Historia Ilustrada: luces de lámparas y otras consecuencias.

En las tres últimas entradas, de la mano de Francastel, hemos caminado por sus palabras como un Virgilio improvisado, por una parcela de la historiografía estética, que para sorpresa del no especialista, resulta más un problema que una solución. Si creemos, tentación legítima, que casi todo ya está estudiado y a grandes rasgos, un siglo como el XVIII, no es ya un terreno de pantanos y ciénagas para el verdadero, en cierta medida, “conocimiento”, de este decisivo período,  de la historia europea, quizá se deba al Espejismo Cultural, que no deja de ser una variante de la idea del Tópico Cultural, del que ya hemos hablado en otros lugares de este blog.  Las extensas citas y consecuencias que pudieran proceder de este pequeño ensayo, sin embargo son demoledoras, a poco que uno juzgue una sincera apreciación de sus resultados metodológicos y de la lectura de tales preocupaciones. La tendencia a revisar es innata, pero Francastel, de un zarpazo silencioso, casi da la vuelta a nuestras ideas sobre el Siglo de las Luces. 

 El arte ilustra la historia…, y es este un peligroso método. Es famoso el ejemplo de Huizinga, quien en un intento de conectar el arte de los Van Eyck, desbordado en su inicial intención, nos legó un libro con uno de los más bellos títulos: EL OTOÑO DE LA EDAD MEDIA. Hermoso pero ambiguo, pues no debemos olvidar su subtítulo: Estudios sobre la forma de la vida y del espíritu durante los siglos XIV y XV en Francia y en los Países Bajos. Al lector avisado desde luego, le viene a la memoria el caso de Michelet, y quien quiera investigar más de cerca el océano de interpretaciones que ciertos historiadores han hecho de las fuentes visuales debe acudir sin falta al monumental estudio de Francis Haskell, LA HISTORIA Y SUS IMÁGENES, El Arte y la interpretación del pasado. Quien en su Introducción dice así: «Pero aunque es bastante lógico comprender el desagrado que expresan los amantes del arte, e incluso los historiadores del arte, hacia quienes usan grandes obras de escultura o pintura como “ documentos históricos”, nos exponemos a olvidar que esas imágenes a menudo se han creado para ese fin y se han conservado( o, en ocasiones, han sido destruidas) por eso. » Pero como el mismo autor aclara un párrafo más arriba: « El presente libro se ocupa por tanto de la trayectoria, de un largo diálogo, unas veces de sordos, otras cáustico, pero marcado en ocasiones por momentos de temeraria détente, un diálogo estimulado por  las  reivindicaciones de quienes han procurado insistir en que una imagen puede verse como una valiosa fuente histórica. » 

  Por ello no es de extrañar que Huizinga en el Cáp. 18, EL ARTE Y LA VIDA de su libro, después de reconocer que en la actualidad, la suya, finales de la década de los veinte del pasado siglo, la cultura francoborgoñona era conocida principalmente por su pintura.  Pero no así unos cincuenta años atrás, cuya imagen era la que todavía se asocia en determinados ambientes de ficción: Lúgubre, violenta, de crueldad sangrienta, etc.  (curiosamente, a nosotros nos recuerda a una muy cercana, por evocativa, verdiana visión, de este músico, en algunas de sus más famosas operas, sin tratar dicho período.)

Para el Huizinga que escribe la imagen que irradia( la pintura de los Van Eyck o Memling), es la de una “elevada y maravillosa gravedad y profunda paz, y de alegría sencilla, de un tesoro de sosegada ternura”, en su literario y brillante, estilo, en traducción, magnífica, de José Gaos, « ¿En qué descansa, pues esta profunda diferencia entre las dos imágenes de la época, aquella que se refleja en el arte y aquella otra que nos forjamos por medio de la historia y  de la literatura? » Se pregunta el mismo autor, poniendo de relieve, una vez más el problema sobre el que Francastel, intentará esclarecer, que no es otro que la imposibilidad en último termino de establecer ideas no por repetidas, tajantemente ciertas o válidas, al devenir de la historia, sin más, tan sólo por que esa es la imagen que el arte nos proporciona. Y que Haskell aborda desde un punto de vista tan extenso como erudito, que nos da envidia, el  hecho de que no sea un autor español. Sin embargo es digno notar que el propio Huizinga no escapa a ciertas prefiguraciones, que por categóricas, no todo el mundo, y menos los historiadores, compartirían.

