La Melliza de Lisa.

Versión libre.

Ya es noticia, y por tanto, todo aquel interesado en las vicisitudes de La Gioconda, estará al tanto de la aparición, después de una exhaustiva limpieza de una nueva copia, certificada de este modo, de la obra que representa el retrato de la Esposa de Francesco del Giocondo, Lisa Gherardini, de ahí que sea conocida como Monna Lisa, obra de Leonardo De Vinci, cosa que no está de más recordar. La oscuridad en torno a la manera de trabajar de Leonardo y la falta de datos sobre sus particularidades, técnicas y usos, ha sido siempre campo de especulaciones, y ello ha contribuido a la ingente cantidad de interpretaciones, como manifiesta el debate sobre las dos versiones de la Virgen de las Rocas, la del Louvre y la de la National Gallery londinense, porfía no resuelta, por mucho que ambos museos reclamen ser los poseedores de sendas obras autenticas. Recordemos esto, para comprender la epifanía mediática de la obra que presenta ahora El Prado.
Leonardo nunca mostró un apasionamiento exacerbado por la pintura per se, para él, formaba parte de sus particular concepto de herramienta de estudio de la naturaleza y sus misterios, pues era hacia el mundo natural y sus complejidades, donde acababan invariablemente su últimas aspiraciones, desde la mecánica, el comportamiento de los fluidos o la estructura interna que va del “motor corporis” hasta “De humani corporis fabrica”, por poner algunos de los ejemplos menos llamativos como el del estudio del vuelo, que tanto se prodiga en sus biografías. En sus obras pictóricas, la naturaleza era representada de manera nueva, exponiendo en ellas, desde las verdaderas posturas de la anatomía del caballo, hasta el comportamiento de los colores en la atmósfera y las variaciones en la densidad del aire o la simbiosis entre humedad y vida, citando sólo lo más claramente apreciable. Sin embargo, trató también los aspectos menos físicos de las relaciones y los afectos humanos, inaugurando un radical modo de entender la pintura no sólo como espejo, sino como fuente de verdaderas emociones, sus personajes conforman un mundo en sí mismo y a la vez establecen un diálogo continuo con el espectador, es un flujo que no acaba, y todo ello conseguido con recursos tanto formales como conceptuales, puesto que detrás de cada obra de Leonardo siempre se encuentra una profunda reflexión que debe desvelar el espectador.
En el caso de la Gioconda, es evidente que nada lo es, desde el momento en qué sabemos que Leonardo nunca se despegó de la Obra, comenzamos a sospechar de su importancia, y revela hasta que punto el Artista encontró en su posesión algún tipo de consuelo o de esperanza, es difícil entrar en la cabeza de un genio, pero tal vez todo sea más sencillo, tal vez estaba simplemente enormemente orgulloso de la misma y decidió no desprenderse de ella. Dejar que otros copiaran su obra acabaría siendo práctica eventual, como demuestra precisamente la existencia de las dos Vírgenes de Las Rocas. Para muchos surge la cuestión (reiterativa y hasta falaz) de enfrentar la copia con el original, y lo que ven resulta chocante, puesto que al limpiar vemos la copia sin el paso del tiempo, y la tendencia a creer que la original está desvirtuada por el paso de los siglos es una tentación de análisis demasiado jugosa cuando no ingenua.
La Gioconda transformó para siempre el arte del retrato, y su influencia sería decisiva para poblar el mundo sensible de formas mucho más humanas, dado que desde entonces el retratado debía formar parte del mundo mostrándose, era tarea del pintor elegir las condiciones en que así sería, de hay las disímiles manieras de ver tanto al representado como el retrato mismo. Si encontramos que la Gioconda está sucia, cuarteada y repintada con barnices que la oscurecen, es parte del peaje que se paga por sobrevivir a todo, pero creer que la copia recién aparecida va a arrojar luz sobre la génesis de la obra original es como poco candoroso, porque la mirada del maestro es la que se impone y no al revés, mal que pese.
La obra de El Prado, que estaba expuesta en ocasiones en la colección Italiana, dejó de estarlo, sin explicación coherente y que seguramente será díficil saber su autoría, es una contribución al conocimiento de la generosidad del Maestro para con sus alumnos, pero como La Gioconda del Louvre, jamás será sometida a una limpieza exfoliante, las derivaciones que pudieran extraerse de la comparativa, serán y seguirán siendo simplemente eso, divagaciones, con mejor o peor fortuna.
Por mucho que nos asuste, la obra es la suma de todas esas pequeñeces que conforman su historia, la de su aspecto final como las ingentes notas que un catálogo puedan describirla, sólo la visión de la misma es la razón de su existencia, y de esta experiencia, sencillamente compleja, como lo es la mirada, debe su valor añadido tanta palabrería.

Saludos, anónimo Lector.

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