De la imposible Derrota de las Mentiras Piadosas.

En la entrada anterior, declinábamos la testuz y el empeño de no hablar del Código, y reconociendo la derrota, sugeríamos un comentario a propósito de la supuesta representación, oculta para todo el mundo hasta la aparición del famoso libro, de María Magdalena, en La Última Cena de Leonardo da Vinci. Todos olvidamos la Historia con la alegría de quien ha superado los exámenes de Junio, confiamos en que nunca más deberemos estudiarla, y la Historia acaba por dejarnos en Paz.  Sin embargo, debemos recordar una cuestión que está en la verdadera naturaleza de nuestra conciencia del mundo.

El arte cristiano debe su existencia a una victoria. Como toda victoria, su víctima ha desparecido del recuerdo, y no tuvo defensores más que en la recuperada necesidad de oposición de la Reforma Protestante. Nos estamos refiriendo a la Guerra de la Imágenes, también conocida como Iconoclastia. La doctrina de la Iconoclasia, no era otra que la negación del culto a las Imágenes. ¿Puede uno Imaginar un mundo sin Imágenes?  Si, es posible, de hecho,  existe culto sin imágenes. ¿Sin imágenes Sagradas? Es más que discutible.  El sumo respeto que se profesa a los Libros Sagrados, o al mismo recinto donde se celebra el culto religioso, son una prueba de la incapacidad del ser humano por sentir la religiosidad sin el apoyo de algo más que la simple Fe. La comunión con los creyentes en una misma religión, es un símbolo, y a la vez una imagen de una naturaleza holística innegable.  Los ritos, pueden comenzar con una pureza y simplicidad, confiada a la propia experiencia, pero poco tiempo después, pasan a enriquecerse, con el gesto ritual, la palabra consagrada y las liturgias de la forma, y es esta derivación constante la ejemplar muestra  de su naturaleza simbólica.

Todo cambia. Y nadie se baña en el mismo río, y puede que nadie crea dos veces lo mismo. Lo que se pretende mediante el rito es perpetuar la fe, y cuesta imaginar, que las enseñanzas de Buda, por ejemplo, en las extremadas abigarradas ceremonias del budismo Tibetano. Si una simple cena, hace casi 2000 años, con un solo Mandamiento, ha dado lugar a las ceremonias del Vaticano, hoy en día, no es descabellado pensar que al fin y al cabo, cenar, se cena todos los días, pero asistir al milagro de la transubstanciación del Pan y el Vino en la Sangre y Cuerpo de Cristo, no es una cosa como para hacer de ella una doméstica faena, de unos pocos amigos, con un sándwich y un refresco. Debe por supuesto convertirse en algo más. Pero, ¿es necesario invitar a las imágenes a nuestra cena?  Hubo gente que pensaba que no. Así de simple. Y no por ello eran menos cristianos. Hemos de agradecer, sin duda, que triunfaran los del gusto por la recreación de los Santos, La Virgen y Dios mismo, en forma de cuadros, esculturas y todo tipo de representación artística, pues de lo contrario, a buen seguro, nuestro arte, el de Occidente, se hubiera decantado por un más que indudable decorativismo, de gran altura, pero sin el gusto por la Encarnación del Misterio. Podemos imaginar, la ausencia de Imágenes Sagradas, pero las profanas, hubieran existido igualmente.

La cuestión es saber si éstas, hubieran llegado a tener la calidad que hoy podemos constatar en la historia del Arte Europeo, de no haber estado detrás un impulso y un patrono, como el que supuso tener detrás al mayor poder desde el desmembramiento del Imperio Romano, y que hoy conocemos como La Iglesia.  Este poder se basaba en una posesión tan sencilla como eficaz: el destino del Alma. Si uno es capaz de ello, saber de antemano donde residirá tu alma para la eternidad, el futuro, aquí en la tierra, es más que probable que lo conozcas, especialmente si lo haces posible, mediante el ejercicio del poder terrenal. Para ello, nada mejor que una donación del Poder mismo, nos estamos refiriendo, claro está, a la famosa Donación de Constantino. La falsificación denunciada por el humanista Lorenzo Valla, en el siglo XV, con las armas de la más pura filología, no tuvo mayores consecuencias. Las mentiras, nunca piadosas, se tejen de muchas maneras, pero sus consecuencias, suelen tener suertes emparentadas. Y esto nos recuerda, una falsificación, que a pesar de haber sido refutada en muy poco tiempo desde su relativa publicación, siguió, y hoy en día continúa, suministrando argumentos al antisemitismo.

