El prestigio de la mentira

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El prestigio de la mentira.

Citas sueltas rescatadas de aquí y de allá: Ramiro Torno Pérez en «Oposición Ninguna». 2001. “Uno de los llantos más recurrentes desde mitad del siglo XX en adelante es aquel que identifica literatura y, especialmente, a la novela, (proyectando así a la poesía al final de su prevalencia decadente), como el gran medio de comprensión del mundo. Un siglo que culpaba a la ciencia de todos los males, desde Auschwitz a Hiroshima, tuvo fácil identificar al mal en la forma en que nadie desearía verlo, el progreso, he ahí al verdadero enemigo. Que la política mortal de necesidad fuera su consecuencia lógica no dejaba de ser una lectura del relato interesada. A la Libertad, se oponía el fantasma de la Opresión, en todas sus vulgares excusas, la Justicia o la Igualdad. La forma de ejecución de la religiosa visión del siglo XX llevó al maniqueísmo del falso dilema evangélico del conmigo o contra mí. Despreciada la Filosofía por las con-ciencias del comportamiento, se abandonó el intentó del saber «cómo» pensamos al «por qué», fenómenos en definitiva, con la piadosa intención de identificar el «cómo» más rentable y dejar las causas al divino misterio. (…) Se vivía ganándose el futuro a cada instante, el mañana podía dejar de ser como el hoy, y el hoy, después de tanta guerra, no deja de ser un sueño, un estado no ya de la Física, sino del alma, siendo las condiciones de ambas, gran descubrimiento, inestables, relativas y sin embargo aprehensibles”.
Tomás del Canto Ginés dice esto en Serial Mankind, en la revista Floralia: “La Historia, pues, y no el cine, era la materia de la que están hechos los sueños. Un campo de batalla esperando el armisticio al que se llega por el exterminio de los testigos. ¿Quién nos despertaría de la pesadilla de saber que detrás de las imágenes en movimiento, no se esconde el tiempo, sino el guión? El cine, como más tarde, la televisión, sufre de una dolencia que la literatura ha aspirado a vencer, subsisten ambas mientras el recuerdo lo permite. La saturación del cinéfilo, o la voracidad musical del juvenil gusto, ejemplifica la velocidad del consumo, motor de todo, si se consumen principios como hamburguesas con la misma facilidad se debe en gran parte al espejismo de que cada acto es un posicionamiento, agazapada esta idea nadie advierte de su futilidad, de hecho pocas veces se reconoce, se asume que la elección es natural, y no el primer movimiento perpetuo de todo lugar en el que movernos. (…) Un mundo que nos proporciona una Edad de Oro a cada uno de nosotros, a la que volveremos una y otra vez, haciendo de nuestra juventud el territorio de la felicidad perdida y sin embargo recuperada a un clic, en lugar de prometernos una vejez dichosa, no ya provechosa. Nunca como ahora, los Héroes nos acompañaron hasta la muerte, la propia, pues la suya se desplaza a cada reedición, el bálsamo perfecto de la insatisfacción.
María Velasco Asunción, en «Del ver y el ser. Anatomía para la taxidermia futura», 1999. “De no haber almas sensibles de las que siempre mendigan atención, la literatura no hubiera asumido un papel que en demasiadas ocasiones le viene grande. Y al arte en general. No por qué no puedan representarlo, mas bien porque atender en el arte exclusivamente la dichosa explicación del mundo nos dejaría sin suda con más intenciones que verdades, de haberlas. (…) No ha faltado quien del pasado, a través del arte, ha extraído valiosas conclusiones, nunca simples conjeturas en principio, y aquellas si cabe, derivadas siempre de un conocimiento previo del estado de la época a tratar. Hay un optimismo poético en querer creer que conocemos el alma pasada en las manifestaciones artísticas, la realidad es bien distinta. Como nadie entendió jamás que en un lienzo de Rothko se mostrara la dialéctica de bloques como razón última, se acabó por decidir que hablaba de cosas más profundas, místicas, bla, bla, bla, hasta el mismo artista lo creyó. En el campo de las letras, las cosas, y sus razones, son más difíciles de disimular”.
Julio Villacastín en la revista digital Teoeterema: “La Gran Novela Americana ya ha sido escrita. No se trata del romántico sueño de que esta deba ser descubierta en un muy improbable giro del destino o una iluminación del ser. Es la propia obsesión por la escritura de la misma la que ha hecho posible que esa gran novela nunca acabe en su materialización y con ello, la única contingencia fiable, nunca más llegará el consenso. La modernidad ha derivado en la desmesurada atención por la labor del solista, pero como en el desarrollo del estilo concertante, los logros aislados lo son por el diálogo, no por el mero fondo que se pretende. Es cierto que las cadencias revelan el virtuosismo en la ejecución, pero sólo por contraste. En las transcripciones se revela el gusto por la voz clara, el discurso de la esencia. Un amor por el esqueleto, que si no se interpreta bien, acaba en despojo”.
Una confesión particularmente candorosa de Lola Gallarre en «Los años en que no llegábamos a casa», Editorial Arrat, 2007. “Aun recuerdo la tríada famosa de quienes llegábamos la literatura en mi generación. Marx, Nietzsche, Freud. Conformaban el trípode donde se sentaba la sibila de la que emergían los nombres de los escritores bendecidos por alguno de sus dones. Por usar un término tan caro al más loco de este triunvirato disfuncional, los tres establecieron sus propias genealogías de comprensión, de las que los dioses menores nacerían a la sombra de las mismas. Décadas después, todavía persigo diferenciar qué queda de ellos entre tantas ondas superficiales como sugieren los laberintos por donde asoman algunos de los engendros que niegan al padre, por ser hijos desclasados, o más bien sentirse orgullosos de tal cosa, como si se pudiera elegir en el légamo de las raíces. (…) Las obras, sin explicar el mundo a partir o en contra de estos tres pilares, acabaron por tocar de oído, ni la desafinada melodía podía ocultar la escritura sobre las mismas frases. Los marcos de referencia se relativizaron a partir de las lecturas de la imposibilidad de la consecución de los sueños, ni ocultando las pesadillas del otro lado de los muros. Fue entonces cuando se descubrió la nada”.

Saludos, anónimo Lector.

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