La Absolución

Las moscas han hecho de esta casa su morada, parece que se refugian de una muerte avisada, sé que ignoran este hecho, de lo contrario tendrían leyendas y cuentos, tal vez sea yo quien al saberlo sea el dios arbitrario de sus últimos días. Mamá odiaba los cambios de septiembre en que las tatarabuelas de éstas, mis moscas adoptadas, obligaban a esconderse de su manía asesina, inspirada por el higienismo tan al uso en esa huida del campo y cuanto le recuerde. Las moscas, fieles como mascotas, nos siguieron. Mamá creía que en su caso lo hacían especialmente y con empeño, renovando así, cada año, una guerra de la que no recuerdo su fin.
No quisiera ofender a Mamá y sus tradiciones, por muy absurdas que algunas me resulten hoy en día, le debo en gran parte los motivos que esta tarde han hecho detener mi mano. Avanzaba mi decisión de acabar con este exilio encontrado al amparo de mi descuido, cuando he recordado el esmero con que mi madre recibía por igual a las visitas, sin importarle jerarquías, bajo su techo y sobre el hule, todos obtenían por igual el excedente simulado, pues en casa nunca sobró nada.
He decidido que las moscas se queden, no soy su dios ni me lo agradecerán, pero ya imagino como se burlarán de las odiosas cucarachas. Mamá nunca las soportó, ni me enseñó a hacerlo.

Saludos, Anónimo Lector.

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