The artist is present ….and is also an unpresensentable

abramovic copia

«…y esparce por el suelo un sinfín de preguntas sobre las que tenemos que caminar con cierta incomodidad. De entre todas ellas quizá haya una cuyas aristas hieren de una forma especial: ¿De verdad hay alguien en esta sala que crea que esto no es arte?»
Como niños educados en la agonía del franquismo, no deberíamos contestar a lo que no se nos ha preguntado directamente, pero en este mundo preapocalípticamente integrado, se nos permitirá responder a tan directa interpelación. En la Sala, no sabemos, pero en mi casa, uno, el que se atreve a ello: sabiendo que en nada puedo aumentar el rango de confusión que las preguntas esparcidas por los suelos de los museos hieren no ya los pies, no especialmente, sino el sentido común, contesto ya sin más: No, no es arte, ni Arte, y el aburrido porquero del átrida en tierras de Soria o en Nueva York, se frota los ojos una vez más, pues sus pobres oídos ante estas preguntas estando ya sobre aviso, tanto que declina dilatar más réplicas al viento, bien sabe que a nadie importan.
Marina Abramovic habrá llegado al conocimiento de muchos por ese engendro que El Real tuvo a bien traernos, y que en un alarde de sinergia snob, nadie supo muy bien calificar, «un montaje que fusiona, ópera, teatro musical y el performance art, y otras muchas cosas más», performance va y peformancer viene, en definitiva.
La cuestión, ¿es la performance Arte?, se responde sola. El artista propone y el espectador dispone. Si algo debemos al mundo postvanguardia es la liberación, la más radical, del artista, es por fin ya libre y soberano, de todo y de todos, para hacer con su vida y arte cuanto desee, ergo, no va a ser el espectador-sujeto (ergo) menos que el artista y vivimos en democracia y libertad, paz y gloria, aquí y en El Real.
Ahora nos llega la película o el documental, o el vaya usted a saber. Cosas de la Marina. La otra cuestión, ¿qué es la performance y su arte?, debería ser contestada por quienes la ejercen, y especialmente por quienes la subvencionan. El dinero que El Real se gasta para disfrute de cuatro gatos no es una verdadera performance, pero denle tiempo. Si buscamos definición de la cosa, la per-form-(ch)ance, caeríamos en la trampa. Nada puede hacer justicia al «conjunto de propiedades suficiente para designar de manera unívoca un objeto, individuo, grupo o idea» que es la performance definida. Al ser una deconstrucción de los lenguajes artísticos anteriores, para después ser amalgamados por pares, impares, tríos cuartetos… o por afinidades o por oposición, no cabe más que concluir qué, en efecto, cabe todo: cine, video, pintura, fotografía, danza, música, teatro, circo, literatura, comic, escultura, espacio y arquitectura, vacío, dialogo y silencio, pero por encima de cualquier otra cosa, cabe tanto, que hasta la poseía, la visual, y la social, se postulan para ello.
La performance exige fe, y en el espectador-ciudadano creyente encuentra a su valedor. Los que carecemos de la idea de transcendencia alguna de la vida de ciertas personas humanas, debemos, pues, alejarnos del rito, guardar silencio, y esperar no ser condenados por herejes incapaces de responder a las preguntas suspendidas en la Sala impracticable, tan llenas de performance, que ni la propia Abramovic, tiene sitio para estar sentada cientos de horas en una silla, esperando la visita de la Reina, su mayor ilusión, aunque para ello tenga que disfrazarse de María Callas, ambas tienen «un background griego y sabrán entenderlo», pero cansada de esperar decidió que mejor lo hacía en El Real, algo así como hábito monje y escenario obra.
«…dar a la performance la visibilidad y el reconocimiento que ella siempre había defendido» es tan emotivo que casi nos convence, pero en un solo adverbio de cantidad cabe el mismo trayecto desde el Big Bang de la creación al momento actual, enero de 2013, «casi, pero no». El espectador cansado de ver al artista en su mundo, encuentra que no encuentra en la performance nada más que a otro geta haciendo del exhibicionismo una pamema pseudodialéctica destinada a la mayor gloria del artista, y no del Mundo, y mucho menos de la vida del espectador, sujeto excusa de tanta banalidad pretenciosa. Del totum revolutum al museo, y de ahí a la eternidad. La liturgia sacralizada de las performances deberían aprender de una más antigua y prestigiosa, la de la Contrarreforma. Antes o después te viene un Vaticano II y te vacía el invento. Son las tensiones de lo viejo, hecho pasar por nuevo, los fastos y sus variantes siempre han sido artes del Poder, no lo iba a ser menos quien necesita de El Real para sus cosas, o del MOMA, o de nuestra paciencia y gusto, que no juicio, si caemos en el trampantojo de la performance. Mortier mediante.

Saludos, anónimo Lector.
Postdata de actualidad: Si creen que un día como hoy, con los papeles de Bárcenas en el País, no tiene nada que ver con esto, no hay mejor, ni más extensa en el tiempo, performance, que la corrupción y la política española. Las setecientas horas de «The artist is present» se quedan en una pequeñez en espera de la burocracia.

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