De argumentum ad verecumdiam. Kant y la Realidad.

Uno, no el único, de los logros a los que aspiró el Renacimiento fue sin duda el de proporcionar Imágenes verosímiles del Pasado. Pero no de cualquier pasado. De un pasado muy delimitado, no sólo en el tiempo sino también en el espacio, al que comúnmente se conoce como L’Antichità y al que los especialistas han prestado particular atención.  Para algunos historiadores de Arte esta Antigüedad Grecolatina, fue tanto motivo de inspiración, como de lastre y a veces, se ha considerado un simple tópico, proporcionado por la historiografía vasariana. Tópico o no, el caso es que los artistas  Flamencos del Norte del siglo XV, cuando querían proporcionar un marco antiguo, recuperaban el Románico, frente a su Gótico contemporáneo, y puede que sin los impulsos de los artistas Italianos, la recuperación, de los modelos antiguos, no se hubiera extendido tanto a la Pintura, como en Arquitectura, con el consiguiente éxito que, desde, Brunelleschi o Alberti, comenzarían pronto a «resurgir» en las obras del Quattrocento. Puede que los artistas, y arquitectos equivocaran sus fuentes y no acertaran siempre en la elección de los modelos, pero en lo que no se engañaban era en el ansia de recuperar para su propio tiempo, los modos y maneras de un tiempo pasado, que comenzaba a ser de nuevo valorado como la esencia de su pasado, y de la que ellos querían ser una muestra viva de una herencia, y que, para muchos, nunca debía haberse olvidado.

El esfuerzo de un Mantegna, al que se acusaría, modernamente, de arqueologizante, debe ser comprendido como la respuesta  artística de una demanda que sus propios contemporáneos reclamaban. Los Humanistas habían abierto la puerta al gusto por lo antiguo y pronto, se pasó de coleccionar y apreciar, tan sólo manuscritos, y monedas, al atesoramiento de otras manifestaciones antiguas, con escaso valor epigráfico, pero prometedor. El nacimiento del gusto por el coleccionismo de obras antiguas, dio origen a las incipientes falsificaciones, y es muy revelador que se cotizaran más que las obras de artistas vivos. Es natural pues que los artistas quisieran dar una Imagen del Pasado que no sólo fuera evocadora, sino también lo más fiel posible al modelo y proyectara la misma perfección de un paradigma que se pretendía recuperar, recrear o simplemente imitar. Pero además tenían que resolver un problema más acuciante, la obtención de la capacidad de situar al espectador en un punto tal, que la obra pareciera una ventana o sección del cono visual que la nueva ciencia de la Perspectiva suscitaba, y añadir a este punto la mayor perfección posible en la ejecución de los detalles, así como de la apariencia en anatomías, de Hombres y animales y las cualidades específicas de cada objeto y su materia. Qué no es poco. Desde un Mantegna, muerto en 1506, hasta llegar a Poussin, muerto en 1665,  por citar a un artista especialmente capacitado para evocar la antigüedad, transitarían muchas obras, con mayor o meno grado de logro del citado problema. Y no se extinguió del todo… Hasta que llegó el cine.

Curiosamente las primeras grandes producciones cinematográficas   del temprano Hollywood al buscar ideas para el diseño de producción del pasado se inspiraron en las pinturas de L. Alma – Tadema. El pintor neerlandés, (1832-1912) catalogado como neoclasicista, dentro de las corrientes del siglo XIX, hoy muy poco apreciado, y sin embargo exprimido y explotado por el cine, suministró una imagen general del mundo antiguo que  D. Griffith, o Cecil B. De Mille, encontraron muy adecuada como marco para su propia visión. Especialmente en los orígenes de las grandes epopeyas filmadas encontramos ese carácter un tanto victoriano de la imagen del pasado, especialmente apreciable en el tipo, o imagen ideal del rostro femenino, con ese aire de familiaridad con la fotografía de retratos de la estampa victoriana y decimonónica. Desde casi sus inicios, la relación del Cine, es decir de los directores de fotografía y los diseñadores de producción, como tales o ejerciendo dicha función, con La Pintura, como fuente de ilustración de las imágenes del pasado,  ha sido fecunda y veces contradictoria, y los experimentos o logros efectivos para dar con una imagen solvente de las diferentes épocas de la civilización humana siempre se han concentrado en la verosimilitud. Aquí la ciencia auxiliar de la arqueología, no debe despreciarse, pero la fría y neutral arqueología no puede competir con la fascinación de la pintura. Pero es que los pintores, también son proclives al uso imaginativo de la pura ciencia arqueológica.  La dependencia o su interacción, entre cine y arte, ha dado más al cine que este arte al de la Pintura. Los esfuerzos por filmar con la simple luminosidad aportada por las velas en los interiores de E. Kubrick en Barry Lyndon, (1975) son un ejemplo de intento de reconstrucción visual de una época, el S. XVIII, donde las pintura tuvo un papel principal, pero donde la tecnología moderna tendría una importancia indispensable, para la obtención del efecto pretendido. Ejemplos de similar naturaleza, o de la contraria, es decir la ausencia de evocación creíble, se multiplican en la historia del Cine, pero no es aquí donde nos extenderemos. Solamente destacar un fenómeno que es una de las Fantasía más comunes de la consideración general de la Historia del Arte del Siglo XX. No es otro que el ya conocido y mencionado en este blog, en más de una ocasión, que aquel que presupone que la representación de la realidad o de la apariencia real no era objeto del arte y no lo sería nunca más.

