Las imposibles muertes del héroe: J. Gandolfini y Mario Conde

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Las imposibles muertes del héroe. J. Gandolfini y Mario Conde

Todas las mañanas me obligo a hacerme una pregunta nueva. Formular una cuestión que me enfrente, sin garantía alguna de éxito, con la resolución del misterio que supone acentuar un pronombre, relatividad mediante, dotándolo de la cualidad más humana que imaginarse uno pueda. La cuestión ha venido hoy de las regiones de mi particular imaginario, cubierto siempre del azul pálido de un amanecer en una indeterminada Grecia. ¿Cuántas veces puede morir un héroe?, me he dicho mientras este calor tan inadecuado amenaza con arrasar todo atisbo de salir de casa. Acudiendo a mi infancia, mirando un crucifijo como si Unamuno no hubiera existido, me decía que sólo se puede morir una vez, como Cristo. El último gran héroe, El HÉROE. El hijo de Dios murió una vez, todas las variantes de la Cristología al respecto son poéticas maneras de marear la perdiz, agazapada por este sopor, o al miedo a la verdad. La muerte del héroe es algo muy caro al bardo. La muerte prematura, claro, y su sacrificio. En realidad es un suicidio en diferido.
La consciencia de la muerte a manos de un destino al que se cede, esa es la heroicidad, todo lo anterior, las escenas de valor, nobleza o belleza bondad y sus contrarias, todas ellas llevan al trágico a reconciliar al héroe con su destino. Se cede a lo fatal, por ello mejor aparentar agonía dignísima en escena. Y por esta misma razón, el relato de la muerte de Jesús era tan familiar al imaginario helénico que es difícil saber dónde poner los límites entre forma y contenido. Pero ésta es otra historia. O la misma, y hoy esa no es la cuestión.
Mientras pensaba en los cristos muertos, y lo sumamente difícil que es la representación artística de los resucitados, resulta que la resurrección puede parecer la proeza definitiva, pero tan ajena al propio mérito o esfuerzo que carece de interés saber qué hacen los héroes en los cielos que habitan, tras tanto trabajo, sean estos doce o dos mil, como no sea recordarlo a sus nuevos compañeros hasta el aburrimiento.
Siendo imposible minimizar a unos simples enunciados la miríada de derivaciones que la figura del héroe ha supuesto para las religiones y sus interpretaciones, el prototipo y su variantes, el paradigma y sus ramales, podríamos arriesgar que ante los dioses perfectos se impuso la presunción, absurda en principio, de que en el Hombre, habita una parte divina que sólo su muerte y sacrificio, justificaría la hilatura última entre creador y criatura. Para todo lo demás, bibliografía, y ésta es tanta que no hay crédito virtual para gastarlo aquí.
En estos días, mi cabeza se muestra tan absurda como los mandatos de Euristeo y la ingenuidad de Deyanira, me he topado con dos héroes modernos, o así me los han presentado, uno ha muerto, cumpliendo el verdadero destino de tal calificativo, al otro se le añade el epónimo disipado de «trágico», y es que la necesidad de tales ejemplares no cesa, y eso es lo verdaderamente sorprendente.
La muerte del actor James Gandolfini, quien dio vida para la televisión por cable al mafioso Tony Soprano, ha desencadenado una macabra fiesta para la verborrea sobre la facultad de la ficción para trasponer todo sentido. No sabríamos distinguir entre el personaje y la máscara humana que todo actor esconde, para desengaño de fanáticos con un caleidoscopio por instrumento de observación. Pero la recurrente tarantela semiótica del héroe moderno, esa, no deja de ser, otra vez, la gran parada de las paridas. Un mafioso en terapia sólo puede ser un héroe para quien está instalado en la lejana orilla del confort, entomológica estampa, viendo desde el cable a los demás sufrir. Que Tony «sufriera ergo» como un vulgar mortal problemas como los míos o los suyos, es una de esas argucias de guionista. ¿Acaso usted sufre de angustia planificando el escarmiento de alguien, sufre de stress decidiendo entre la amputación o la liquidación permanente? Si es así, enhorabuena, ya le cae bien a medio mundo. Solo hay un problema, el héroe no se mide por sus miedos, sean estos delirantes diálogos en un sofá o por sus asépticas hazañas descritas con la cotidianeidad de una mañana en un Walmart, y de hacerlo, es por esa esquizofrenia que hace del espectador de hoy día, del mismo hoy que usted y yo vivimos, que nos inclina a juzgar el Mal dependiendo de quien lo disponga, relativo, como erróneamente se considera también el Tiempo, y sin embargo, absolutamente cierto. El Mal es. No hay gato que lo salve. Y la cuántica referencial que predispone a entender, disculpar y evitar el juicio moral que nos obligaría a decidir qué somos en tanto parte de la misión del Héroe, y en qué somos además, motivo o causa de su destino.
¿O resulta qué…? El héroe ya no lo es, ya no nos salva, salvo del tedio de medianoche carece de misión alguna, elegida o designada y en su muerte, en verdad vemos un final como dios manda, y no como los que se pierden por algunas series aisladas. En la muerte del héroe, lo del antihéroe es una mera chanza de crítico ramplón, y la confusión entre las consecuencias sentimentales de la muerte de Gandolfini y su vida suspendida en el imaginarium de juegos quiméricamente educativos de sus bacantes, no deja de resultar como poco una anagnórisis especular de los consumidores de las series de calidad: «es como yo, soy como Tony».
