De las ideas felices.

Son muchos los que han imaginado «Las Meninas» sin las mismas, con La Familia ausente. Desde que alguien se tomó la molestia de dibujar el alzado de la más famosa estancia de la pintura española, sería fácil rastrear los orígenes de una imagen que ahora el anónimo visitante del Prado puede ver reproducida en una de las portadas de una nueva edición en Alfaguara de Antagonía, de Luis Goytisolo, la definitiva. Debo reconocer que la imagen me dejó un mal sabor en la retina. Fueron muchos, y entre ellos uno mismo. Nunca pensé que una de las muchas imágenes que realicé para mi blog acabara formando parte de un acontecimiento tan importante como ser la portada de una saga en su versión, recordemos, definitiva. Descubrir que formaba parte de la obra de un pintor, fotógrafo y artista de la talla de José Manuel Ballester, eso, sinceramente, no me lo esperaba.
Uno no sabe de dónde salen las ideas. Pero sin cavernas, ni psicoanálisis, ni metempsicosis mágicas, con la simple honradez, sabe de dónde surgen las imágenes. Recordaría aquí el magnífico trabajo de F. Haskell, La historia y sus imágenes: el arte y la interpretación del pasado, Alianza, 1994, pero no sería de utilidad. ¿Por qué recordarla? Por la misma razón que cuando vacié las Meninas en mi cabeza estaba una escena digna de una comedia de Terencio. Se grababa en «Estudio Uno» una versión de Las Meninas de Buero Vallejo y el mastín encargado de dar vida al animal somnoliento de la pintura atendió a la llamada de la naturaleza. Las actrices y los actores, entre risa y asco salían huyendo del encuadre, dejando vacío, en el tramado en blanco y negro de la época, una imagen que sí recuerdo, recreando aquel salón de la esquina sureste de la planta baja del antiguo Alcázar de los Austrias de Madrid, según se sabe.
En la memoria, como en el océano las corrientes fluyen, de cuya acción sólo se adivina sus consecuencias de ser posible meditarlas. Así, las imágenes de un temprano trabajo de arte digital, mostraban el efecto contrario del estudio improvisado tal vez de Velazquez esperando la llegada del pintor, los Reyes y la aparición de la tierna Infanta y acompañantes. En la obra, que hoy nos parecería infantil, los personajes se organizan sin el espacio que les es propio y dable, gracias al Sevillano. O eso es cuanto recuerdo. Sí, también, ya mencionados, los intentos de identificar cada una de las pinturas que se vislumbran en las paredes del «estudio« y los consecuentes gráficos del cuadro, revocan las paredes de mi recuerdo, engalanando de turbias telas, de barnices oscurecidos por el glaucoma del tiempo, esos fondos oscuros de la visión inconsciente. Así trabaja la memoria, capa a capa, estratos sin registro. Mencionar, debo, que la idea de «tela famosa con variaciones, más o menos respetuosas, es vieja como el siglo XIX, lleno de pinturas donde al tratar la vida de los grandes del Renacimiento, hicieron todo tipo de recreaciones del «Pintor y la modelo», o el tema y el Maestro, obligando al espectador a ver las condiciones y los lugares, donde, efectivamente, devolvernos la escena. Pues no otra cosa era esa pintura evocativa, escenas del pasado. Hay un largo camino desde los San Lucas con la Virgen posando, a los rafaeles pintando a la Fornarina. La intervención, por otra parte en la reproducción de obras sagradas, es de sobra conocida, y los bigotes hoy son pura arqueología.
Pero así las cosas, gracias al tratamiento digital de las imágenes, las posibilidades de actuar sobre (en su sentido más laxo según los objetivos) las obras, son inmensas, habiendo sido desarrolladas al albur de una industria donde el píxel, es la esencia de un trabajo que no conoce límites. Pronto, no sólo los muertos actuarán dando vida al fotograma fuera de su origen, parecerán no haber nunca dejado el celuloide; ya podemos, por otra parte, adéntranos en campos de batalla, y merodear por los lienzos, con un grado de realismo, que sólo falta el viento, las moscas y ese olor que nunca imaginamos en el pasado. Hoy, hay cosas, que pasman.
Me derivo. Escarbando en el origen de la idea de vaciar Las Meninas, es de suponer que no pudieron solamente actuar las desnudas imágenes. Cosas del estilo de espacio y el objeto, la integración del tiempo y sus efectos, el instante, y otras cosillas sin importancia, que sólo deberían ocupar a los estudioso de la evolución de la mirada del pintor sobre nuestra mirada, obligada por ellos, los grandes maestros, a interrogarnos de continúo sobre tal dominio, o rechazarlo, y volver sobre los pasos; cosas como las que cualquier libro moderno dirá a propósito de las fuentes de la pintura con ismos. Anaqueles hasta el cielo se podrían llenar con tales disquisiciones. Y sin embargo…
Debo al Catalogo de la archifamosa exposición del Prado dedicada a Velázquez en 1990, esa sí que fue la Definitiva, pues bien, ese catálogo tan obligado, y sus magnificas imágenes, fotografías de calidad en los detalles hasta entonces para mí desconocidos, la feliz idea de visualizar los espacios, precisamente allí, donde el pintor había trazado la frontera. Y un cuento menor, no conocí el famoso espejo que hasta 1978 sumergía al espectador en el cuadro, pero como leyenda museística, es impagable. Estar dentro con ellos, estorbando, suponemos.
Contar que vaciar Las Meninas era parte de un gif animado, donde la única presencia de la Infanta Margarita, era parte del juego, allá por el año 2005, en el origen de este blog, no añade gran cosa, y comprobar que al escribir esto, no cabe más que reconocer qué en esto del arte y emulaciones, las ideas felices, son en realidad ese subconsciente común, y que por lo tanto, en puridad, no podemos reclamar nada. Sólo escuchar el eco persistente, no de la memoria, más bien de su alteridad. Pero, las ideas felices, las que permiten andar la senda como el primer peregrino, olvidando los jalones dispuestos por los otros, anteriores y discretos, no deja de ser sorprendente; en un mundo donde, tengo para mí, sería la secreta felicidad de aquellos miembros del Warburg Institute, pues es este un tiempo, donde casi todo está ahí, esperando el reconocimiento.
Releo lo anterior y pareciera queja. Y no es la intención. Rastrear de donde salen las propias ideas debe ser un ejercicio natural, y en estos tiempos, cargado de honradez. Pues si algo he aprendido de tanto leer a los de Warburg and friends, es que una idea feliz es aquella que consigue hacer olvidar al espectador de la obra el origen de la misma, del disfraz, no siempre felizmente comprendido qué es, en suma, volver a pisar una tierra que nunca fue virgen. Siempre hubo aborígenes, aunque en nuestro imaginario, creamos ser los primeros, arrastrados por el viento cegador.
Saludos, anónimo Lector.

P.D. Debo a un comentario de mi amiga Ana, Mundo Magenta, haber caído en la cuenta de esta pequeña anécdota, que no ha de pasar de aquí. Un agradecido recordatorio.

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