Cuento breve: Retrato del artista, no ya tan adolescente.

El efecto Grünewald.

Hacía tiempo que el artista, no ya tan adolescente, cumplía con la misión de asistir a la Feria, y cada año, la romería de la vanidad llamada ARCO contaba con su presencia. Para representar las nuevas tendencias de su Galería, en esta edición, su marchante, se había decantado por él. Consciente de su papel, se vistió con su parsimonia acostumbrada, y  se contempló de arriba a abajo: toda su indumentaria era negra, como era natural, dada su condición de artista amante de las imágenes de una violencia tan realista,  como explícita, que le habían abierto hueco en el laberinto de nombres propios del mercado de arte más internacional, así como alguna que otra polémica mediática. Todo comenzó con una instalación que le encumbró rápidamente, aquel éxito, inesperado, había convertido su obra en una repetición de sí mismo, pero esto no era cosa que le preocupara, tenía un lenguaje y un estilo propios, y eso era bastante singular para su edad. Recordó su  primera instalación en medio de los viandantes de ARCO, a los que despreciaba, con abierta pasión, y este orgullo se cubría tras un par de gafas negras, de marca, obviamente. En una sala oscura un video proyectaba sobre la pared desconchada las imágenes de una ejecución pública de un país de los que todavía la practican,  mientras una canción de Judy Garland, de su última época, atronaba en los oídos de los pobre visitantes, una corriente de aire frío helaba la nuca del espectador acongojado. Las imágenes del macabro linchamiento, mezcladas con una voz donde los estragos del abuso hacían visibles la huella de la desgracia personal, el frío soplo de la muerte, le parecían al artista, no ya tan adolescente, una combinación difícil de superar, y por ello siempre buscaba nuevas formas para la expresión de sus ideas.

 En esta edición, se presentaba con una obra más sencilla en su concepto, pero más ambiciosa en su poética, y al llegar a la Galería la presencia de su obra dominaba el centro de la misma. Una inmensa bola de alambre de espino oxidada acogía en su inmensa maraña los miembros desencajados de unos maniquíes de fibra de vidrio ensangrentados. En el corazón del macabro enredo, una luz parpadeante contribuía aún más a la morbosa alucinación de la obra. Su galerista confiaba en que alguna institución bancaria decidiera, por fin, adquirir  la obra del artista, no ya tan adolescente. O en su defecto, una Fundación, con director liberal, que con dinero ajeno, sufragara la transacción. Y así, asegurar el papel del artista, no ya tan adolescente, en el mundillo del coleccionismo institucional. Unos periodistas de su pequeña ciudad natal, le harían una entrevista, y el artista no ya tan adolescente, desplegaba un discurso, que le aburría, pero que no podía evitar, pues empleó años de afianzamiento de una perorata que denunciaba supuestamente la presencia de la violencia en los medios, mezclada con ardides de conceptualismo ramplón, eficaces, y fatuos, por igual. Sonoramente esqueléticas a cualquier disección del pensamiento, pero con la rara virtud de impresionar a los mediocres de una prensa, que tan pronto cubría un partido de fútbol, como un evento cultural, las monsergas pseudoestéticas del adoctrinamiento personalista, aparecían de su boca con el deje cansino que fingía, como si fuera uno más de sus accesorios en negro, y que él, tenía mucho cuidado no descuidar, en sus declaraciones públicas. Habló de sus inicios en la Facultad, de su interés por un mundo en decadencia, y de cómo el arte ya no era para colgar en las chimeneas, de la muerte del arte que conocían en el siglo XX, y de cómo él, sólo pretendía mostrar la miseria del mundo, etc, y etc.  Mientras arengaba a la jovencita periodista local, su mirada se cruzó por un momento con los de la condesa de Bérgamo y la de su amiga, la Señora de Colluejos. Las Damas, so chics, aparecieron de pronto, y saludándolo con un ademán de complicidad, lanzaron un beso al aire acondicionado del inmenso Stand. Espió como se alejaban, mientras notaba un súbito requerimiento.

Todo aquello, incomodaba, al artista, no ya tan adolescente, pero con un estoicismo elogiable, soportó de pie todas y cada una de las situaciones habituales en tales citas. Al concluir, tras una agotadora tarde, un sabor amargo le vino a la boca y nada más abandonar la feria, un cigarrillo le auxilió en medio de una procesión de gentes que lentamente se desgranaba hacia la gran ciudad. En su ánimo, un vago desasosiego, en el decir de un poeta amigo suyo, irrumpía siempre al acabar los actos de ARCO, que para él suponía el comienzo del año. La pregunta, «¿cuál será la próxima obra? », se abatía sobre su frente prominente, con entradas, de viejo prematuro, y comenzaba el escrutinio inquisitivo del siguiente proyecto… y de repente con el fulgor del fósforo que acababa de extinguir para encender otro cigarrillo, imaginó un patíbulo de ahorcamiento, donde situaría a las damas coleccionistas, colgadas, y entre ellas, un par de obras de un mercadillo de antigüedades, un paisaje y un bodegón, también colgadas por una esquina, acompañando en su triste destino a las pobres mujeres. A los pies de ambas un anónimo marchante, con un indiferente gesto de autoridad, firmaría la hora de su defunción.  Sonrió bajo sus gafas oscuras, y una vez más se enorgullecía de su febril imaginación. Y en este trance de autocomplacencia se encontraba el artista, no ya tan adolescente, cuando al salir del Metro, un trozo de cartón se pegó a sus zapatos de cuero negro embetunados con la pez carísima de una marca inglesa. Se dobló par recogerla, creyéndolo un flyer, entre sus manos tenía una reproducción, una postal seguramente, de un tríptico que no desconocía por completo, pero al que nunca había prestado atención de ningún tipo.

La historia del arte no era una asignatura necesaria en la facultad, después de todo. Y así el Retablo de Isenheim, de Grünewald, surgido del mudadal de la cultura moderna de la reproducción masiva, caía en sus manos. Con un gesto de supersticiosa naturaleza, decidió observarlo al llegar a su casa. Pero durante el trayecto no dejó de rememorar el fugaz vistazo, y sin soportar más la espera, se sentó para poder mirar la reproducción. Según pasaba los ojos por la superficie de la tarjeta, un aire de vergüenza y de bochorno, inundaba los pantanos de su confianza, y supo entonces, lo poco que sabía él, el artista, no ya tan adolescente, del dolor humano. ¿Alguien, unos cientos de años antes, se había adelantado a sus obras?  ¿Alguien ya tenía por patrimonio, sus figuraciones? Alguien en suma, le había ganado la partida. En su ingenuidad olvidada, por entero, la historia del arte, el artista, no ya tan adolescente, creía que el arte había nacido con Duchamp, y Beuys, era su último profeta. Nuca imaginó, que el horror hubiera sido ya tan explícitamente descrito.  Se quedó más silencioso que de costumbre dentro de sí mismo, y con pies ligeros, más propios de un insecto asustado, que de un ser humano, alcanzó su destino. Nada más llegar llamó a unos amigos para salir. El efecto Grünewald, había pasado, por fortuna, para el artista, no ya tan adolescente, y para el resto del mundo.

 Saludos, anónimo, y amable Lector.

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2 Respuestas a “Cuento breve: Retrato del artista, no ya tan adolescente.

  1. No soy artista, pero pienso que como todo…son procesos los que el artista vive.
    Me alegro verte en mi casita… y por supuesto que no tiene llave, siempre esta abierta, a quien deseee penetrar en ella.
    Un abrazo
    Milena

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