Elipses, laberinto verdadero.

En la entada anterior, nos preguntábamos con incrédulo optimismo por las razones que impulsaron  a un especialista como Cochcrane para retorcer la visión, y por tanto la percepción de un período tan singular como fue el mundo en que convivieron el paganismo y el cristianismo, teniendo en cuenta que este especialista, no era precisamente un lego en el conocimiento de Tucídides, ya que le dedicó uno de sus libros. «Antes del cristianismo los historiadores griegos no habían ofrecido nunca otra cosa que interpretaciones de limitados ajustes humanos. Procedían en base a las fuentes y las graduaban  según su fiabilidad. » Arnaldo Momigliano, La Historiografía Griega. Editorial Crítica, Barcelona, 1984. I. X, Pág. 36 Después de preguntarse por la competencia de los historiadores griegos para valorar los datos, deduce que retórica aparte, nos estamos preguntando por el valor que le damos nosotros a la historia, y por tanto adelanta una respuesta, y grosso modo su primer factor para Momigliano sería:   «Puesto que el judaísmo, el cristianismo, y el islamismo son religiones cuya validez está ligada a la autenticidad de ciertas tradiciones, la investigación histórica tiene una importancia decisiva en  la valoración de sus afirmaciones ( no era este el caso del paganismo clásico) » Págs. 36,7. Pero como hemos comprobado en Cochcrane, una cosa es la fe y otra la historia. (Para ser justos es necesario destacar que Momigliano parece sentir verdadero aprecio por el intento de Eusebio de Cesarea, por crear una auténtica historiografía cristiana, pero, como él mismo dice fue un callejón sin salida.)

Extrapolemos, y nos encontraremos con un fenómeno  que se sucede, no sólo en la historiografía, propiamente dicha, sino también en la Historia del Arte. Al repasar los manuales al uso, uno puede encontrase con este método de interpretación, consistente en el empleo por parte del autor de una serie de causas, las cuales suelen ser no precisamente fuentes, entrando más bien en la consideración de principios generales, que suelen ser el armazón y el escenario en el que situar a los diferentes autores y especialmente,  las obras. Dada la concreción material de éstas, son tan manejables como lábiles, y convertirlas en el apoyo de teorías históricas es un riesgo del que no pareciera tenerse miedo. Si a la Estética este tipo de recreación referencial, como arma del discurrir filosófico, suele serle permitida, como parte de la propia especulación, en la Historia del Arte, se arriesga el factor de cohesión, (continuum despreciado), por el de entendimiento, y así, es notorio, como en el caso del materialismo dialéctico, este se trasmuta en el San Agustín de Cochcrane. Se sustituye el pater por el daimon del inconsciente, y símiles lugares comunes de explicación reiterativa. Para otros autores, es la ausencia de una idea clara, por no decir un “relativo omnipresente”, el que se solapa a toda explicación histórica del estudio del devenir del arte del siglo XX. Por ello leemos con más frecuencia de la deseable, cómo, el andamiaje semiótico, o simplemente lexicológico de trasmutados significados, es el protagonista de un palimpsesto, donde los nombres propios, y las obras son la más superficial de las lecturas. La importancia del objeto final de la historia del arte, no puede dejar de lado, que es una disciplina de una dificultad añadida y, que por tanto, no es ajena a la incapacidad para situarse con la suficiente distancia de la deseada finalidad de esta: Hacer historia y crítica, en un único ejercicio. Intentar separar a ambas es ya un esfuerzo tan inútil como interesado. La historicidad de las obras de arte, se ha consustanciado con la misma elección por parte del historiador, y por tanto, su misma elección, supone una crítica- “tabla” de salvación. Nada hay más funesto para una obra que el olvido, y si es intencionado, el autor  de ella puede darse por un muerto, no histórico, un simple y anónimo muerto más.  La divina providencia, como elemento que explicaría las lagunas donde la razón, las traspapeló, en el cajón de la desmemoria, realiza una misión imposible, la de explicar, según Cochcrane aquello que puede que todos busquemos: la verdad, o su apariencia.

 La Historia, que padece y ha resistido, un descrédito moral, como señala Momigliano, debe al menos tener la oportunidad, a través de LA HISTORIA DEL ARTE, de reivindicar lo humano de los seres humanos, o al menos certificar su muerte.

 
Anuncios

Comente, que algo queda

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s