El Nuevo Reino, o de la felicidad perdida.

 La perdida evidencia del arte.

«Ha llegado a ser evidente que nada referido al arte es evidente: ni en él mismo, ni en su relación con la totalidad, ni siquiera en su derecho a la existencia.» 

 Así comienza el primer capítulo, Arte, Sociedad, Estética, de su libro póstumo Teoría Estética, el Filósofo Theodor W. Adorno, destacado miembro de la Escuela de Frankfurt. Es una cita muy famosa, que enseguida nos recuerda a la broma de B. Croce, al preguntarse qué es el Arte, y cuya respuesta es el subtítulo de este blog,( por que esto es un blog y no otra cosa) Por otra parte, responde a una de las grandes cuestiones por las que comienza toda introducción que quiera adentrarse en la Teoría estética, y que no es otra que preguntarse, qué es el Arte en definitiva, o al menos disculparse por no saberlo, cuando es evidente que todo el que escribe sobre ello, la Estética, tiene ya una idea formada de aquello que considera es Arte, arte y sus circunstancias… Si leemos cuanto Adorno nos lega en sus palabras es “evidente” que al menos él si tenía unas cuantas cuestiones claras, puesto que su libro está superpoblado con afirmaciones del tipo más espinoso y fuente de citas ambiguas y extraordinariamente inspiradoras para la autojustificación. Así por ejemplo: «: El arte todo se ha hecho posible, se ha franqueado la puerta de la infinitud y la reflexión tiene que enfrentarse con ello.»  Es como si quisiera comenzar de cero desde la nada a la que se insinúa se ha llegado, pero no esperaremos mucho para averiguarlo, y Adorno nos dice: «Pero esta infinitud abierta no ha podido compensar todo lo que se ha perdido en concebir el arte como tarea irreflexiva o aproblemática.» En seguida nos preguntamos quien  ha considerado al arte como una “tarea” asaz vaga o instintiva, sinónimos de las palabras del autor. No tendremos que llegar muy lejos, pues el mismo Adorno lo tiene en mente. «La ampliación de su horizonte ha sido en muchos aspectos una auténtica disminución.»  Esta perdida de la evidencia que invoca el mismo autor. Pero, quién y cuándo… «Los movimientos artísticos de 1910 se adentraron audazmente por el mar  de lo que nunca se había sospechado, pero este mar no les proporcionó la prometida felicidad a su aventura.»  El trasfondo de todo este asunto es ya un viejo tema, que como una cadencia se trasforma sin fin, pero se repite… «…y los artistas sintieron menos alegría por el nuevo reino de libertad que habían conquistado y más deseo de hallar un orden pasajero en el que no podían hallar fundamento suficiente. »  

La aventura, pues, no ha terminado, y en las siguientes 346 páginas, Adorno se dedica a dar rienda suelta a las más variadas ideas sobre el arte, su definición, y su función social, etc, con aires y pretensiones de totalidad explicativa y especulativa, digna de encomio pero, esto es más palpable hoy que en la fecha de su publicación, todo parece girar en torno a una persistente entelequia entre la dialéctica asumida de la lectura procedente del materialismo histórico y su necesaria explicación y aplicación a la historia y la realidad de la situación del arte, en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, hasta la década de los 70, en que se publica el libro. Es lo que se llama "Dialéctica Negativa", o el intento de sobreponer siempre el lado más indefenso, en apariencia de cualquier opuesto básico de la Dialéctica clásica. Pero su aplicación al discurso de la Estética, es a todas luces cansado y previsible, puesto que apelar a lo feo y sacar a colación a Freud sin mencionarlo, (Página 68) no deja de ser una trampa del juego de situarse de parte del olvidado «…La razón es que la categoría de lo feo es absolutamente dinámica y necesaria, lo mismo  que la de su opuesto, la de lo bello. »  y su continuación, no deja de ser un ardid, en su aciaga generalidad, que no explica nada. « Ambas se ríen de los intentos de fijarlas en definiciones, como hace cualquier estética, a cuyas normas, aunque sólo fuera indirectamente, tuvieran que obedecer. »    

Y no explica nada porque  la afirmación peca de la falta del historicismo necesario, (en que apoyar aseveraciones tan dramáticas), en el que se ven inmersas muchas de las afirmaciones de este libro. «…Las obras de arte son las representantes de esas cosas no corrompidas por el intercambio, de cuanto no ha sido producto del lucro y de la falsa conciencia de una humanidad deshonrada. » Pág. 298.  ¿A quién no le parece ya gastada esta visión o por lo menos ingenua? Pero ¿quién escribiría algo así: «… La objetivación del arte, que mirada desde la sociedad que lo rodea es su fetichismo, tiene también carácter social como producto  que es de la división del trabajo. » Pág. 299. “División del trabajo”, es como oír hablar del sexo de los ángeles, « Pero ¿qué sería el arte en cuanto forma de escribir la historia, si borrase el recuerdo del sufrimiento acumulado? »  Fin del texto.

Al final, volvemos a una pregunta, la pregunta básica, cómo hablar de arte y de sufrimiento, “el humano sufrimiento”, sin sentir vergüenza, por ello, sin sentir la culpa  de ser un cómplice silente del “mundo real”. Es una consecuencia de “la caída del muro”, otros se levantan, especialmente aquellos que no son las ruinas de un templo, de un reino olvidado, de un paraíso perdido. Los nuevos muros son tan fastuosos como las falsas ciudades de Catalina, La Grande, y detrás de ellos, como siempre, acecha una verdad histórica: esperando, están, los de siempre. Adorno, ejerció honradamente su papel y contribuyó así, al ejercicio del posicionamiento político, por discreto que fuera éste; es de suponer que la conciencia pensante nos obliga a ello… pero hoy ¿quién lee nada de aquello ? Invito como siempre a la lectura del libro y al sano ejercicio de la crítica o al menos de la interrogación constante, nunca es tarde.

 T. W. Adorno. Teoría Estética. Taurus Ediciones. 1971.

 

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