Las Afinidades Electivas.

Las afinidades electivas :

«El siglo XVIII, al haber sido conocido y apreciado a través de  su sucesor, el XIX – como éste puede serlo hoy por el XX -, no goza en la actualidad de favor. Los juicios afectivos, por llamarles de algún modo, que no han cesado de lanzarse sobre él, aún no han dejado el lugar a una apreciación histórica. Demasiado a menudo se habla con ligereza, de una época que fue, desde luego, la de la dulzura de la vida, pero que igualmente elaboró la mayor parte de las ideas que hoy vimos. » LA ESTÉTICA DE LAS LUCES, Pierre Francastel. Publicado por vez primera, en AAVV : « Utopies et institutions au XVIIIe. Le pragmatisme des Lumières.» París – La Haya, Mouton, 1963. Así comienza este pequeño texto, de Francastel en un libro muy apreciado por su rareza, al menos para nosotros, AA.VV. :ARTE, ARQUITECTURA Y ESTÉTICA EN EL SIGLO XVIII. Selección, traducción e introducción de Juan Calatrava Escobar. Akal Editor, Madrid 1980, en Akal Bolsillo.  «Cuando intentamos considerar qué relaciones existieron en el siglo XVIII, entre las formas del pensamiento y las artes, testigos de las costumbres, ideas, sensibilidad y técnicas contemporáneas, constatamos, pues, una vez más, la insolvencia de los historiadores del arte » comenta en su tercer párrafo y a continuación se lamenta de la falta de estudios serios que aborden el problema : «No faltan obras de calidad sobre la estética del siglo XVIII;  se trata más del examen de los tratados teóricos o de la aplicación de la literatura de un pensamiento estético que de un examen de las artes propiamente dichas », si bien reconoce en una nota a pie de página la importancia de E. CASSIRER,  y de su Die Philosophie der Aufklärung, Tübingen, 1932. Para el estudio de las ideas estéticas del siglo que conoció Baumgartem, a pesar de no hacer referencia a las obras en si y según Francastel, no insertarlas en su “medio social”.

Por resumir, avanzamos un poco y después del prolegómeno breve, expone varias cuestiones “ de método” que no dejan de parecernos,  a quien las lee fascinantes por su irradiación en sus potenciales interpretaciones y consecuencias: « En primer lugar, no nos parece oportuno partir del análisis de los tratados teóricos para investigar, en seguida, cómo  una estética o unas estéticas, se encarnaron en las obras. No es la estética lo que inspira a un artista. Deducimos de las obras de  arte , a posteriori, principios o reglas que nos ayudan a penetrar, legítimamente por lo demás, en una creación que necesariamente siempre posee, en mayor   o menor  grado el carácter de un sistema. Los artistas que actúan según un principios no son nunca más que seguidores. »

Después de estas palabras y consideraciones uno puede sentirse tentado a sustituir el término de XVIII por el del XX, puesto que esas mismas cuestiones se nos aparentan tan acuciantes para el estudio del siglo pasado, como le parecían a Francastel, para el siglo XVIII.

 La universidad española ha decidido eliminar la licenciatura de Historia del Arte. Primer escollo importante, para un futuro generacional de posibles historiadores del arte del siglo XX, que pueden juzgarlo, como el XIX juzgó a su predecesor. Entramos de lleno en un problema que se ha suscitado en torno al debate  nominalista  de si el siglo XX terminaría en torno al final de los ochenta. O si, la tan traída y llevada, como manipulada y tendenciosa Postmodernidad, puede ser la denominación de nuestro mundo actual; luego está, claro, la caída del caballo del marxismo como ideología regente, y si así las cosas, pueden ser consideradas, fronteras de una nueva …era.

  No seguiremos por aquí.  Nos centraremos en la cuestión estética. Como ya hemos comentado en más de una ocasión, el siglo XX, por fortuna o por desgracia, puede enorgullecerse de haber suscitado una estética para cada momento sincrónico de todos y cada uno de sus “movimientos” artísticos. Al mismo tiempo, obra, artista y estética, como en un todo orgánico se ramifican, y se entrelazan, para formar desde lejos un todo coherente. Esta greca visual y conceptual, por merma de la mínima atención, sugiere, si lo observamos  a cámara lenta, no un fluir de las posiciones de artistas y sociedad, que como si de liquido mercurio  se tratara, se une y se fragmenta, pero siempre formando la esfera ideal, que permitiría al  historiador una suerte de visión, caleidoscópica, pero siempre concertada. Definitivamente,  tan pronto, como nos sea  posible podemos, intentar salir de esta visión de un arcádico parhelio bibliográfico, cuando no salir huyendo…pero no por ello despejaremos la cuestión.

 La afirmación de Francastel, de que un artista no está inspirado por una estética, podría  aplicarse a los tiempos en que el grado de conciencia del artista respecto de su obra, era el juicio cotidiano de sus contemporáneos, estrictamente, de ellos. Pero no falta quien opina que al verdadero artista sólo le importa el juicio del hipotético nasciturus. (Para otros, la Posteridad, es cosa de engreídos oficialistas. A ella, sólo llegan los genios, y los “rescatados”. Como el Greco.)

 Pero, para Francastel, las obras, luego de ser examinadas, poseen un grado de sistema. Este sistema es en definitiva lo que explica que se confunda al epígono, con el epónimo. Y el mismo autor se pregunta: « …¿Como un pensamiento puro, una utopía, pudo informar un orden natural y racional; cuáles  son los lazos de lo posible y lo real, lo virtual y lo formal, lo variable y lo absoluto? »  Pero no habla de nuestro pasado más inmediato.  Lo que significa que tales cuestiones están dotadas de un profundo sentido de mixtificación intercambiable y operativa en las más diversas áreas y épocas. Puesto que si: « ¿No se encuentra, finalmente, planteado bajo el ángulo de una estética el problema del siglo, en el más ilustrado de los filósofos?» Se refiere a Diderot… Pero es más: « ¿Cómo  el hombre ligado a su tarea  cotidiana participa de la vida de las generaciones que le precedieron o que le seguirán? ¿ Qué hay en él de humanidad además de su persona?» En verdad, son cuestiones a examinar, tanto para el siglo XVIII como para el pasado, y decidir si lo seguirán siendo en nuestro futuro.  « Todos los problemas de la encarnación de la idea, las relaciones entre el pensamiento y la acción, entre el pensamiento y la sensibilidad, la dialéctica entre lo real y lo imaginario,…son insolubles si no se las examina igualmente desde el punto de vista de la estética » Debemos recordar que se refiere al Siglo XVIII, y aún así, Pierre Frncastel aclara: « Desde luego tal término, (la estética) no debe entenderse aquí en su sentido restringido y, por así decirlo puramente teórico» y en definitiva: «…Por lo demás, apenas han sido abordados, en general, los problemas complementarios: la inserción del arte en una civilización, repercusión, sobre un estilo, de las ideas y los hechos. » Sabia manera: « de afirmar (su propósito es un esbozo), la existencia de un campo de investigaciones que a proponer soluciones. » 

En bandeja de plata, nos son servidas estas palabras, y por tanto , la pregunta de la Cizaña Estética de esta entrada no puede ser otra que la de cuestionarnos si el alcance de la misma aplicación en el rigor, y en la amplitud, de los propósitos finales (de Francastel para el siglo de las luces), puede serlo para los investigadores e historiadores del arte del siglo XX, y si ello será posible algún día. Sin más. Saludos, anónimo lector, en el día del  Libro:

En los libros  veo a los muertos como si fuesen vivos,…

Ricardo de BURY, Filobiblión,1344.

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