Con la ayuda de Montaigne

A juicio de Montaigne, ese gran sabio que se esconde detrás de los más finos pensamientos que tomamos por propios, pues todo lo que lleguemos a elucubrar ya lo hizo la mala memoria de la que presumía el creador del ensayo, género de cuya evolución es del todo inocente, el lugar perfecto para errar es el discurrir sobre las cosas desconocidas. Con ello se refiere a la credulidad precisamente en aquello de lo que, en puridad, tenemos menos datos, y la segura confianza, hoy diríamos fanática, de aquellos que en tiempos de Montaigne, como los nuestros, explican todo por la voluntad de Dios o por la fuerza de las mancias, a cada cual más peregrina y donde enmendarse a sí mismo sin inmutarse es costumbre, pues «no hay hombres más seguros de lo que dicen que los que nos refieren cosas fabulosas». Lo he recordado porque nunca llegué a pensar que un día escribiría una declaración de amor confeso por la música de Arnold Schönberg como la que quisiera hacer, fundamentada y sólida, es decir verosímil, y sin embargo, vana.
Cuando llegado el punto en que, cada vez, estamos menos seguros de las cosas, donde las certezas se diluyen como la confianza en el progreso de los hombres, he ahí que sabemos que la vejez ha llegado. A pesar de la afirmación de Montaigne de que a los veinte años el alma se encuentra ya plenamente desarrollada y sólo cabe el declive, tomándose como ejemplo, no pareciera convencer a los ojos modernos, ya que «Si la espina no pica cuando nace, apenas picará ya jamás», él mismo es la prueba de ello, y es que entre el S. XVI y el nuestro median las muchas edades inventadas entre la niñez sencilla y la humilde vejez, cada vez menos nítida. Antaño las edades eran tres y ahora se pierde la cuenta de las mismas.
En una edad que lejos de sentirla como plena, tenía ya íntimos convencimientos, sin razones ni sustento, en los que si la espina no me había picado ya, en este caso la Escuela de Viena, no habría de hacerlo. No sabría cómo, o tal vez sea sólo que me hago viejo, pero ante Moses und Aaron de Schönberg, sólo queda de mí un recuerdo en el que no concibo cómo pude no apreciar en su momento algo así, un dolor insano se clava en un orgullo retocado, el que nos contamos para absolvernos. No todos tenemos la fortuna de haber eludido o despreciado los becerros que con tanto empeño nos acosan en el camino, pues su excusa invariablemente es la misma, cada joven, para serlo, debe ser el público de sus contemporáneos. No bailé en torno a todos los que me pusieron delante porque supuestamente sabían de mis intereses y penas, ni alargué la mano en busca de la suyas, por muy afectuosas parecieran, pero incluso entre aquellos muertos que elegí como compañeros, me duele hoy no haber incluido a Schönberg, de nombre, Arnold.
Confío en remediarlo de aquí a la muerte de una de las dos cosas que creo hoy no alimenté como debía, la de mi cuerpo o la de mi alma. Con la ayuda de Montaigne, claro.

Saludos, Anónimo Lector.

Anuncios

Comente, que algo queda

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s