Leonardo. El río que no cesa.

Las noticias sobre Leonardo no dejan de llegar de la orilla ajena en apariencia a la mediática rivera de chopos desnudos de la actual soap opera difusora de las bonanzas del arte del hoy. La supuesta aparición del fresco de la Batalla de Anghiari, era de por si pasmosa. Arruinado en vida de Leonardo, debemos concluir, qué de ser cierto, se habría descubierto más bien el cadáver de dicho fresco. Que no era tal. Para despistados se recomienda la lectura de Vasari y si él hubiera pintado encima de dicha obra, como poco sorprende que no se atreviera a dejarlo por escrito, pues de este modo, actuaría como último salvador de la obra que se enfrentó al mismísimo Miguel Ángel. Su recuperación se antoja difícil en cualquier caso. Se ha podido leer que La Batalla era la obra más influyente de Leonardo, teniendo en cuenta la visibilidad de la misma, declarando que la Gioconda, al no ser entregada por el artista tuvo una menor repercusión, pues no estaba expuesta al público. Olvido: La Gioconda sólo debía ser vista por unos pocos artistas para llegar a ser ya una influencia más que notable, no necesitaba del público de La Batalla, puesto que también ella sólo se benefició de la visión de los artistas que tuvieran la oportunidad de visitar Florencia en aquellos años. Las copias harían el resto. Es imposible no entender los resultados sin la pasión florentina por la competición, fuera esta hija de la admiración o de la envidia.
La melliza viaja a París. Respecto al desaire del Louvre, sarpullido por malentendido. Nadie dijo que la copia fuera a lucir al lado de la original. La exposición es para enseñar de nuevo otra obra de Leonardo, aunque por aquí no interese, deslumbrados por la mueca de la nuestra. La premura en el préstamo de una obra recién restaurada, es sospechosa. Teniendo en cuenta la naturaleza de esta restauración, analizar las condiciones de su exposición, despejan la verdadera intención del Louvre para admitir la presencia de esta copia. El Prado legitima la obra discipular y el Louvre intenta acallar la polémica restauración de otra obra, esta sí, de Leonardo, “La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana”, (circa 1503). Se persigue exculpar a los restauradores por comparación, los colores surgidos del barniz de la copia ratificarán una limpieza que traerá cola. Nada es inocente.
Curiosidad. La Gioconda alarga, por obra del Louvre, la duración de su ejecución. No hay discusión. Ya era sabido. Leonardo trabajaría en su obra según gustara. Pero no debemos imaginarlo añadiendo detalles a la obra hasta la extenuación. De paso, la obra restauradísima se beneficia de la cuestión. Se considera que el genio también trabajaría en “La Virgen, el Niño Jesús y Santa Ana”, hasta el final de su vida, y sin embargo la apariencia resultante de la intervención no justifica tal aseveración.
La Wiki se ha lanzado ya a corregir el dato. Se extiende la factura hasta 1519, pero de hecho La Gioconda ha seguido siendo objeto de trabajo de un maestro que olvidamos en este tipo de obras, El Tiempo, con sus secuaces anónimos, y su falta de misericordia para con nuestros deseos de fijar el mundo. Los estudios de Leonardo sobre hidrodinámica nos acercan hoy más que nunca al Jonio que miraba el río y en su orilla especulaba sobre la corriente y la vida.

Saludos, anónimo y amable Lector.

Margen. La colección de Pintura Italiana del Prado no necesita del espejismo de un Leonardo que nunca llegará, para ser lo que es. No se puede tener todo en esta vida.

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