De Urinarios y Libros

Por mucho que nos pese, La Fuente siempre será un urinario.
Sea así que no de otro modo, que queriendo acercarse uno al asunto de moda, en petit comitè, que de ello no se habla en plazas y mercados, me encuentro ya perdido. A la crítica de circo le han crecido los enanos. De otro modo no se explica el eco de calificativos que se repiten a propósito de los blogs de Tongoy y de la Sargento, si bien no sólo ellos, son los que se erigen en principales ejemplos de la más variada toponímica que van de lo artístico a lo musical. Se les disputa el lugar, intentando variar sus coordenadas. No obstante ello debe recordarnos que así como la obra es un producto genuino, la crítica no lo es.
En momentos donde la creación escasea, la crítica florece. Tan es así que si tomamos un ejemplo de las Bellas Artes, como la Fuente de Duchamp, será fácil evidenciar por sí mismo que es una obra que sin el surplus de crítica no sería más que eso. Póngase en medio del campo que nadie lo tendrá por lo que los libros lo tienen. Tomemos otro ejemplo en La consagración de la Primavera de Botticelli, muchos son los que creen que para disfrutar realmente de las obras del Renacimiento es necesario conocer el neoplatonismo al dedillo, y si bien el Warburg Institute ayudó a revalorizar las claves internas de un periodo a la luz de la exegesis pormenorizada del aire intelectual que rodeó la génesis de las obras, el autentico valor de Botticelli reside en no necesitar de Gombrich ni de nadie para sustentarse.
Podemos bucear en su periferia y gozarnos de que la misma corrobore las tesis más concienzudas, pero el goce estético que produce emerge de la misma. Es de agradecer que la obra no nos contradiga, sólo lo hará otro exégeta de los muchos que el sol da a luz cada día.
Cuando los artistas plásticos decidieron que era más rentable el discurso que la obra, los críticos vieron un nuevo amanecer para su existencia. No pocos artistas han sido además los mejores críticos de su obra, haciendo suyo un papel que ningún crítico puso en duda. Creer que el autor es el más indicado para dar su visión no deja de ser curioso, pues acabaría con la tarea ardua de esa demostración mística de que siempre hay más detrás de lo que vemos. Es cierto, lo hay, pero si el artista no lo puso delante tal vez sea por que no era lo importante. Los huesos no carecen de valía, degustarlos como una arquitectura de exquisita belleza es otro cantar. Si siempre los vemos debajo de la piel, poca mella hará en nosotros la carne y su gloria, promesa siempre de desgracias.
Nada ha hecho más daño al Arte que el discurso. Olvidando que la obra es su propio discurso. De todas sus derivaciones posibles y especialmente graves, la más dañina es el discurso dirigido. Descifrar claves es el ejercicio de la decadencia, y si bien ha dado para grandes corrientes de pensamiento, también nos ha legado a J. Brown. Pero el discurso dirigido no es inocente, participa de ese gran ardid de “estar en el ajo”, tan castizo ello, el resto somos tratados como meros consumidores, y como tales será tenido en cuenta, así si el espectador-comprador pertenece a la élite, de las que el mundo no carece nunca, le será proporcionado el profundo arcano del conocimiento y para que conciba decorar, entiéndase comprar, su elegantes consejos y despachos de ministerios, tendrá a su disposición los incontables cínifes en la onda de lo nuevo, aportando en palabras lo que los ojos no entienden.
Oigo las trompetas de quien proclama ya que si no comprnedemos la profundidad de Duchamp, en fin, es que estamos ante el armagedón de la mera existencia de nuestra contemporaneidad. Tal vez, pero olvidar que el arte no es para críticos ni artistas, que vive no del museo ni de la subasta, sino del goce anónimo, es querer un mundo bajo la égida del iniciado. Neófito, que se niega como tal y que se nutre de esferas del conocimiento más que discutible.
Si leemos los sesudos ensayos sobre Las Meninas, tendemos a olvidarnos tempranamente que tal vez Velázquez sólo quisiera aprovecharse de la excusa pictórica que se le ofrecía para acompañar a La Familia en una de sus obras, inmortalizando así su cercanía a tan alta cuna, es decir, vanidad. Precisamente, el carácter que predomina en la crítica, ese saberse por vez primera en lo profundo del laberinto que toda gran obra asemeja y que precisamente redundará no en la obra sino en el crítico.
Cuando la crítica se debate, rara vez la misma crítica tiene para sí de lo que tanto gasta en otros. La validez en suma de la misma, se da por sentada, y es aquí donde los goznes del andamio imaginario de la tan necesaria crítica se hacen oír. No es la existencia del arte lo que está en juego, es la validez de la crítica como sustento del arte. Podemos deconstruir hasta el átomo, la comida y las palabras, el hervor y sus relaciones, es decir procesos y relaciones, y así ad nauseam, podemos, en suma, reintegrar el mundo de nuevo como si fuéramos un Adán nombrándolo todo por vez primera, pero si esa es la labor de la crítica, entonces ¿para qué necesitamos a los creadores?
En verdad hay artistas, entre ellos escritores seducidos por el premio lejano de la llegada de Edipo a revelar su enigmático saber, mientras ello llega juegan a sentirse menospreciados. Tebas, caerá un día, víctima de una guerra fraticida, la misma que hoy algunos quieren ver entre los blogs y los Críticos de los que se mencionan títulos y carrera como si realmente importara, y sorprendentemente, importa. Pero si es así, ¿qué se teme de La Medicina no prescrita o de Una Sargento un tanto borrachina, a qué viene tanta somanta palos de verborréico disfraz demodé incluso para un descreído siglo XXI?
Una cosa es la critica alejandrina de nuestras universidades y otra la libertad de señalar que el rey está desnudo, pues no se trata de otra cosa, cuando la propia crítica en periódicos se ejerce antes de la misma publicación de la obra, es evidente que poca reflexión pueda hallarse en ella, pero desde la misma se exige notas a pie de página a aquellos que tal vez no quieran vender nada, pues no todo el mundo es un mercader de su saber, aunque esto sea difícil de creer.
La Fuente, fue seleccionada por la critica especializada como la obra más importante del siglo XX, pero no es mérito de la obra, tan sólo de los que así lo decidieron. Siempre habrá artistas crípticos, escritores oscuros, músicos incomprendidos, y de ellos vive la crítica especializada, el problema ahora es envolver de valor mistérico algo que a todas luces carece de nada parecido. Si yo escribo Nada y lo repito cien mil veces sigue siendo “nada” escrito. Por mucho crítico que quiera ver en ello, nada más y nada menos, que la obra nihilista y existencial de un ser anodino. Bien, no es el caso, es que no se me ocurría nada más.
Si se perdiera el Quijote, por un azaroso derrumbe de la civilización y sólo se salvara el corpus crítico que ha generado, ¿seríamos capaces de reescribirlo? Pues eso.

Saludos, Anónimo Lector.
Con mis deseos de una larga y próspera vida en red.

http://lamedicinadetongoy.blogspot.com.es/

http://patrulladesalvacion.com/

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