Verosímil, pero improbable.

El mundo es verosímil, pero improbable. Y sin embargo existe. Dice la máxima científica. Debemos nuestro ser a una serie de casualidades en el devenir de las causas y de los efectos. De modo que no somos ni hemos sido necesarios. Todo cuanto es puede perfectamente no tener más razón que la simple herencia del momento anterior. Y por tanto, el mundo, el universo, es su último momento. En nuestra memoria, asistimos a un juego de espejos. Salvar y guardar, para fingirnos en nuestra existencia. La versión más reciente en el campo de la historiografía artística nos viene a decir que en el Siglo XX el triunfo de la Modernidad conlleva entre otras parábolas disfrazadas de verdades, la pérdida de las formas tradicionales en el campo de la representación, en el campo del significado, este deja lugar a la interpretación del espectador, falacia para encubrir la única visión posible, la del crítico o historiador. La frontera de las artes y de sus géneros, así como la legitimación del objeto artístico, son derrumbadas y todo puede ser arte, eso sí, convenientemente firmado. Se puede seguir así ad nauseam, pero basta leer cualquier manual al uso, y comprobaremos la versión oficial del nuevo evangelio del arte, por ello no insistiremos en el tema.

Cuando la Postmodernidad parecía haber triunfado, se convertía a su manera en el Libro de las Revelaciones, o del Apocalipsis.  Si bien, en la figura de J. F. Lyotard, su gran exponente mediático a pesar suyo, encontramos acertada la reflexión en torno a las condiciones en que la Modernidad era sostenida por la ficción de un siglo inocente, la verdadera maldad, no podía evitarse con un simple dejar de mirar. Su intención de RE-ESCRITURA de la Modernidad, en sus palabras, o de la anamnesis continua, en la « melancolía por la legitimidad perdida», para Lyotard, encontraba la Postmodernidad, la acertada expresión de una batalla interna entre un mundo agotado y sin novedades y aquel que, supuestamente, reclamaba la luz al final de las Ideologías, por ello, tal vez, como ya hemos dicho, la conversión en etiqueta del termino posmoderno, hizo del precipitado espejismo de un mundo sin muros, sin marcos de referencia privilegiados, un “lugar común” más de la ficción de la ausencia del Gran Relato. Pero, al releer los textos del filósofo francés, encontramos, que participaba de la teología del nuevo evangelio de la modernidad con todo lo de consideración tiene, del siglo sin Arte, Adorno, Benjamin, Horkheimer, entre otros teóricos, y que por tanto, la postmodernidad, estaba viciada de verdades, que no eran demostrables. Al releer los juicios de Lyotard, vertidos como máximas indiscutibles, o nuevos mandamientos, al hablar de los profetas artísticos del siglo XX, percibimos mejor que nunca,  que el mesías está aún por llegar, sea este en forma de movimiento filosófico, o bien, bajo la forma de un nuevo signo de los tiempos. Percibimos una vez más, que la propaganda ha sido sustituida por la historia.  El valor de una obra de arte reside simplemente, en el lugar que ocupó en la lucha por el mundo en una guerra de intereses, bajo la sombra de la verdadera historia del arte, se ha sepultado  el sendero de lo marginal. Pero no por caminar al lado, pueda ser si más, clasificado de apócrifo. De ahí, que ahora nos de por revisitar, por ejemplo el “realismo occidental”, y de nuevo etiquetarlo, bajo la verdad de la moderna vanguardia historicista, y sin embargo, el “realismo socialista” siga siendo considerado el colmo de lo Kistch( sic), pero esto es comprensible, puesto que alguien tenía que perder la citada contienda, fría, pero cruenta.

 La situación de las dos últimas décadas del Siglo XX, donde la emoción se buscaba en el cine, la empatía en la televisión y el deporte, las ideas de toda autoexpresión en la moda y la música programa de la cultura mass, la evasión tranquilizadora en la novela narrativa, y el perdón político en las nuevas modas humanitarias y ecológicas, así como la redención por medio de la tecnología; dicha realidad, se alarga en el tiempo, y llega hasta hoy mismo, donde los seres humanos buscan en el arte, de todo, menos Arte. Esa, parece ser la verdad definitiva del siglo. Los evangelistas de la nueva buena, han triunfado. La herejía, ha sido vencida a base de releerla. La Postmodernidad, deglutida y derrotada, se sumerge en una versión más del momento histórico. La razón, se disfraza de verdad, y difundida por los apóstoles de la modernidad, nos apabulla con su tecnicidad de lo propalado sin piedad, por doquier, hasta el aburrimiento mortal de necesidad. No hace falta Concilio ni Canon, todos cuentan lo mismo,  la nueva Religión es el Arte, podemos creer en él, pero podemos declararnos ateos, y condenarnos, a pesar de que el tiempo esté próximo.

Saludos, anónimo, como amable lector.

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