Una Inocentada.

Aquel era otro día más. El Ser se mostraba aburrido, pero era esa la cara que siempre tenía, y desde que el Ángel lo conocía, no había visto otra, tampoco podía imaginar que este tuviera un repertorio de ellas, por lo que no echaba en falta otras posibles. Una brisa se levantó, y el Ángel, dijo:- “Creo que es otra, una vez más, preguntando…”El Ser hizo ademán de no querer saber nada y quiso pensar que el Ángel, se encargaría del alma, como siempre lo había hecho. La discusión llegaba desde el otro lado del cielo, pero esta vez el Ser se acercó peligrosamente. El alma, al entrever que alguien estaba agazapado, observando la escena, saltó por encima del Ángel y rogó:-“Señor, Soy vuestro hijo y he sido perdonado, creo estar en Paz…No soy digno, pero una palabra vuestra bastará para salvarme”. La beatífica postura y el tono melifluo de la súplica enfadaron al Ser, quien ya estaba hasta el halo del mismo discursito. – “¿Lo ves? Ángel, otro de ellos, este seguro que cristiano”.- “¿Lo eres?”. Preguntó el Ángel al alma que estaba de rodillas implorando con la mirada. El alma, llamada antes con un nombre que no recordaba, no acertaba a contestar, no entendía nada y sólo era capaz de repetir un canto…pero desde luego las cosas no iban como le prometió el Pastor en su lecho de muerte.-“Ángel, haz que se calle, cuéntale la verdad, digamos que… hoy no tengo ganas de jugar a ser Dios”. El Ángel, de haber podido hubiera puesto cara de disgusto, pero como no sabía, simplemente dijo:- “ya sabes que son los que peor se lo toman…”. El Alma, sin saber cómo, se levantó y de su boca, sin saber porqué, exclamó sin permiso: -“Señor, he dado mi vida a vuestra causa, sólo quiero ver vuestra Gloria…”. El Ser, apartó al Ángel y se encaró con el alma:- “Pues ya la estás viendo… ¿En Paz…?” El Alma redobló su esfuerzo- “Creo en Dios (…) y en su Hijo (…) a juzgar a los vivos y a los muertos…” El Ser le interrumpió, -“¿Quién os ha dicho que Yo tenga un hijo? No sé ni porqué digo esto, pues no va a cambiar nada allí de donde vienes…Cada vez que lo digo, uno va ahí abajo y se reinventa todo, aunque desde aquí no se aprecien las diferencias” El Ángel se acercó al alma para llevársela y ésta con los ojos bajos pero los oídos muy atentos, levantó su mirada en lo que creyó su mejor gesto de súplica. – “Padre, os lo ruego…” El Ser, se acercó, se sentó en una nube y tomando de las manos al alma le susurró estas palabras:-“No soy tu Padre, no tengo hijos, ni he tenido nunca cosa parecida, esto no es el Cielo, y desde luego no soy quien tu crees. Lo siento” El alma, cayó en silencio, como solía pasar, pero esta vez, era muy tozuda y antes de que el Ángel se diera cuenta para impedirlo, se oyó un grito, -“Si tu no eres Cristo, Nuestro Señor, entonces eres el Diablo y yo he sido condenado…” El Ser, se tapó la cara, no quería que le viera reír. No es que le hiciera gracia la desesperación, pero encontraba divertido, el inconformismo hasta la negación de lo evidente por parte de las almas. Hasta entonces casi ninguna se había atrevido a tanto, sencillamente se diluían en si mismas, para buscar a otras como ellas, el Ser siempre supuso que con ánimo de vengarse. El Ser, sabía que la excusa del tiempo no serviría, por lo que decidió que el Ángel se encargara del resto de la gestión administrativa, es decir asignar un nuevo cuerpo a la misma, esta vez en algún lugar del que no se hubiera oído hablar de Cristo. Mucho se temía que esta alma sería capaz de inventarse un nuevo nombre para él, con toda la parafernalia asociada a una nueva fe. Cada vez que llegaba un nuevo nombre, el Ser y el Ángel lo anotaban mentalmente, pero llegó un momento en que hasta ellos tenían problemas para recordar, no sólo el nombre sino todo lo relacionado con la nueva religión, todas eran parecidas, incluso las que negaban al Ser, acababan creyendo en la inmortalidad del alma, y en la Culpa, se escondiera bajo el nombre más absurdo de la imaginación de aquellos pequeños habitantes del Universo conocido. Hubo un tiempo en que las lamas llegaban y se quedaban en silencio, aguardando ensimismadas, hasta que un día eran reencarnadas y no se sabía nada más de ellas. Aquellas épocas, pasaron, y por aquellos días, la mayor de las veces, el Ser y el Ángel, simplemente se escondían de las almas. No por maldad, no era necesario, tan solo por no dejarse llevar por algo que se veían a fingir, carecían de sentimientos, aunque lo pareciera. – “Si no eres Dios, entonces ¿quién eres?” Se oyó como una letanía postrera ya escuchada eónes de veces. El Ser, se alejaba y sen darse la vuelta dijo al alma con el tono más neutral que pudo:-“Si te lo dijera, ¿no crees qué perdería toda la gracia este asunto?”
Saludos, anónimo Lector.

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