Te comerás tus palabras, Harald Bean.

La razón inverosímil del olvido del nombre de Julian Grey, y de su obra es la baza argumental de este magnífico relato de intrigas literarias (y no tanto), pues son estas y sus aristas opacas, las que de acuerdo con el autor, están en la sombra de la creación de las grandes obras, y encuentran en la envidia el código fuente de la génesis última de novelas como LA VERDAD DE PAZ GUERRA, 1989, Lamar Libros. En TE COMERÁS TUS PALABRAS, Harald Bean, Bookbroke, 20011, surgen de la maraña “bital” los nombres de difuntos que hace tiempo se dejaron de escribir y pronunciar, llevados todos por esta vorágine de la edición juicio final que nos invade.
Barney Dormut, fue durante casi dos décadas el más influyente crítico literario de la revista The Evening Mall, y sus palabras encumbraban más allá de toda duda razonable las ventas de casi todos sus elogios. Autores como K. Joseph Frey, Olga Nemotiszca, y el todavía revisitado Constance Weldirf, no fueron más que tres de las estrellas de la Pléyade forjada con la exquisitez de la hoy denostada prosa de Dormut. Las relaciones de interés, amor y celos de Dormut, con sus cínifes de pantano, como los llamaba íntimamente, con su gracejo sureño; las consecuencias de actos en apariencia sin importancia y el olvido definitivo son las sendas que transita el lector moderno e ignorante de una época, que no debemos olvidar, elevó a cierta literatura al altar de un culto profano tachado de populismo por las gárgolas de la crítica de acero corporativo. Esta nebulosa de escritores, como bien desvela Bean con una aparatosa documentación, no sólo tuvieron en Dormut a su profeta, ellos mismos se encargaban con sus privadas vidas en simular un celebración de la cenicienta como cuento de hadas que acabó en el caso de Olga Nemotiszca, en el asesinato, sin probar, de su agente Gilber Front, cazador de talentos y amante indeciso. La historia de cómo Nemotiszca, se libró de la cárcel, es uno de los capítulos más divertidos y amargos de esta crónica del talón por sus letras, peripecias y desventuras, y en definitiva, horrores demasiado humanos, de aquel grupo de escritores que se felicitaba de surgir del caos postbélico.
El Juicio y la posterior obra de Nemotiszca, EL PARDAL OBSCENO, Ediciones Ene, 1990, traducción de Julia Martial, alargaron la sombra del árbol de las especulaciones en torno a la culpa y su precio en tabloides y tertulias, sin que nunca se llegara a conocer la auténtica razón para la absolución de Olga. Años después, en LA INDIGENCIA CAMINA DEPRISA, también en Ediciones Ene, memorias de Iván, hijo de Nemotiszca, desvelarían que la seguridad mostrada por su madre se forjó en la premisa de que el cadáver nunca sería hallado, argumento que sirvió de lejana inspiración para el guión del film de Lis Huttingfall, Hot Rain, de 1959, con una Bernadette Diamont, maliciosamente parecida a la inmensa figura de Olga. Durante años, el periodista de The Daily Paragraph, John Tale, sostuvo tener pruebas de que Gilber Front vivía en el norte de Túnez, huyendo de la represiva moral de la America de los cincuenta. Si bien, nunca lo expresó de forma precisa, hoy podemos deducir que la tesis del cambio de sexo no era precisamente poco novelesca, y redundó en la idea que se tiene de la depravación en el origen de obras como THE CHRONIC SICK, reedición de LNT Editor, 2004 en U. K., del amigo y compañero de juergas de Front, Albert Ashmond. Es en medio del lodazal de las idas y venidas de la fortuna donde la imagen de Julian Grey, surge de la memoria de todos estos escritores y críticos, como cómplices necesarios, dándoles una última razón de ser, pues fueron el germen y flor seca de la monumental, por razones sin evidenciar, de LA VERDAD DE PAZ GUERRA, todos ellos aparecen retratados en el espejo de feria que la barraca editorial devino al final de aquella época especialmente grata para la sociedad americana que deseaba vivir de nuevo. En el final de LA VERDAD, se rememoran las actas del juicio a Olga, trasmutada en Peace Warren, y la insinuación de canibalismo se convierte en la metáfora gastronómica y literaria del comportamiento de aquellos a los que trató Grey, sin más herencia que las migajas, si bien, la venganza siempre es el postre de tanta pitanza saturada de Sopas Campbell con sabor a formol.
Barney Dormut, (Bean desgrana minuciosamente su ocaso sin contarnos el verdadero final del mismo), fue el maestro y juez de un grupo de autores acongojados hipócritamente por el temprano éxito, y resultaría ser el Caronte que el tiempo acabó por imponerles. Víctima de la misma moda que ayudó a generar, su influencia dejaría paso a la incomprensión de todos ellos, tan sólo unos años más tarde, en las palabras de Winston Grant Holls, heredero por otra parte del imperio de influencias de The Evening Mall, y de la editorial Moormodh, hoy desaparecida y cuyos fondos compró Bearnight en 1995, su estela se desvaneció en apariencia con ello, pero no debemos olvidar que gracias a los esfuerzos de su director Franck Gellatti y su bien relacionada esposa Evelyn Doré, surtieron de sueños y pesadillas a toda una generación de lectores hambrientos de carne fresca.
La lectura de estas casi mil páginas ofrece la oportunidad ingrata de recordar que a veces el papel no se escribe sólo con tinta, la sangre y el sudor están presentes por mucho que nos molesten.
Saludos, anónimo y amable, Lector.

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