Fábula. De cómo el monje Marhuenda y su Razón aprendieron qué es una prueba de oro en el crisol como lección.

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Cuentan aquellos que todo se inventan que cierto amanecer, de los muchos en los que al monje Marhuenda se le podía ver acompañado siempre de la Razón, a quien tenía por sierva y de la que no había de separarse por mucho que el Cielo y el Mundo se aliaran para hacerle llegar tarde a sus negocios, que ocurriole algo que hasta los más viejos del senado aún recuerdan, a pesar del mal alemán que corroe el seso de tan venerables seres y que tan buena labor realiza para acrecentar su gloria, tornándolos niños adorables a nuestros profanos ojos, iban, pues, ambos camino de la Plaza de la Villa y Corte, cedía ya la hora prima y a ese paso llegarían a la sexta.

Detallan por mor de no perderse nada, pues, que como buen sarabaíta tapado, este tenía tantos o mas ocios que negocios y que en atenderlos todos se le iba la vida de acá par allá, como se dispersan los dientes de león en los estíos por agostarse y que tan molestos le eran al Monje de esta historia y por ello y por no esparcirse como las semillas del Diablo, que no se acuesta nunca, no salía jamás sin su Razón, no fuera a perderla ante los demás, por descuido más que nada.

Adyacentes caminaban como era su uso tan lindo y lindante, e iba La Razón a la izquierda del monje Marhuenda en grave silencio, más por esperar a mejor oportunidad de sacar provecho que por el recato debido a tan tempranas horas, cuando al allegarse a la entrada estrecha que llaman la Puerta de la Doblez, se hallaron impedidos de dar un paso más. Tendría el Cielo otros planes para ellos, y así se les presentó el inopinado brete. En la forma de una mujer que les impedía el tránsito, es sabido por la fe de la experiencia, que por la vieja puerta sólo es viable pasar de dos en dos y allí, según testigos que lo jurarían en el más alto tribunal se hallaban tres, y así un rincón de este ambligonio inesperado, tendría, sin solución, que ceder el paso a los otros dos, esperábase que en la lógica del monje Marhuenda debía ser la extraña hija de Eva que semejaba ser una estatua allí plantada.

Detuvo el Monje la mirada por un tiempo que diríase indiscreto que no gentil para sus hábitos y no pudo dejar de reparar en el escaso atavío de la doncella por la edad, unos escasos velos la cubrían y se diría que no intentaba tapar la vergüenza inherente de sus carnes, que al detalle de atreverse el monje hubiese jurado que habían sido laceradas en diferentes coyunturas sin desarmarla por completo ni de la lindura ni de su beldad. La juzgó una más de entre las de torcida mocedad, aquellas cuyos pecados las acaban por arrojar de las villas, antes de la ruina prematura que las doblegaría a entrar en hospitales a la fuerza o servir a las huestes do van y nadie sabe si volverán.

La Razón, demudada, no levantó los ojos y sin esperar a venia alguna de su patrón se retiró como por ensalmo, oídlo si sois gentes de bien, y al punto encorvóse detrás del monje, quien entre maravilla y espanto contemplaba como la bella haraposa, con gracia meditada entre sus párpados y señorío tan prudente que hubiese pasado por la hija del Rey de Pasagarda, salvaba el estrecho trago de piedra y proseguía su camino, cual fantasma de los que según narran otros más doctos que quien esto cuenta, brotan en la noche ancestral llena de los ecos del animal reino, gobernanza de los miedos y sierva de los apetitos menos confesables.

Tornó travesada la Razón a ocupar su lugar y repositorio perimétrico junto al monje Marhuenda, cuando fue violentada por el susurro de los dientes malcarados, camino al cabrerizo de la ira de su acompañante forzoso al escuchar: -«¿qué aire maléfico te ha dado, cómo es que curvaste la cerviz y cediste el paso a tan dudosa doncella? ¿Acaso ella era más en dignidades que tu Señor, o por ventura me guardáis de algo qué debiera saber por vuestra condición?»

La Razón, abrumada consigo misma y que no viose en otra igual, díjose «es la mía, por caridad y sin ella», y así contestó, o al menos eso niega el monje cuando a argüir detalles sobre esto es obligado:-«Bien sabéis mi Señor cual es mi verdadera condición. Soy y así os sirvo, como vuestra Razón, pero olvidáis como yo no puedo hacerlo que en cuanto de serviros deje, me supliereis por otra más conveniente, pues razones, somos muchas, variadas y variantes y es por todos consabido que los mortales sois volubles en cuanto a razones necesarias o impertinentes si de ellas os veis obligados a necesitar, y de este modo y manera, mañana, hoy o tal vez ya mismo, me dejéis abandonada, y seré testigo de que jamás me conocisteis o que de mi beneficio alguno sois merecedor, dando mis consejos por humo y de mis reparos cenizas, y todo ello, perjurándolo. Pero, Ay, mi Señor. Ella era…»