De nuevo, mi enhorabuena. A mi no me pasa. No es que no descubra nada de ese héroe de Nueva Jersey en mí, es que en realidad ese falso héroe se nutre de mí, pero no lo sabe con tanto ir y venir de terapia al lío y viceversa, y es esa sustancia de la que se alimenta, la que intento cada día que sea, no sólo mera imaginación, es que sólo debería ser precisamente, parte del yo a evitar. Por miedo o por convicción íntima, es el mal a sortear, el mal falsamente gratuito que busca el perdón en la no menos repugnante falacia de que el mundo es así, siempre ha sido así y que en las mismas circunstancias, todo mortal actuaría así, destino lo venden. No, ser descendiente de italianos no es una condena para ejercer de mafioso, ni siquiera para serlo en televisión. Las tragedias no nos caen del cielo, algo hay en nosotros que las va escribiendo.
El otro héroe del que me ha sido dado pensar como «Trágico» es Mario Conde. Éste otro héroe, todavía disfruta de otro acto más en escena, más bien se encuentra en un artificioso Colono, y dado su origen, no es un semidios en puridad, (como el ciego Edipo tras la verdad) pero ello no le resta talante para sus incondicionales, que los tiene. Sin embargo su trayectoria no deja de tener todos los ingredientes del héroe a partir de Shakespeare. Ahora, y tras sus libros, la serie, televisiva como no, y ad hoc para todos los públicos, su presencia de nuevo en el prime time como in illo témpore de los ochenta a caballo en los noventa, asistimos a la valoración minuciosa de su errores. Como si estos fueran cognoscibles. «Los Días de Gloria« su gran éxito de ventas, debería llevar el subtítulo de «los trabajos como teogonía» ¡Ay!, el pobre de Hesíodo intentó normalizar un tipo de héroe que no fraguó. Demasiado adelantado a su tiempo, un «poetalira» indignado para sus contemporáneos. Resulta enternecedor sus ideas: Caos, Gea y Heros, y de ellos tres, las infinitas valencias del mundo. Leemos en Los Trabajos y los Días «¡Oh Perses! retén esto en tu espíritu: que la envidia, que se regocija de los males, no desvíe tu espíritu del trabajo, haciéndote seguir los procesos y escuchar las querellas en el ágora»
En esa ágora pixelada en la que ya estamos instalados todos, y que tal vez resuene en ella la íntima convicción, que nadie parece entender en el caso de Gandolfini, fuera la cita de Yago, en Otelo, «Yo no soy el que soy» a pesar de la envidia que eso genera en los otros, los asistentes a su vida y milagros.
Del trabajo a la teogonía frustrada de Mario Conde, el papel del antagonista unos lo identifican en las fuerzas externas, y otros en las más privativas del propio carácter del héroe que todo tuvo y todo, o casi todo perdió. Desgracias «personales» aparte y que no deben mencionarse por respeto. Pero unos y otros parecen olvidar qué es el Poder, y la no menos sibilina Envidia, los impulsos que despeñan el papel de la tríada primigenia del poeta de Ascra, en una tragedia sofoclea, la más indicada para el señor Mario Conde. Sólo debemos preguntarnos si como héroe fue consciente del origen de su soledad y de su dolor, valoró a sabiendas sus limitaciones, sus contradicciones y sus resultados previsibles, pues siendo, sólo un hombre, en su miseria no exenta de grandeza, es entonces, atendiendo a todo esto, si el dolor mereció la pena. O como en el caso de Mario Conde, todo fue una lucha vana, pues al fin se resistió, no a extraer enseñanza alguna, quien parece que sí lo hizo, y lo escribió; más bien a no asumirse como hombre en su sueño de héroe por accidente, del que debemos preguntarnos por su última sustancia, «Todo Héroe» se sustenta en la fe, los de antaño en la de los dioses, o en el Padre, esto va por el barrio de nacimiento, y los de hoy en día, toman de la fe en sí mismos como acto y potencia en un todo indisoluble. Y así, acaso sólo nos resta asistir a la representación del acto interminable de esta tragedia, ese supuesto papel de coro, pero no, nadie se deje engatusar, no está escrito para cualquiera. Es en los medios, sembrado de rosas, donde ya se disputan los amebeos estelares las musas de las mañanas, redistribuidas a la noche, más apropiada, no cabe duda. Y surge la cuestión, ¿será todo al fin un acto de fe?
Gandolfini, Conde y el héroe verdadero que necesitamos. Dos nombres y una sombra inalterable que cubre la mayor de las dudas que al Hombre corroen. ¿Son los Héroes y sus muertes, necesarias; de verdad las necesitamos para volver sobre sus vidas y aprender de ellas? ¿Era inevitable el sacrificio del Hijo, para conocer mejor al Padre y perdonarlo o hacer del Hijo el único interlocutor válido, por piedad hacia su fin y sus intenciones, es en su fe inmarcesible como indescifrable, donde vemos la raíz de su dolor por el destino del ser Humano?
Acabaremos todos muertos y nadie cantará nuestras hazañas, pero siempre podemos ir inventándolas, y dejar así aún una más grande estela de confusión sobre los otros, y especialmente, entre aquellos otros, los que han de sobrevenir a juzgarnos, en ese registro apático y nunca inocente de la memoria.
Saludos, Anónimo Lector.

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