Manía

Sacrificar un rey para que el rey viva había sido olvidado de tal manera que se empezó a dejarlos morir por accidente, nada lo justificaba pero la impiedad era ya natural en los días en que nadie recordaba la razón de nada, no se comprendía que no era el rey, era todo el orden el que lo justificaba a ojos de los nacidos bajo el miedo de la reverencia al poder de la muerte de la diosa.
Defenderme del próximo no tenía mas razón de ser que pagar por la noche en que me bañé en la sangre de mi padre, ellos no lo sabían pero no lo hubiera conseguido de no haberse él dejado morir al ofrecerme su costado más blando, en un pacto que se remonta a los años en que la diosa era sólo nuestra, y el fruto de la semilla se escondía en las blancos muslos de aquellas que lloraban obligadas por el orgullo del rey.
En el planeta Aricia todavía se bebe la sangre del sagrado cuadrúpedo de las planicies de sal, en las noches del hipogeo de VI PGS, tras el surco procesional de las doncellas de la Estirpe, con sus cabellos enredados de lakmeta recién cortada de las dendritas de niebla, al alba, el día del festival, nadie falta, sabiendo que el futuro de todos nosotros depende la muerte correcta del furtivo regresando al hogar.

Saludos, Anónimo Lector.

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