Se trata de los no menos famosos, Protocolos de los Sabios de Sión. Este malvado libro, ya que ni siquiera es un libelo, elaborado por la policía secreta del zar Nicolás II, tuvo consecuencias trágicas. Tantas, como para arrasar con la vida de seis millones de Personas. Si Los Protocolos, no hubieran sido parte de la literatura antisemita del Tercer Reich y del pueblo alemán, tal vez las ideas personales de Hitler no hubieran tenido el eco sórdidamente cómplice de aquellos que jurarían, acabada la Guerra, no saber nada del destino de casi todos  los judíos de  Centro Europa, en la conocida como Solución Final. Es imposible quemar tal cantidad de seres humanos sin que el olor a carne quemada no te moleste en la nariz.

Por muy duro que suene lo anterior, nos sorprende que señores como Brown, hoy en día, hayan tenido la temeraria idea de retomar, en la forma de la patraña de Les Dossier Secrets, un nombre tan poco feliz para una burda lista de nombres. Divulgar una mentira es igual a crearla. Por ello, El Priorato de Sión, no puede ser considerada una mera casualidad. Si los autores o autor de las listas de nombres de los supuestos miembros del Priorato, no estaban sabiendo lo que hacían, es por la pura ignorancia, cosa de la que hubiera debido abstenerse, el señor Brown.  Que la lista sea o no, una falsificación, no importa a quien la usurpa, como argumento de su novela. Brown, quien puede siempre refugiarse tras la disculpa de la ficción, no tiene impedimento en mantener en entrevistas televisivas, la supuesta verdad de las teorías y pruebas que sostienen el delirante argumento de su novela. Una novela, no tiene más importancia, pero no hay más ciego que el que no quiere ver.

Los millones de lectores del Código, jamás se les ocurrirá pensar que el verdadero problema de fondo de la novela, es que se trata de especular sobre alguien, de quien, a duras penas, se pude decir que se tengan verdaderas noticias históricas. Exagerando y sin hacerlo, seis, a lo sumo, ocho cosas se conocen sobre Jesús de Nazaret. Datos, que puedan sostenerse. El Cristo Histórico, es otra cuestión. Y su doctrina, la historia misma del occidente cristiano. La Iglesia, puede argumentar que los Evangelios son la palabra de Dios. Pero no pueden decir que sean las actas de la vida de Jesús y de su predicación. El pueblo Judío, puede creer a pie juntillas en el Pentateuco, pero por mucha arqueología bíblica que se realice, financiada por ultraortodoxos, sean estos hebreos o cristianos, se encontrará nunca una prueba de la existencia real de Moisés. ¿Quiere esto decir que Moisés no existió? No lo sabemos, pero curiosamente, nadie duda de la existencia de Hamurabi, sólo sea porque dejó una estela con su Ley, otro no menos célebre, Código. Tal vez la duda se extienda realmente a la naturaleza de las peripecias de Moisés. Y su destino último: La Tierra prometida.

Triste es comprender, que la supuesta palabra de Dios, pueda ser el argumento para considerar que una tierra, Palestina, es de quien cree que es suya. Pues es, el mismo argumento, del que ya la habita, sólo sea por que ellos, los palestinos, vivían allí, mientras los europeos nos dedicábamos a exterminar, expulsar, trasladar, o simplemente ignorar, al pueblo errante en que se habían convertido los Judíos. Y debemos recordar, que quien realmente expulsó a los últimos habitantes de Jerusalén, fue el Imperio Romano.  El ascenso de la secta cristiana, convertiría en estigma, el apátrida ser del pueblo que espera la reconstrucción del Segundo Templo. O la construcción del Tercero. Y el devenir histórico de Tierra Santa, con la ascensión del Islam, o las Cruzadas, no han hecho sino convertir un lugar, en el deseo irrefrenable de su posesión, en un motivo, cuando no excusa, para las más terribles desgracias.

