Breve (Brevísima) Historia del Arte (Occidental)

 

Breve ( Brevísima) Historia del Arte (Occidental), más que nada, por falta de ánimo.

 

 

            Al principio, nada más pronunciar el nombre de Sí mismo con asombro, decidió a un tiempo, que además de practicar dicha capacidad sobre el mundo, era dueño, también, de su cuerpo; así, sin que nada lo previera, el Ser Humano se halló mejorable y nació así, el ornamento personal, que unido al aderezo sobre la piel y los huesos, acuñaría el prestigio, cuando no, la marca del pecado. Como hay noches y días para perder el sentido de las mismas estaciones sucesivas, y no estando desnudo ni falto de adorno decidió que las piedras y paredes de sus refugios bien podían alojar símbolos que llegarían a ser imágenes que el ojo experto podría releer o recordar y el no experto descubrir.

            Con el tiempo, entre unos y otros concluyeron, más por un sentido de logro perfecto o al menos su remedo, que el espacio entero cielos, tierras, mares (incluso aquello imposible a los sentidos), estaba habitado, no sólo por plantas, humanos y animales; también, lo poblaban con su poder, entre el misterio arcano que supuestamente todos debemos conocer, los Dioses. Así pues, estos seres divinos por naturaleza ajena, que nos cubrían, merecerían tener su propia Imagen, conveniente a su rango y condición, para mayor gloria de creyentes y ciudades, de campos y de todos, en suma.

            Llegó, pues aquella época, en que los Dioses y sus casas, fueron tan espléndidas, en forma y afiches, que uno de esos Dioses, de los que rivalizan por el amor humano, tuvo tanta envidia de no recibir más que humo, que arrasó con todo lo que no fuera austeridad. Todo se guardó, como de repente, entre gruesos muros, sin apenas luz y como a medio hacer.  Un raro viento parecía haberse llevado tanto el ingenio como la habilidad, juzgados un cadáver más.

            Pasó el tiempo y el viento, y los Hombres se olvidaron de recrear para ese Dios taciturno la magnificencia, pero, si los siglos no se paran, llegó el punto en qué, aún mismo los artífices y sus dueños, hartos de tanta pobreza, como penurias ya pasaban, quisieron devolverle a Mundo una imagen del mismo Dios, como nunca éste habíase contemplado por sí mismo.

            Del esplendor de agujas de piedra hacia el cielo luminoso, unos pocos, empeñados en que podían ser como Dios, al que consideraban creador de todo, restituyeron el Mundo al Mismísimo, en forma adecuada, y la Creación, en sus manos y materias, pareció por un instante en el reloj humano, nueva e inédita, a punto de ser estrenada por las pupilas, que no mucho tiempo atrás se hubieran perturbado ante tanta novedad; de modo y manera tal, que anteriormente y nunca (más) después se conseguiría.

            Fue, entonces, cuando hasta Dios, en efecto, pareció bendecir al mundo con su misma Gracia, (de existir ésta), y se encontró, o eso se creyó, en aquellos lejanos días, entre los que siglos atrás dotaron a los otros dioses, de su pasada gloria. Pero como nada dura cuanto nos gustaría, y la Providencia juega a los dados, el mismo Hombre se aburría de su obra, y fue tanta la repetición como la emulación, que durante un tiempo no hubo más que cosas parecidas.

            De entre todos, unos pocos de los que se dedicaban a los nobles oficios que todavía no lo eran, despuntaban como restalla de rojo la amapola entre las espigas secas, y si bien los giros dieron flautas de bondad y manzanas de oro verdadero, ya por volver a mirar atrás, como por examinar demasiado el detalle, y todas sus consecuencias, ya por no faltar quien sondeara un poco más hacia dentro, y si ello fuera posible, hubo, no obstante, quien observó un algo más allá.  Lo divino era lo humano, por su mano.

            Fueron, pasando los siglos por todos ellos y las modas, o los estilos, y así vendría la época del ingenio, la sorpresa y su arrogancia, se cobró, vía gloria postrera, un tanto de la Verdad, que alguna vez sostuvo la mano inocente, la misma que después de la ociosidad natural, se tornó en verbosidad, como la zarza acomete cuanto con su crecimiento topa.

            No está de los dioses estarse quieto, ni darse por satisfecho, y con aquella escusa como otras que la imaginación procura a quien la naturaleza no dota de ninguna otra gentileza, los oficiantes, (pues  dejaron de ser seres de oficio), decidieron investigar, tantas y tan variadas cosas, como caminos cruzan las tierras, que volvieron por donde habían venido, renovando río arriba el cauce de la misma materia, llegando a dar la vuelta,  tal que así, que cada día descubrían el mar muerto o el mare nostrum de aquellos que se decían así mismos artistas.  Como nadie camina en soledad, especialmente la res humana, no falta quien sigue a los que, como el salmón, muere donde nace, creyendo ser libre, y no ser más que víctima de un dictado de la especie. Desovar y morir. Hasta el día del Juicio.

 

Saludos, anónimo Lector.

 

… en días como este, …sólo la ironía me acompaña.

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Una respuesta a “Breve (Brevísima) Historia del Arte (Occidental)

  1. Cuando el ánimo te acompañe, que se prepare el mundo… porque ya, sin ánimo, sobrevuelas las ociosas cabezas como un fénix incombustible… lo siento, eres mi debilidad. Un beso.

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