La Culpa fue de Diderot.

Muchos años después recordaría, aquella pregunta resonando en los desconchados muros, cuya vieja cal había abandonado años atrás su lugar, el autor de este blog, y al hacerlo encontraría un ligero sentido, a una parte de su vida, y aquel instante, en que a resultas del azar, como todo en su infancia, habría de perseguirlo, como otrora las emanaciones de su memoria, antes no dichas, por no ser escritas.

Serían los años en que como su país, así, su colegio parecía despertar del letargo enervado de la opresión, que aplastaba todo cielo contra la cara, pues esa falta de horizonte, a duras penas se alzaba de entre nosotros, bien batracios o reptiles, del fango, omnívoro en que nos hallábamos. A finales de los años, en que las primeras papeletas electorales, con siglas y partidos, tan desconocidos como nuestro propio futuro, trasmitían el espejismo de la libertad, también al colegio público Nuestra Señora de la Vega, llegaron papeles nunca antes vistos, portados por gentes de nombres extraños, al pequeño lugar donde estudiaban, con frío y hambre, “los” de San José, que era para todos sinónimo de pobre, y aún de peores cosas, para una moral como la de nacional catolicismo. Bajo el aire de perpetuo esfuerzo por salvar nuestras almas, los lunes de la izada de bandera y el rezo diario, algo más debía preocupar, al Señor Director y sus Maestros, pues las palizas y castigos eran tan cotidianos y continuos como el viento, perpetuamente frío, colándose por la celosías de negro Titán, que a modo de convento, y a falta de cristales, enmarcaba toda nuestra niñez escolar.

 No en vano, el edificio era el centro de un monumento a la utopía fascista, ya que alojaba, al mismo tiempo,  la Iglesia y el Colegio, de una barriada de casa bajas con jardín, que debía ser la horaciana esperanza de reconducir a un pueblo, desmandado en tantos otros sitios, pero premiado con este falso paraíso de casitas de cal blanca y teja roja.  En medio de una plaza con sus comercios con soportal, y su pátina de falsa ruralidad, la espadaña con campanas gemelas y la cruz en lo alto, nos recordaba a todos quienes éramos. Y nos confinaba, como el agua del charco helado, dividía el duro barro de la suela desgastada, que debíamos romper para jugar, que no podíamos ni tan siquiera aspirar a  ser nada más. Sería, por invierno, con su sol cenizo y su temblor nuboso, cuando los “psicólogos”, hicieron su entrada.

Quizás por ser quienes no éramos o a falta de más, habíamos sido premiados con un “test". Fuera esto lo que fuera, lo creímos, simplemente un examen, pero sin Don Paco, de por medio. Todo cuanto no fuera la dura disciplina, nos parecía un premio, y, así, el día de la “nocilla”, era nuestra fiesta nacional, e imaginábamos, con escaso juicio, que La Collares nos enviaba aquella golosina, empaquetada, como muestra de favor, y distinguirnos así, a su manera, de los demás. Pero a nosotros, para los que, nuestro único uniforme era el pantalón con elipses de “polipiel”, y jerséis cuyas mangas, siempre raídas y por debajo del codo, a juego, en su estrechez, con nuestras desgastadas botas, que no zapatos, los cuales, por otra parte, hubieran agradecido, aún más si cabe, que nuestros anémicas barrigas, la pringosa mezcla de grasa y chocolate, pues el bendito betún, sólo lo conocían, los de Misa, y no todos, la distinción, al fin y al cabo, no era cosa que nos preocupara. 

Recuerda, quien esto escribe, la lectura de las preguntas, de la encuesta. Escritas a maquina y reproducidas a duras penas, pues todas ellas se inclinaban, hacia la derecha, con el peligro de arrojar las letras al pupitre, que por gastado, no hubiera aguantado, ni una minúscula i. Pero más aún, no olvida, el final de aquella mañana, cuando, los señores “psicólogos”, jugaron a serlo, con nosotros.

« – A ver, quién  ha sido el único que no ha salvado al gato? » y el automático resorte de contestar a la primera, por el miedo profundo, nacido del dolor que proporciona una goma de butano, cimbreada sobre uno,  me oí contestar: «-Yo» No lo tengo como un recuerdo, pero todos mis compañeros, pues eso de mezclar a los sexos no había llegado, a nuestra ciudad, debieron clavar la burla, con su mirada y la sorpresa, a partes iguales en mi cabeza, pero esta vez, no había marcha atrás.

