Las Prisas

Loli salió apresuradamente del lugar, sus pies sabían de los deseos de su Señora tanto como sus manos, y la obedecían antes a ella que a la lógica de un cuerpo presumiblemente soberano, “date prisa”, resortes como este hicieron de la vida de la interna, una sucesión de marchas continuas, interrumpidas por el sueño, y ni así era capaz de decir que descansaba.
Tropezó, en la puerta del despacho del Monte de Piedad, con una mujer de ojos azules que ni se inmutó ante el atropello inocente, y entre una recua de niños que la acompañaban, uno de ellos, el más pequeño, hizo un gesto de disculpa por el ensimismamiento de su madre. Sostenía su mano blanca, parecería soportarla por entero, con ese resorte de la voluntad de los hijos para impedir que nadie amenace la posición de aquellos que creen ser sus propias defensas.

Saludos, Anónimo Lector.

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