17 de Julio. Teresa nació, y con ella, nuestra vida.

mama

Querida má:

Te debo tanto que no es la vida de mi triste cuerpo lo más grande, siendo ésta a los ojos de los demás lo más pasajero por evidente y más fácilmente elogiable por cotidiano. No hay mesura para entender, en cambio, todo cuanto aprendí de tus manos, tus mejores instrumentos para la ilustrar lo mucho que a la compasión atañe e instruye, y cuya técnica de maga prodigiosa hizo sensibles a todos tus hijos al milagro de la bondad, aquella que no debe esperar nada a cambio, pues nunca hubo lección mas breve, ser bueno por serlo.
Eras manos, hechos, trabajos, gestos y sobre todo, tus palabras: de ellas comprendí que la mejor es la que se dice en silencio, con el peso derribado del orgullo y la liviandad que no pretende juzgar. Que el daño que de la boca sale acaba por extraviar el alma del supuesto sincero y del no menos locuaz por importante. Nadie me dijo nunca tanto con menos.
Aprendimos que la mortadela en su modestia es gloria bendita si la acompañaba tu disimulado esfuerzo por la sorpresa oculta: la espuria crema de tres colores que mañana adornaría la barra dura del ayer, pues aprendí que el pasado como el pan, no pierde el valor de sus enseñanzas, sólo por no permanecer tierno a nuestros deseos de cambiarlo, era el mañana el que debía ser aceptado, pues pobre es el deseo de los que no asumen que el hambre insatisfecha no saciará nunca a quien la inconformidad le hace desgraciado de por vida, el recuerdo de una simple merienda es suficiente para salir adelante, pues era el verdadero alimento de las tardes, llegar y encontrarte de la vuelta de aquellos trabajos ocupada en darnos el fruto de tu mejor invención, que pese a todo, merecíamos la idea inverosímil de ser felices en y con lo poco, y que lo mucho, siempre les parece escaso a quienes lo malgastan.
Esa modestia de no ser más que lo que se es, y que hoy, por fin mamá, ya he asumido, y tú mientras, siempre fiándote de los consejos ajenos, eras incapaz de ofender, no sabrías decir no, y por ello incapaz de responder que no siempre los sigues. Y que nunca deberíamos juzgar los motivos de la caridad ajena, no sería educado, pues hasta los pobres teníamos códigos, y debíamos respetarlos.
Aprendí que no hay mayor maldad que la crueldad gratuita, cuando me consolabas de la misma, y por ello, jamás debía yo imitarla. Juntos esperábamos a que algún día el mundo sería mejor, o al menos, menos malo, pero que debíamos cambiarlo, mientras tanto, antes en los que nos aman, sin ellos, no hay casa que se sostenga, ni cariño que la soporte.
No olvidaré que aquellos que nos llamaban humildes no contaban con el orgullo infinito que tus hijos y papá te causaban, y que hoy me trae los vientos de los besos que nos dabas en forma de remiendos y de contiendas contra la mísera existencia.
A tu lado debo el recuerdo del dolor que sólo era tuyo, ver morir a un hijo no tiene consuelo, y a nuestro lado, te reconstruiste como hace la verdad de un corazón inmenso, seguir adelante hundiendo en un oculto camafeo el dolor, clavado bajo pecho y así, en privado, llorar el seco llanto de un alma que se niega a ser páramo o ciénaga, el dolor es el alimento de mayor humanidad; no lo sabes, pero así es el ejemplo, «los que lloran serán consolados» si nunca ceden a la molicie del dolor estéril.
No saber, en suma, con la resta de la desgracia ineludible, cuánto es cuanto te debemos, nosotros, y no sólo tus hijos, tu vida es una laboratorio de sencillas búsquedas, y pequeños logros para el resto, no tendrás mas premios que los que ya sabes, no los esperas, y la placa que enmarque tu recuerdo será aquella que diga que en tus nietos y nietas se cumple la máxima de que el amor es, y será más fuerte que la muerte, y que la vida. Ésta es tan sólo su manifestación casual. Pero en ella, también las pobres huérfanas sin hermanos ni padres dan al mundo una respuesta inopinada, nada acaba con la vida si tienes en la falta de amor la fuente inagotable de tu amor, contra toda lógica y ley de la humana especie.
Y sobre todo lo anterior, sé que a pesar de la decepción constante que creen los demás que soy, nada en ti me lo insinúa, y si acaso lo piensas por debilidad, sé también que no la sientes. Cada mirada tuya así me lo demuestra, y es precisamente, la forma en que nos miras, como sabemos que nada te hace olvidar que somos tus hijos, axioma de innecesaria explicación.

Somos, soy, y quien nunca dejará de serlo por la minucia de no estar todavía con nosotros, los cuatro hijos y la única hija de Teresa Martín y de Reyes Cuadrado, nuestro padre, y con esto, está todo dicho. Serlo es el orgullo, el más íntimo y sin embargo, el más limpio del que hablar puedo.

P.D.: Papá, en Marzo, tu turno.

Felicidades, má.

Saludos, Familia y anónimos Lectores.

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