Y sucedió de nuevo: -«¿Puedes explicar a tus compañeros el porqué?» El silencio, era, entonces como lo es hoy, un sentimiento tan espeso como la pez y helado, como la respiración en noviembre, si es uno mismo, quien debe romperlo. Y el irritante tono de mi voz, no yo, de niño, respondió: «-Por…que el gato… se salvaría a sí mismo».   Era la única pregunta que tenía un disidente. Y si entonces no lo entendí, hoy creo que todo debió ser cosa del diablo, que no tenía, sino por entretenimiento, atormentarme, con aquella absurda situación. Recuerdo que no había prestado especial atención a la pregunta de entre todas las que el “test”, contenía,  que era una letanía de situaciones dispares, o eso creo hoy.

 Decía así: Te encuentras en una casa, y se produce un incendio. En la casa hay un gato y un cuadro. Debes salvar SOLAMENTE a UNO de los DOS ¿ A quien salvarías del incendio?  Contesté a la pregunta de un manera, que yo juzgué entonces de una lógica aplastante. Y no podía creer, y ni siquiera llegar a sospechar, que ningún otro de mis compañeros de clase, no hubiera contestado de la misma forma.

La explicación, para esta única y aislada respuesta entre treinta y tantos niños, era muy simple, y para mí, evidente, pero no para los psicólogos que en su santa, por inverosímil, ignorancia de la vida en un barrio, de las afueras de la provinciana Salamanca, no conocían uno de los “juegos” habituales de mis, tan repentinamente, por hipócritas,  ecológicos, camaradas: Se capturaba un gato, metíase éste en un saco, se cerraba con una cuerda y de esta manera, se deslizaba el saco a través de una barandilla que, casualmente, era la parte superior de un túnel de ferrocarril, sobre una carretera, que llevaba a un polígono industrial, el cual nos suministraba de basura y accesorios, muchos de nuestros juegos. Esperaban en pandilla, entonces, en un silencio quebrantado por unos naturales y desesperados maullidos, la llegada del mercancías en dirección a Portugal, y el improvisado fardo, con el infeliz felino, adorado por egipcios y venerado por los pueblos civilizados, era lanzado por los aires, con todo el ímpetu posible de una locomotora; y cuyo inventor, se horrorizaría sólo con sospechar tan brutal empleo de su maquina de vapor.

Omito el resultado de tan imaginativo juego. Pero, al final hasta RENFE, tuvo que vigilar, las actividades de quienes en un arranque de bondad y sobre el papel, salvaron al pobrecito gato de una suerte de parrillada. Todos ellos, menos yo, que jamás participé en aquella suerte de ancestral brutalidad “romanesca”.  

«El segundo tema clave de la correspondencia entre Falconet y Diderot no es menos importante ni moderno que el primero. Se trata del problema de la gloria. Para Falconet, el artista trabaja únicamente para agradar a sus contemporáneos, para captar su aprobación y, naturalmente, sus  encargos; el verdadero impulso de su talento es el deseo de vencer a la materia, de someterla  a sus leyes. De acuerdo con D´Alembert, considera que es el trabajo y la técnica lo que determina la calidad de la obra, procurando a su artífice la satisfacción del trabajo bien hecho. Para Diderot, por el contrario, lo que sostiene el ánimo  y la inspiración del artista es el sentimiento de la gloria, la llamada que lanza, por así decirlo, a la posteridad, el sentimiento de una supervivencia que no es individual sino asegurada en la conciencia del futuro. » 

P. Francastel en: LA ESTÉTICA DE LAS LUCES, Pierre Francastel. Publicado por vez primera, en AAVV: « Utopies et institutions au XVIIIe. Le pragmatisme dès Lumières. » París – La Haya, Mouton, 1963. Publicado en España en, AA.VV. ARTE, ARQUITECTURA Y ESTÉTICA EN EL SIGLO XVIII. Selección, traducción e introducción de Juan Calatrava Escobar. Akal Editor, Madrid 1980, en Akal Bolsillo

 A veces me pregunto si, yo,  de haber sabido de quién era el cuadro que salvaguardé, no hubiera acabado socorriendo de la quema al gato.  Esta pregunta, que de acuerdo con Diderot, me sitúa como uno más de la Posteridad, acucia con sus terribles consecuencias, mi participación en la historia, del gato, el cuadro y la casa, que parece que a nadie importó en su momento. Pero ¿y si hubiera sido la casa natal de Miguel Ángel?   

Saludos,  desde el infierno de los gatos…

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