La Nochebuena de Abel

vat y soga

Su elección de la tocata del Orfeo de Monteverdi sorprendía por igual a propios y a extraños cada vez que su móvil interrumpía en medio de los otros soniditos que amigos y desconocidos unánimemente entendían como apropiados y agradables para el atraco al particular tiempo que supone siempre una llamada de teléfono, por ello Abel dejó que terminara antes de comprobar el nombre de quien esperaba la llamada en aquella Nochebuena tan señalada. Antes de que retornara el fondo de pantalla con la imagen de una Lucrecia de Tiziano, le bastó avistar los tres últimos dígitos y recordar que sólo su madre tenía esa terminación 2012, y siendo ella ignorante de lo insólito del asunto, no pudo por menos que sonreír tragándose su saliva al pensar en que tendría que contestar a la infalible segunda llamada, no llegaría a tiempo para ello, pues se enredó intentando calzarse las babuchas de falsa seda y ya reemprendía el aparato la música del cremonés cuando la voz de su madre, un murmullo creciente, estaba ya en medio de su admonición, «hijo, quieres contestar más rápido, me tenías asustada, ya sabes lo poco que me gusta no tener noticias de ti…dime, estás bien, hijo, ¿me oyes? o ¿estoy hablando con ese horrible buzón?», «no mamá, no soy una grabación, feliz navidad, mamá, qué soy yo, Abel, me escuchas…¿madre?», «hijo debe ser la saturación esa de los cables, Ay, mi niño, su primer año fuera, cómo te echamos de menos, hijo, no podías haberte, en fin, déjalo, ya no tiene remedio, ¿llueve mucho?», «no mamá no llueve», –– la sal se había secado en la comisura de sus párpados hacía ya rato ––, «abrígate y no te pongas nada húmedo, que luego pasa lo que pasa…», «madre, a mí nunca pasa nada», «hijo ¿dime?, ¿estás bien?, ¿qué estás haciendo, ya has cenado?», «estaba viendo una peli, mientras picaba algo”, «estupendo hijo, estás tan delgado, y ¿qué estás viendo?, qué pena que no puedas ver un quo vadis como los de antes, seguro que esos protestantes no ven estas cosas», «no madre estoy viendo Buenas noches, Madre, con una actriz que te encanta Anne Bancroft, sí mamá la del Milagro de Ann…, esa, es» –– el volumen del ordenador era apenas audible, Abel se conocía de memoria los diálogos y no necesitaba más que ver un fotograma para saber qué se decían madre e hija y cuánto se callaban entre plano y contraplano- «espera madre que bajo el volumen» –– se acercó al viejo aparato intercambiado por el turrón que su madre le había enviado y que volvería a España por Navidad y las notas de Tosca descendieron hasta hacer inaudible el fraseo de la Price –– «qué tierno, hijo, siempre pensando en tu madre, ¿por qué me llamas madre ahora?, tu padre te envía saludos, dice que no se puede poner, está… ya sabes, un poco alegre y no hemos cenado todavía, allí es una hora menos ¿verdad?, cuéntame, ¿qué tienes de cena?», «si, mamá, una hora antes como en las islas afortunadas, ya he cenado, voy a tomar unos cereales malteados y picaré algo más, no sé, ya sabes cómo es aquí la comida» ––no miento, pensó, el whisky barato que se había comprado en la Newsagent de los indios de la esquina se ajustaba a su descripción –– apartó el ejemplar Del asesinato considerado como… de de Quincey de la mesa para poder recargar la batería estirando un poco más el cable, y se notó ya un poco cargado mentalmente- «hijo, ¿has puesto el belén, seguro que no, estos guiris sólo conocen el árbol…» –– su madre pasó por alto el horror que le produjo la supuesta cena de su hijo –– «No mamá, el belén no, no se encuentran las figurillas, aunque camellos para los magos no faltan por aquí» –– las velas y el incienso habían llenado la habitación alquilada de una niebla muy apropiada para su gusto, y la soga que colgaba de la gran viga de madera de aquella alcoba, que le aseguraron estaba tal cual como en la época victoriana oscilaba gravemente como suelen hacer las cosas cuando nadie las mira –– «Hijo, no sabes la falta que harías aquí» –– el llanto de su madre hizo que Abel, en realidad Avelino, pero pronto lo acortó y mutó la v por la más bíblica b, devolvió a éste a un estado de sumisión infantil, a los días y las noches en que creía que su madre lo era todo para él y colocó su copa encima de la postal de una crucifixión de Bacón, la había robado en la exposición que visitó nada más llegar a Londres, dejaría un cerco como un anillo de compromiso con la decisión que creía seguir manteniendo en su cabeza –– «mamá, te quiero mucho y pienso en todos vosotros», –– casi inapreciable el aria Vissi d’arte, vissi d’amore, emergía de la bruma, rota por las velas, del cuarto- «hijo, qué mala suerte que tus compañeros se hayan vuelto para acá, pero no te sientas solo, no sabes lo mucho que te queremos, he puesto tu foto de la primera comunión en el salón, tu padre dice que esto parece otra cosa contigo presidiendo la cena, ya imaginas, cada día está más torpe», –– Abel sintió otra culpa más, se había decidido a marchar cuando más le necesitaban, y las señas inequívocas del alzhéimer cada día costaba más hacerlas pasar por excentricidades debidas a la edad, la cara de Anne Bancroft parecía dirigirse esta vez no a Abel, sino al indefenso Avelino –– «mamá, casi no tengo batería, hablamos pronto, te lo prometo» –– tuvo que beber un largo trago para acabar la frase, «Abel, Avelino, sí, ya sé que odias ese nombre, pero es el nombre de tu abuelo, hijo, te queremos, te… feliz navidad hijo», «mamá, yo, también, os… un beso» –– deslizó un dedo y la llamada se cortaba a miles de kilómetros, mientras la voz permaneció aún maternal y tiste en su oído.

Saludos, Anónimo Lector.

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2 Respuestas a “La Nochebuena de Abel

  1. Muy bueno esta entrada como la mayoria de los de tu blog.
    Sigue asi, blogs como el tuyo son necesarios para desintoxicarse de tanta telebasura..
    Aprovecho para desearte unas felices fiestas y que el 2013 este lleno de trabajo, salud, paz, amor y muchas cosas buenas para ti y los tuyos.

    ALVARO

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