la gratitud libre de impuestos y recabamos sonrisas, pero aceptamos como moneda los frutos de un llanto inapelable. Como carecemos de centros neurálgicos, la cabeza se somete al corazón y no sería justo decir que acertemos siempre. Habitamos una nación que camina en cada una de las personas que se quieren, con las innumerables formas con que el amor derrota el egoísmo cuando puede, carecer de jueces y fiscales, nos permite así, sobrevivir, carecemos de puertas, pero sí calzadas por las que siempre se alejará quien así lo estime; poco dura entre nosotros quien erigirse quiere en futura estatua, pues las plazas ya están ocupadas por los restos amontonados de ilusiones y esperanzas, allí lucen como memoria, no del fracaso, sino como emblema de que no hay tiempo malgastado.

La nación que habito con mis otros está colmada de las palabras de tantos muertos y de no pocos vivos, las de los mayores que nos precedieron, palabras que fueron libros, cuentos, fábulas o chismes y hoy son nemotecnia de nuestros modales. Su cielo efímero lo decoran las nubes de las almas que cada uno recuerda a su manera. Trabajamos por el pan, y en su logro, no hay día que no nos maravillemos, nos cuesta entender las siglas que relucen a lo lejos. Y si tuviéramos museos, tendréis que visitarlos de la mano del primero que los consagre, pero a buen seguro que de sus paredes de adobe sólo se abrirán vanos, para mostrar aquellas estampas que nos hicieron llegar hasta aquí.

Se cuenta de las madres de esta nación que saben lo mucho que les debemos y sin darse importancia, sostienen a los padres de sus hijos, y en los niños crecientes o menguantes, vemos todas sus incertidumbres, y no hay ciudadano que haya dejado de ser infante que no llame a su madre en la noche, siempre hay esperanza en sus palabras. En esta nación, de luces de iris abiertos ya por el horror ya por el pasmo, queda poco ya por hacer, que en verdad, sea necesario. Nos mece el pasado y el futuro no tiene más faz que un espejo deformado.

En la nación que habitamos, habrán de llegar nuevos vecinos, y serán arte y parte de la misma. Ahora que la «Voyager -1» ha entrado en «el entorno frío y oscuro del espacio interestelar», después de saber esto, ¿quién sabe quién está por llegar, si hasta allí hemos llegado?

Saludos, Anónimo Lector.

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