Todos los días se acaba el Mundo

Piedad

Así lo dice la estadística, esa hijastra marisabidilla de la Diosa Fortuna: Todos los días se acaba el mundo para alguien. El mundo como geografía habitada por el amor a los otros, se desvanece cuando la muerte de quien amamos hoy, desaparece de nuestro horizonte y cuya cartografía habremos de reeditar a costa del dolor y del olvido. Me consuela imaginar que el culto a los muertos, o la lucha contra el olvido de quienes comenzaban a considerarse algo más que meros habitantes del mundo, nació, precisamente, para combatir ese fenómeno que consiste en la readecuación de nuestro cerebro para sobreponernos al dolor de la pérdida. Es una estrategia claramente evolutiva, pero ahí reside nuestra grandeza, sobrepasar a la naturaleza egoísta de nuestros genes para construir todo un universo consagrado a la memoria.

Quiero creer que el respeto que se encuentra en los enterramientos humanos en los albores perdidos de nuestra historia tiene más relación con el amor y su persistencia que con un posible sentido de transcendencia organizado para la memoria de la diferencia. Recordar el amor y el agradecimiento por los que nos quitaron el hambre, esa «familia» que subsiste en la etimología, y los otros afectos, los de quienes eran la promesa cercenada de una vejez en compañía, hablo de la muerte de un hijo. Establecimos pronto la contienda para superar a la tragedia, dotándola de sentido, en el recuerdo y la recreación del dolor, no para sanar, sino para asumir que lo humano es no olvidar, no abandonar la memoria porque duela, sino reconstruirla para hacerla soportable y sufrir en la justa medida de una vida. De la rentabilidad de dominar el dolor nacería el culto normativo con promesas tan intangibles como el consuelo que prescribía.

Las doctrinas y los dogmas, las ideas y sus dueños saben mucho de rentabilizar la muerte y el dolor. Se envía al exterminio con la misma ligereza con la que se consolará a la madre del muerto y del homicida, son los extremos de una misma soga, la que nos une a todos los seres humanos. Divago.

El «duelo» ha sido modernamente cuantificado, medido, pesado, como el alma, para convencernos del dogma de que nada es eterno, ni el dolor ni el amor ni sus reminiscencias. Pero yo veo a mi alrededor a madres y a hermanos, a padres y amantes, a novias y a amigos, a viudos y consortes, que cada día llevan consigo, la contienda íntima y profunda por combatir la química cerebral que nos haría adaptarnos mejor a cosa de nuestra más honda humanidad, un rasgo que no por estar codificado con la ayuda de las proteínas, no deja de ser tan real como lo son los impulso eléctricos que se activan al pronunciar el nombre de un ser al que amaremos aún después de saber que sólo es una osamenta o polvo de ésta; dolientes, pero no vacíos, no desmemoriados, negando así la interesada necesidad de olvidar para producir, para ser útil, para consumir.

El mundo se acaba cada día, pero el nuevo, aquel donde nos faltará una pieza del mecanismo que nos hacía rotar al tiempo que el planeta, tendrá que ajustarse al retardo de nuestro ilógico dolor, deberá asumir que el amor como persistencia de la memoria más humana, será parte de su combustible, si no queremos ser engranajes dedicados al servicio de la especie. Nunca, nunca debemos olvidar a nuestros muertos, ellos no lo harán.

Saludos, Anónimo Lector.

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