Como vemos, la verdadera dimensión de lo que se dice, no se encuentra en la capacidad de imaginar las consecuencias, de evaluarlas. Si nos paramos a pensarlo, sólo un instante, sólo uno, tal vez, la palabra, más que la imagen, sea el mal. Tal vez por eso, hubo personas que pensaron que la sonrisa de una Madonna, tal vez, sólo tal vez, apaciguaría la sed de mal del hombre, tan sólo fuera por el invisible, como improbable, intento de recordarle una cosa antes de matar a otro ser humano: Todos tenemos una madre que llorará a sus hijos. Tal vez, las imágenes al fin y al cabo sean más humanas que nosotros mismos. En su falta de alma y de intención. En su carencia de vida, contienen, a veces, más del espíritu humano, que sus mismos creadores o espectadores, poseen la gracia de la inocencia…

«Con este signo vencerás», se cuenta que Constantino leyó en el cielo. Ojalá hubiera dicho «con este signo te salvarás» Y así haber evitado, la guerra, y el ansia de poder y de tanto horror, como el mundo que conocemos, es signo de humanidad, y no de Humano.

Saludos,paciente, como amable lector.

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3 Respuestas a “De la imposible Derrota de las Mentiras Piadosas.

  1. No es paciencia, me gusta leer tus puntos de vista… Compartidos o no, me gusta la gente que no se queda en la primera impresión.
     
    Un beso!!!

  2. Evidentemente hypnotize soy yo… empanada mental de tener mi otro space abierto y no darme cuenta… Debe de ser "la caló".
     
    Otro beso!!!

  3. Uf, uf, uf, y uf… He
    leído la entrada anterior y esta, más que nada porque he visto que seguir tu
    espacio en orden inverso es bastante poco afortunado.

    Por descontado, carezco de algunos (muchos) de los conocimientos que enriquecen
    tus textos (y, de paso, a quienes los leemos). Tuve la fortuna (?) de haber
    leído "El código da Vinci" bastante antes de que fuera famoso, con lo
    cual aún no estaba intoxicado. Me reconozco seguidor de las obras de ficción
    histórica y de historia-ficción (para mí no son lo mismo), pero siempre desde
    el punto de vista del lector que tiene claro lo que está entre sus manos. En
    comparación con, por ejemplo, "El Ocho" de Katherine Neville, este
    libro de Dan Brown apenas alcanza la categoría de panfleto. Sin embargo, no deja
    de cumplir su PRINCIPAL INTENCIÓN: ganar dinero y fama. A espuertas. Nunca hay
    que perder de vista este simple hecho. ¿Quién no aceptaría ser el responsable
    de un pelotazo tan colosal, que asegura tu vida y la de tus tres generaciones
    posteriores, como mínimo?

    Lo demás, todo lo que gira a su alrededor, se debe por un lado a la ignorancia
    de la gente y por otro a la necedad de los representantes eclesiásticos.
    "Que hablen de ti, aunque sea mal", es el resumen del éxito del
    autor. Obviamente, él aprovecha cualquier oportunidad para sembrar de dudas al
    personal ignorante, y de ceros su cuenta corriente, al igual que Santiago
    Segura logra que los días tengan más de veinticuatro horas gracias a sus
    continuas apariciones con fines de promoción de su filmografía.

    No entro a valorar lo que afirma Dan Brown, más que nada porque no tiene
    sentido intentar contradecir cuestiones documentadas de forma sesgada y no
    probadas (es darle más importancia de la que tiene), y por el mismo motivo tampoco tiene sentido apoyar ideas que llaman
    la atención por el mero hecho de que… llamen la atención (mero divertimento). En cualquier caso,
    y puestos a indagar en temas como la figura de Jesucristo, es mucho más
    interesante "Caballo de Troya" de J. J. Benítez: por lo menos se toma
    la molestia de llevar a cabo un buen trabajo de investigación (independientemente de lo que resulte de él) para hacer su
    novela y darle algún tinte de verosimilitud no fundamentado, necesaria o
    completamente, en lo esotérico o sobrenatural.

    Creo que a la gente le falta motivación. Por eso se deja llevar por cualquier
    cosa que la aparta de su rutina. Y es más fácil pensar que existe una
    conspiración para engañarnos que dedicarnos a estudiar sobre aquello que nos
    interesa. O al menos eso creo yo.

    Por cierto, desde el famoso gag de Monty Python, todo el mundo sabe que
    Leonardo pintó "La última cena" haciendo caso omiso a las
    instrucciones que recibió, ya que en ella no aparece ningún canguro…

    Saludos…

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