Así unimos sin quererlo, por medio de las propias palabras de Huizinga a Francastel: «  El matiz de  resuelta alegría de la vida y la confianza en la propia energía, que alienta en la historia del Renacimiento y a través del movimiento de la ilustración, apenas se percibe en la esfera de la vida Franco- borgoñona del siglo XV. » o esta otra afirmación: « El optimismo que empezará a brotar en el Renacimiento, para alcanzar su época de florecimiento en el siglo XVIII, era desconocido todavía al espíritu francés del siglo XV »  Cáp. 2, ANHELO DE UNA VIDA MAS BELLA. 

 Nuestra época, puede vanagloriarse de ser quizás la más optimista de las que el hombre ha conocido, y ni siquiera el mal perpetuo que aqueja con la injusticia y la desigualad, a los otros, invisibles a nuestra empatía, parecen entibiar esa confianza, que nos proporciona la técnica y la ciencia. Por ello, sin dejarse deslumbrar por el Espejismo Cultural Francastel, nos recuerda una revisión, de nuestra apreciación simplista del Siglo de las Luces, « Es corriente considerar que la «Fiesta Galante », creación del artista, constituye en el siglo XVIII la forma de vida más opuesta tanto a lo real, como a la s luces. Por mi parte, creo, al contrario, que Watteau, fue , como De Troy, uno de los primeros en  preparar un movimiento de emancipación mental y estética muy próximo en su espíritu al de los creadores de las luces- si no al de los hombres, que después de 1760, orientaron, de modo aparentemente empobrecido y deformado, la poderosa corriente de la que saldría, a la larga, la reforma tanto mental como política de las sociedades modernas.»

Como vemos, Watteau, reivindicado. ¿Hemos de revisar, pues, tantos y tantos otros pintores y artistas, que han sido la carga de la prueba, para muchas de las historias al uso?  Volvemos a Francis Haskell. Y a su introducción; y su advertencia, es para nosotros, no ya una cuestión, sino una categoría intelectual: « Por otra parte es igualmente insostenible la teoría de que las artes invariablemente “reflejan” alguna creencia o estado de ánimo o suceso político que se aprehende con mayor facilidad leyendo las fuentes escritas » Pero por si cupiera alguna duda: « El historiador interpreta mejor eso que decidimos llamar arte si lo estudia conjuntamente con otro testimonio disponible, pero el arte tiene un “lenguaje” propio que sólo pueden entender quienes se esfuerzan por desentrañar sus cambiantes propósitos, convenciones, estilos y técnicas. »  Aboga , después por un deseo de que el historiador y el historiador del arte, comprendan que sus pretensiones,  o enfoques respectivos sean en última instancia, el mismo.  El propio Haskell dedica un capítulo de su libro a Huizinga, pero esta es otra historia.

Y la Cizaña Estética, no deja de pensar en cómo el Siglo XX, tan alegremente “ve” y encuentra que la verdad de tal o cual hecho, es patente con tan sólo mirar, por  citar uno de los más famosos ejemplos, repetido como simple, que El Guernica, de Picasso “refleja” perfectamente, el horror de la guerra. ¿Es verdad, si sabemos que fue una guerra, civil, o no, o tal vez vemos el incendio de una cuadra de animales, por culpa de una desprevenida portadora de una lámpara de aceite, en tiempos en que la electricidad, ya era corriente, con las terribles consecuencias, para los habitantes de la casa, intentando defenderse de los animales despavoridos?

¿Les parece absurda esta lectura del Guernica? Pues esperen y dentro de mil años, ya veremos… Saludo anónimo lector.

Para J. Huizinga Y F. Haskell  Alianza Editorial: Alianza Universidad y Alianza Forma. Espero que sean todavía accesibles…y para Francastel, ver nota bibliográfica en la entrada anterior.

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