De La Claridad.

Hubo un tiempo en que el mundo era más sencillo. Al nacer a la conciencia te decían claramente quienes eran los buenos y los malos. Unos y otros vivían en tierras lejanas, incluso eran extraterrestres. Cuando se dejó de avistar a los propios en el cielo fue la señal para acabar con los otros y abrazar a los ganadores que nos sacarían del frío. Con el tiempo, decidías dejar de estar del lado de los buenos y pasarte al malo, o quedarte confortablemente donde estabas. Todo ello cambió con la Caída del Muro. Mientras tanto y antes, en estos lares, la bondad o su carencia eran territorios calibrados por la memoria, saltarse los genes que marcaban el lugar propio no dejaba de ser un juego, más lleno de peligros imaginarios, que indulgencias futuras por cobrar, abusando de la piedad salubre del silencio ajeno. Pero llegó la Democracia, y con ella la calma simulaba ira anegando los resquicios de la espina dorsal doblada por esa suerte negra tan nuestra. De repente todo empezaba a tener sentido, aquellos que creían en un mundo mejor dejaron paso a los que sabían como hacer mejor su mundo, el propio, y así, sin disimular siquiera que en verdad no se acaba con las ideas, sino con la triste ejecución de las mismas, se inauguró la Claridad. Este engaño último, Impostura de las mentiras, se aderezó como era previsible, con las alharacas de una economía omnímoda de propicias voluntades, espurios sueños y las pocas esperanzas que alguna vez sostuvieron la decencia.
Sin enemigo a las puertas, un breve baile invitaba a los nostálgicos a unirse al mismo, sin éxito, los dragones no se mueven por placer, necesitan algo más que una hamburguesa. Mientras tanto, no todos sentían esa alegría por el triunfo de la verdad impoluta, y quisieron jugar a la historia moderna. Pero como ellos no entraban en la Claridad, se descubriría tarde, y con miedo, que nunca debieron ser olvidados. Otros, seguirán intentando simplemente vivir, la serenidad de las vacas así lo atestigua. El breve éxtasis de refulgente optimismo por el nuevo Ordo, cantó las exequias de la vedad, nunca más sería posible reclamar nada, la realidad es la que es, y sólo debemos ser felices, sea de nuestro gusto, o sufrimiento sostenible.
Mientras tanto, la enfermedad se cebaría donde nació lo humano, para ironía mortal, como anestesiadora del poco valor de la vida. Las desgracias, miserias, catástrofes, guerras y otros males que se suponían apocalípticos serían fragmentados en notas de actualidad, y como tal condenadas a ser reemplazadas por otras, más amables o como poco igual de malas, señal de la inmutabilidad del destino de los hombres. Mientras tanto en estas tierras, la Claridad se instaló, y al igual que en el territorio del la Paz, el tiempo se gastó en perderlo escaneando las conciencias sobre la malla refulgente de promesas con que disfrazar aún más el rescoldo de lo antiguo. El ocio era cultura, y los juglares éramos todos. Pero como siempre queda quien quiere dormir tranquilo, y no habiendo suficientes dioses, la preocupación por la Pangea idolatrada y el Onguismo responsable, aquietó la mansa ira de quien viajando, se aleja de los males de la vuelta de la esquina. Como no ha lugar para que todos se entretengan con el mismo sueño, las excusas servidas por la servidumbre respondona, jalearon de nuevo los fantasmas de enemigos, siendo breve el reinado del miedo, pues otra vez la guerra era rentable, como siempre lo fue, y a diferencia del pasado reciente, no se mataría con pantomímicas ideas, se combatiría por reales ideales.
Mientras tanto, como debemos entretener al mundo para que no piense que la Claridad es un artificio, se le proporcionó preocupación y miedo, a lo más sencillo, al futuro, pues siendo los dueños del mismo los que lo tienen, ¿qué mejor ingenio que hacernos creer al resto que depende de nosotros?
En eso estamos, esperando la vuelta del Ungido, como por otra parte otros muchos creen, pues al fin y al cabo llegó el año dos mil y no pasó nada, para tranquilidad de la Claridad. (…)
Encontrado en Vida sin criterio.
Saludos, anónimo Lector.

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