La Múcheres

Vienen hoy las tardes al calor del brasero bajo las faldillas de la camilla que dominaba el salón, donde la luz de la tarde agonizaba nada más cruzar los cristales. La señora Carmen, la Múcheres, subía a contarnos sus historias, algunas no tenían más de tres horas y otras se remontaban a tiempos en los que ni imaginaba la existencia de mis padres. Entonces no lo sabía, pero estaba asistiendo al milagro de la narración pura, mucho antes de que alguien decidiera que los símbolos escritos serían mejor manera de guardar la memoria.

Su arte para fascinar era tal, que hoy puedo oír su infinidad de tonos, que variaban por toda la galería de los efectos que la filología pueda imaginar, hoy sé que desplegaba ante nosotros la misma verdad del inventor de Homero, el que mató sin querer una suerte de hechizo genial, el cuento verdadero.

La Múcheres era nuestra nausicaa de barrio, sin necesidad de ninguna gravedad, con sólo abrir la boca, todos callábamos y siempre teníamos ganas de más, de haberlo sabido, hubiera escrito sus cuentos, pero no tendrían interés, les faltaría su voz, la que les daba vida y sentido en la grisácea luz del invierno en San José.

Saludos, Anónimo Lector.

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