De los infieles vivos y sus difuntos

Hoy es tal vez el día más importante del Año. Nada debería despertar tanto nuestras conciencias como es el hecho de visitar a nuestros muertos. Así como no elegimos a los vivos de los que depende nuestra existencia, se da la peculiar paradoja de que elegimos a nuestros difuntos con una alegría rayana en la ingratitud. Hay quien desconoce las esquinas de la tumba de sus bisabuelos, y encuentra que no ha de sentirse mal por ello, y sin embargo no han de faltarle flores, hoy, rindiendo honores al gran hombre de turno, en forma de supersticiosa ofrenda hacia quien hacemos depender gran parte de nuestro perdido sentido de la transcendencia humana.
Damos por sentado que debemos agradecer más a actores, a músicos, a escritores o revolucionarios que al humilde viajante origen de nuestro pelo castaño o la insolente matrona de la que heredamos la nariz afilada, casi todos venimos del humus al que despreciamos con nuestro olvido alegando desconocer la sombra de un árbol genealógico del que sólo pueden presumir pocas familias con absoluta antigüedad.
Se nos da bien elegir a un imaginario Eneas como ancestro como si debiera darnos vergüenza concluir que somos hijos del remero que llevó al héroe o de Belinda, dama al servicio de la desdichada Dido. Nos apropiamos del troyano que mejor se amolda a nuestras esperanzas con la confianza de recompensar así nuestros fracasos. Cada vez es menor el conocimiento que tenemos de nuestros vivos, no es de extrañar que frente a ellos, tras lápidas o muros, una vez en el otro lado, no sepamos muy bien como comportarnos. Tal vez por ello, los evitamos.
Todos seguiremos teniendo tras de nosotros la legión de las casi incontables generaciones de hombres y mujeres que nos precedieron, cuando al salir por la puerta de un cementerio, dejamos de pensar en ello, arribando a nuestra preocupación las tan importantes cuestiones de qué elegir como postre, buñuelos o palitos de santo.
La memoria de los muertos ya no actúa como antaño en las decisiones de los vivos. O tal vez lo siga haciendo, con el matiz de que es la memoria equivocada. Delegada la propia por merecer esfuerzo, recompensamos el recuerdo de aquel que nos es más conocido, y a quien otorgamos virtudes y méritos que no asignamos a nuestro abuelo por desidia o ignorancia. Que nuestra abuela fuera una heroína de la supervivencia no debería ser puesto en duda nunca, especialmente en determinadas épocas donde tantos buscan muertos egregios a los que honrar.
Todo esto, en realidad me lleva a pensar en que siendo tantos los muertos con tantos respetos equivocados tiene además un punto de absurdidad enfangada en la presunción de que fueron ellos los que sirvieron al progreso del mundo, más que los que se deben conformar con no ser borrados de un registro o la total desaparición del propio rastro, que no es otra que la incineración del recuerdo, no de la osamenta.
También se llega a una conclusión mucho más terrible. Tantos muertos como nos han adelantado en la aventura de la existencia humana y hoy, en su día, seguiremos hablando de las pequeñeces que nos abruman. No hablo de postres, hablo de los derechos a decidir o de peticiones de rescate y de tantas otras nuevas que no lo son, la humanidad siempre estuvo en crisis, tantas vidas ya pasadas y nada de ellas nos recuerda que estamos de paso, todos, decidir cómo hacer este tránsito, es cuestión de elegir igual de bien a los vivos como a los muertos.

Saludos, Anónimo Lector.

Administración de la nostalgia. o del Azogue…

Anoche se presentaron
todos mis días anteriores, resumidos,
solicitando mi cadáver
mañana, contesté, mañana.

Hoy, dejádmelo a mi lado,
más que nada por costumbre,
he de velarlo hasta que pueda
despedirlo sin honores,
hasta que yo mismo en medio de mi cama
decida que el mañana es hoy
y que el hoy nunca más será mañana.

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Una respuesta a “De los infieles vivos y sus difuntos

  1. ¿No dicen que todo santo tiene su novenario? Lamento, por un lado, dejar este comentario bajo entrada con semejante tema, pero, por otro… ¡Qué poema tan hermoso! Mi felicitación es doble, pues.
    Me debes/ te debo una copa o dos, y preferiría que fuera en un garito de este mundo. También me debías una novela. Y también me… Da igual, yo siempre te deberé más.
    P.d.: Lo del lobo Jesús es por mis hijas; últimamente no quieren sino cuentos y juegos con lobos. ¿Será presciencia?
    Besos y abrazos a partes iguales.

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