La Bergère

En Poussin advertía esas sombras que tantas veces tomaba por falta de acabado aunque nada llevara a esa conclusión, distribuía la densidad de las formas, especialmente en las carnaduras, con una luz reverberada desde algún lugar indefinido que contradecía la simple oposición de luz y sombra. Al perfil claro, y hasta llegar a redondear la forma, a veces, Nicolas, interponía un tamiz uniforme, donde reflejar los matices que el mármol adquiere bajo una galería bien iluminada. Era entonces cuando en los pliegues de los paños y en el color local, como el de algún lebrel, unas profundas y breves parcelas se nutrían del recurso de la sombra, dispuestas como en un minueto, desplegaba los rosas, amarillos, y carmines, especialmente, como sólo el maestro había sabido recuperar de aquellos momentos históricos de la pintura en que el color comenzó a tener la entidad de ser capaz de ser por sí mismo, no sólo un lema asociado, ese algo que lleva la evocación del símbolo más allá de la superficie o el tema, tan lejos de la mera excusa como para acabar siendo el motivo de casi cualquier cosa.
Poussin se permitía ser, en las vistas, giorgonesco, en esos contrastes dejaba que algo de la naturaleza sin domar, por oposición a las obras de los hombres, respondiera a éstas con su lenguaje incognoscible.
Las pinceladas densas que formaban las cintas de las sandalias, reclamos talentosos desperdigados aquí y un poco más acá, llamaban tanto la atención que se quedaba mirando esa parcela del lienzo como la pastora de Et in Arcadia ego, observa ensimismada y expectante algún lugar entre ella y el tiempo sin horizonte, el ayer y el mañana, desde luego fuera de la historia.
Como ella, idealizada criatura de la que difícilmente convendríamos que una vez hubiera estado ocupada entre corderos y cabríos, arrastraba yo mi mirada más allá del marco fronterizo, como si más allá del todo y de la formas y colores predispuestos, hubiese de encontrar la misma afortunada suerte de preguntas reveladas por el pintor que tanto obligaba a la comprobación del mecanismo del mundo, toda vez que volvía a ver la obra, la pastorcilla revestida con los dones de la epifanía. Aquel cuya postura evocación de un Edipo aspirante recordaba, esperando estaba la respuesta, y aún así permaneció indiferente y perdido a mis propios esfuerzos, ambos estamos, pues, esperando una palabra de la doncella, desde aquel día en que por el artificio del mejor viajero en Roma, nos tomara como modelos para suspender nuestro anhelo en medio de los bosques donde los pelasgos ya hace inmemoriales edades que no habitan.

Saludos, Anónimo Lector.

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