El monje Marhuenda no daba crédito al discurso de su Razón y el estupor y su bastarda hija, la cólera, crecía en su intestinal fuero, fermentando del todo su ya de por sí malogrado carácter, que escondía a quien con él se topaba, ya fuera en el escaso ocio o el supeditado siempre laboro de tan principal como se tenía. Alzando la voz como grajo enfadado pero diestro en disimulos afeitó el tono y dijo:-«¿Ella? ¿ella qué, a saberse de que la conocías y en qué modo te habrá servido?, sino es el Diablo quien inspira tu lengua, diría yo que tratas de embaucarme pues ya no eres ni razón, ni juicio ni facultad alguna te asiste, y debe ser que he dilapidado el tiempo con tan nimia cosa como se me presentan vuestras sandeces, tan a destiempo cual desatinadas discordancias, que hasta dudo agora mismo de qué males se habrán derivado de haberme servido de vos, y si lo pienso un breve en tanto, no, no lo dudo, estoy seguro de cuán engañoso es el designio de teneros por razón…»

La Razón, hartada del monje que tanto la había forzado por su quimérica necesidad de servirse de ella como si en vez de ser una mas de las muchas razones que por los caminos andan sólo fuera falaz artimaña, le espetó en todo lo alto de su tonsura relumbrante:-«Mirad mi Señor que estas podrían ser mis últimas palabras pero antes de ellas, debo aclararos la mente, pues tan nublo es vuestro escaso entendimiento que no habéis reparado en algo tan promisorio como evidente, a quien cedí mi paso y a quien me humillé como hija devota que soy suya no era otra que LA VERDAD, sí, mi Señor, que ahora me acusáis con desprecio y burla eminente como leo en vuestras lustras órbitas, así es y era ELLA, en la misma persona que por la Divina Creación trasiega de acullá en rededor y allende los límites de la Naturaleza que por humana y falible, la busca denodadamente y no ha de darse por vencida si servicio se le solicita como se le presta, cosas éstas que ignoráis, mi Señor, como otras tantas»

«A la sazón por muy tarde que ya sea para ambos que no me dejaré birlar la sesera que aún me queda ni me ofuscaréis con la lábil labia de vuestro adorno y que yo os enseñé, sea en mala hora ya ahora ya futilidad, ¿La Verdad?, LA VERDAD es por todos sabido que es Una tan bella doncella que sin ceder a la vanidad ni sus postizos honores va desnuda, sí como lo os lo digo, cual virgen emancipada que es del humano y pecador sentido del raciocinio y sus simulacros, y que por ello no se prodiga bajo el sol de los mortales, sino en la luz de la Fe que el Señor, Nuestro Padre, nos otorga a sus elegidos y caros hijos…» Así habló, enajenado ya de su Razón por momentos el monje Marhuenda.

La Razón con evidente inmodestia añadió al hilo que ya fenecía en la rueca de aquella conversación.-«¡Cuán equivocado es vuestro saber de las cosas de este caos que se os presenta! LA VERDAD, mi Señor, no precisa de tan noble apariencia sólo digna del primer Edén y cómo os engaña el arte de los míseros artesanos que no se atreven a mostrar aquello que sólo por amor veraz como honesto se aspira a conocer. LA VERDAD porta los velos con que los errores humanos la visten, es labor, pues, tan luego el despojarla de ellos, y así, y sólo así, refulge su esplendor en quien la ve con los ojos no sólo de la bondad sino de la misericordia falta de toda vacua afectación, pues sin los tan precisos por obligados velos, es cuando muestra LA VERDAD las llagas que no acaban de sanar y las repulsivas marcas del flagelo que los mortales con su incontenible lengua cada día no cejan por necedad en prodigarle, sin miramiento alguno para su pobre persona, que al fin es la nuestra en cada una de vuestras conciencias. Razones somos muchas, LA VERDAD, quien sabe, yo sólo he visto una, por ventura, y doy gracias al Cielo por haberla reconocido»

No hay consenso en saber en qué quedó la cosa, cuentan que el monje Marhuenda dio un empellón a su Razón y diciéndole con su habitual y recobrado desparpajo:- «Oye, chica y ¿a ti quién te ha pedido tu opinión…?», y desde entonces vagan juntos, pues no hubo un nueva razón que se prestara a servir al monje, y a veces en la negra noche, se les oye batallar con raro acaloro, se discute si LA VERDAD consiguió engañar al monje con la ayuda de aquella razón encadenada. Probando pareciera, la resistencia y la paciencia, del oro en el crisol.

Saludos, Anónimo Lector.

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