El Nuevo Prado a Las Puertas.

 

El nuevo Prado a las puertas, de un paraíso por llegar.

El Museo del Prado ya ha comenzado con la Tarea de convencernos de verdades que están lejos de ser demostradas. Como poco debemos esperar al tiempo de la espera. Ese que inevitablemente siempre nos aguarda, en las  interminables colas a paso de morrenas que los visitantes del museo deben guardar como rito inexcusable para acceder al templo. El objetivo de todo ello es aumentar claramente el número de visitas. No sabemos muy bien por qué el número de visitas de un lugar es sinónimo de algo, salvo de entradas y de personas que puede nunca más visiten el mismo. Entradas y salidas, pero revisitar es otra cosa, es salir siempre con la esperanza de volver, como a una patria de la que temporalmente se nos desgaja, y aún así, nunca dejará de esperarnos. Es ese algo del Prado, que a modo de venia,  quien la ha conocido, puede confesar haber sentido el dulce aguijón, del pozo inagotable de gozo, en que se convierte cada visita al Prado, y la creciente tensión, al traspasar sus puertas, de que nuevamente deberemos volver, para ver aquello que sabemos sólo hemos mirado. Puede que la nueva ampliación, no es la primera, y no será la última, sea un necesidad de logística interna, y las necesidades de este tipo serán cubiertas con tecnologías de principios de milenio, su parafernalia interna no será rebatida, pero Moneo, de quien nadie duda, se enfrenta a un reto que va más allá de la discusión circunstancial sobre su obra. Ha puesto sus manos en un Entorno del que sólo se sale indemne con las armas de la humildad o de la arrogancia. Moneo se ha decantado por las de la humildad, y sin embargo, hay quien se pregunta con la ingenuidad del niño inocente que lanza manzanas, si realmente era necesaria la ampliación.

La mejora de los servicios del museo era ineludible, y como tal debía ser acometida, en gran parte no solo con medios técnicos, también con la buena voluntad de quienes trabajan en sus instalaciones. Todo el mundo ha sufrido los malos modos de unos vigilantes que se comportan como cancerberos de una empresa privada de seguridad y no como servidores públicos, al fin y al cabo, ser vigilante del museo del Prado debiera ser considerada como una profesión preñada de inquietudes y no como el castigo bíblico reflejado en las caras de aquellos  que encorsetados en un azul de resignada desidia, nos vigilan.  La técnica sin lo humano se quedaría en luz, piedra y estuco, materiales que van de lo visible a lo táctil, pasando por lo tenaz, pero un museo es algo más, es además, las personas y los seres que lo visitan y que lo habitan, a modo de un cielo en la tierra, con unas puertas sin san pedros quisquillosos y enojados. Moneo, superará la prueba en la parte que le toca. Otra cosa será lo que a partir de ahora se hará con su obra. Las nuevas salas, tal vez acojan ese treinta por ciento más que será rescatado de los fondos del «sótano» del museo, y a buen seguro, las exposiciones temporales aligeraran las antiguas salas, pero aún es mucho lo que todavía queda en el anaquel invisible de los fondos abisales del piélago de todo museo.

En realidad tanto metro cuadrado para tan poco, es una oportunidad perdida. Si la calidad de lo guardado no supera la frontera de lo exigible a un Prado que se done en préstamo, pero que no se guarde como un vergonzante secreto, ya encontrará la obra quien la admire, sin las expensas del juicio sumario de quien decide su exposición.  Pero con los precedentes de las exposiciones diálogo, es de temer que las nuevas salas del museo se dediquen a las exposiciones con más gancho promocional o esa será la pretensión, de las ya tan manidas, como poco sorprendentes muestras de mistificación postmoderna. Un poco de aquí y de allá, para acometer ensaladas de pinturas, obras y supuestas visiones nuevas de viejos maestros, como reza el título de un famoso libro de Gombrich, cuya estela se deja sentir, no como un serio esfuerzo, sino como un señuelo, se ha convertido, más que en una afortunada expresión, en una suerte de principio axiológico desde contemplar la obra de los artistas que no pueden defenderse, por estar muertos, principalmente. El tiempo nos aclarará el destino de las nuevas salas, tal vez, el olor de lo nuevo sea capaz de atraer a nuevos visitantes, como una carnívora hace lo propio con sus víctimas, todo sea, entonces, intentar aspirar el polvo que nos quede de las galerías que cuidan de las telas viejas y hermosas en su añeja presencia.

Para saber que nos depara el futuro deberemos atravesar las puertas de Cristina Iglesias. Ya comentamos en otra entrada la trama de las puertas. Ahora que ya son visibles, nos queda la constatación de una consideración absolutamente personal, a saber: nada sorprendentes. Motivo vegetal, que más parecen propias de un botánico, mucho bronce patinado, y poca sustancia, por muy escultóricas que nos las quieran vender. Hacen juego con el bosquecillo de boj enano de la Toscana, pero el sentido último de las mismas es un misterio. Telón lo definen algunos, o paños de vegetal aspecto para no decir nada, en su cuadriculada simetría. Una escultura moderna… prescindible, y sólo justificable por el renombre de la autora. Ya no quedan Ghibertis. 

El Museo del Prado es un milagro histórico, un inmenso poso del tiempo detenido, sólo posible, por la rara acción del mismo. Su destino, está en las manos de un pequeño grupo de personas, es deseable que el buen sentido de juicio los guíe, de aquí a la eternidad.

Saludos, anónimo, y amable Lector.

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