«Y ahora, cantad a la muchedumbre…» Hesíodo.

pandora


Pandora se retiró asustada y esperó. Cuando todos creyeron que había huido se deslizó dentro del arcón y cerró sobre ella la tapa sobriamente ornamentada con los motivos de lirios dorados que serían corroídos por tantas manos como la codiciaron. Así postergada por la propia voluntad pasó allí en silencio e inmóvil las mismas edades que los hombres, ninguno, pues, se acordaría de buscarla. Tendida con su píxide sellada con la cera de las abejas del Himeto, tan buscada desde entonces, acabaría lejos de los pies del tálamo y de allí a manos del soldado atroz, del fenicio comerciante y su saqueo mareante, pasaría por el traqueteo de la heredera prudente y del fraile diletante su avaricia reglada, acabando en el sótano donde hoy cuentan la encontraron.
Desde entonces han pasado por su lado las aladas voces y los secretos pasos de miles de nombres que enloquecerían por la sola voluntad de la apatía y del versado proscrito. En el museo donde hoy se pierde su origen Pandora anota mentalmente los dísticos interminables de aquellas que elevaron su voz anteponiendo al epónimo su grave interés, y no se reconoce en ellas. Duerme y al meditar elucubra a la luz de la experiencia, que nadie habrá de ir a buscarla, mientras pule con sus manos el único tesoro que su pecho por almohada sostiene y cuyas figuras pintadas perdieron el lustre de la pertinencia.
No está sola, la oscuridad y el olvido la resguardan.

Saludos, Anónimo Lector.

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