Era como si ya se hubiera llegado al fin del "fenoménico" arte de la apariencia para dar paso al supuesto logro dela autoexpresión total del artista por encima de cualquier otra consideración.  Sin embargo, el público, tan inocente, no ha hecho otra cosa que reclamar más y más realidad en las manifestaciones de las que gusta, y disfruta. Puede que en el Museo, las manchas de cuatro por seis metros sean muy apreciadas, pero desde el primer video juego, hasta los últimos, la diferencia es bastante significativa. El hiperrealismo, no es tal, es sólo realismo, o verosimilitud, o apariencia creíble y asumible para el jugador, aquí cada quien puede sugerir un término para el de representación efectiva de la realidad exterior. El Cómic y la Ilustración gráfica, ha pasado por etapas alternas, y coexisten muchas tendencias, pero desde The Yellow Kid, hasta el Manga, o el clásico cómic de la Marvel, pasando por el fancine o la impresionante muestra de Anime de Experiments Lain, la realidad ha tenido su parcela de evidente peso, y desde luego, con una función y una finalidad muy concretas. Aunque no siempre manifiestas o explícitas. Grosso modo, claro está. Tan sólo quisiéramos poner de manifiesto cómo, por ejemplo, desde la aparición de la tecnología digital que permite reproducir casi cualquier cosa que la fantasía o la imaginación humana produzca, puede ser llevado a un soporte, con una capacidad de engaño o Mímesis, que ya no hay marcha atrás. Apreciable, el hecho, de que uno de los grandes impulsos, que iniciaron los efectos especiales, pero sobre todo la digitalización, fue la recuperación de los mundos perdidos de la paleontología más efectista, es decir, los dinosaurios, su aparición supuso un logro del que el público no parece querer desengancharse, exigiendo cada vez un mayor y más explícito realismo en las criaturas, reales o imaginadas que el cine suministra dosificando los avances con las intenciones.

 La necesidad de realidad de los humanos del Siglo que ha comenzado, no tiene visos de decaer, a pesar de los nostálgicos quejidos de los gráficos 2 D. Como, tampoco,  detuvo este avance, la persistencia de cine en Blanco y Negro,  desde las muestras de la serie B, o, el llamado Cine Negro; y sin ir más lejos, un ejemplo excelente, el de un Julio César, (1953) de J. L. Mankiewicz, cuyo intención era expresiva, tanto en el fondo como en la forma, una sobriedad que suplía la falta de “espectáculo”, con la fuerza del texto de Shakespeare, y que se debía en gran parte al  uso de la  citada fotografía. El siglo XX, ha dado como resultado, en los avances en el uso de la Tecnología para la representación del Mundo, y de los mundos factibles o increíbles, un “universo”, donde casi todo es posible. Desdeñar, como se suele hacer, desde el sacrosanto cenotafio del Arte, la necesidad de satisfacer este gusto, es uno más de los estertores finales de la agónica presunción de la existencia del Gran Arte.

Podemos empaquetar edificios, en un alarde de ingenio, podemos creer que esa mancha en la pared del museo es un mundo impelido por un arte que nos desarme, podemos sentir escalofríos en una habitación donde nos sacudan con los chirridos de una cámara de tortura simulada y creer que el arte es eso. Pero para la gran mayoría de los consumidores, el estremecimiento inefable se produce ante la visión de una creación, que se presenta con todas las características y funciones de un ser REAL. O al menos la percepción es casi real, lo virtual, es ya una frontera muy fina, a estas alturas del partido. Pero si nos caben objeciones, la inmediata: un monstruo de cine no es real, tampoco lo es el asesino que el actor recrea para nosotros, pero así lo percibimos, y la cruel realidad es que nadie reconoce al asesino hasta que cae, nunca, cuando pasa a nuestro lado. La ficción no es la realidad, pero se mezclan. Y según la ley de entropía, cada vez más, hasta llegar a un final, que no por menos conocido o previsible, ese oscuro y frío silencio calmo de la nada absoluta, ello, no nos impide seguir avanzando hacia el caos…¿Qué o quién,  puede obligarnos a callar? ¿ El Gran Kant?

Saludos anónimo como paciente Lector.

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2 Respuestas a “De argumentum ad verecumdiam. Kant y la Realidad.

  1. En primer lugar, sólo quiero apuntar que uno de mis múltiples defectos es que los pensamientos de los demás me inspiran, y que frecuentemente eso provoca que, al intentar comentar temas expuestos por otros, mi cabeza se pierde por derroteros muy dispersos, de tal manera que, lo que empieza con la intención de ser un comentario a lo dicho, acaba siendo algo así como un texto independiente basado en aquello que me ha llamado especialmente la atención. Es decir, que en esos casos no trato de comulgar con lo que leo o rebatirlo, sino que lo robo descaradamente para explayarme.Si vamos más allá de las imágenes y la lengua, lo cierto es que todo se reduce a conexiones neuronales. Por lo tanto, las imágenes y las palabras no dejan de ser artificios evolutivos desarrollados en base a unas capacidades innatas o de unas habilidades desarrolladas (más adelante me referiré a ello). No sé si realmente soñamos con imágenes: sé que explicamos lo que hemos soñado como si lo hubiéramos visto. También sé que lo invidentes de nacimiento también sueñan. Lo que quiero decir es que, en imágenes, en palabras o como sea, siempre hemos de traducir para comunicarnos con los demás, e incluso para hacerlo con nosotros mismos.No crees en los códigos universales, sino en el éxito reproductivo de algunos signos. Haces bien, de hecho es así. De todos modos, quiero remarcar que estamos navegando en un océano peligroso donde lenguaje, lengua, habla y escritura pueden entremezclarse y dar lugar a confusión. El lenguaje es una capacidad innata del ser humano, que puede desarrollarse o no, y que caso de desarrollarse puede hacerlo de múltiples formas, como mínimo tantas como lenguas existen (incluidas, por supuesto, las de las personas sordomudas). Podríamos alargarnos hablando del lenguaje-I y el lenguaje-E de Chomsky, pero eso para otro día. El habla sería la realización particular e individual de la lengua (con características grupales también, por supuesto), y la escritura su representación gráfica (incluido, claro está, el braille). Otros códigos como las señales, etc., son igualmente arbitrarios, pero no son lingüísticos. Su éxito es tan grande que cada vez ocupan más espacio a los lingüísticos (recomiendo Robinson, Andrew; "Historia de la escritura". Destino. Barcelona, 1996, para darle a este punto la importancia que tiene en la actualidad, especialmente en la publicidad y su uso de logogramas, ideogramas, etc.).Por otra parte, creo que realmente ni tú ni nadie puede comunicar sus percepciones: sólo podemos tratar de transmitirlas lo más empáticamente posible (salvo que fuéramos todos como el protagonista de la película "Powder"). Sea como sea, me viene a la mente una tendencia que he oído con frecuencia y que afirma que "las palabras son una prisión", ante la cual  yo siempre contesto lo mismo: "inventa algo mejor". Nos comunicamos trasladando lo mejor que podemos lo que pasa por nuestra cabeza, con los instrumentos que tenemos a nuestro alcance. Y es evidente que unos se comunican mejor que otros gracias a su dominio de dichos instrumentos.Lo que no podemos olvidar, aprovechando lo que comentas sobre los niños con determinadas carencias, es que el ser humano, y por ende la comunicación, no es únicamente lenguaje. Por supuesto que la interacción social cuenta, y mucho. De hecho, si no hubiera seres humanos en contacto, el lenguaje no se hubiera desarrollado como la capacidad que conocemos. Insisto en que el lenguaje es una capacidad, y que como tal se puede desarrollar de múltiples formas. La conceptualización y el simbolismo, la abstracción y la categorización, son capacidades humanas que permiten que surja esa capacidad llamada lenguaje, y que a su vez crecen con él. Las limitaciones encontradas en los niños salvajes, por otra parte, son de corte social, por descontado, lo que ocurre es que ello tiene unas implicaciones lingüísticas, y viceversa. El desarrollo de la sintaxis, por ejemplo, tiene fecha de caducidad: si no lo has hecho a una edad determinada, entonces los progresos posteriores serán muy lentos, dificultosos, y generalmente con poco éxito. Es decir, que por un lado existen limitaciones de tipo evolutivo, y por otro limitaciones sociales. Ah, y algunas lecturas de Chomsky están muy en la línea de tu pensamiento sobre la alineación.Me extendería mucho más, porque el tema da para mucho, pero voy a dejarlo por hoy. Además, creo que me he vuelto a salir de madre. Un saludo…

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